Capítulo |10•|

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Alice.

La habitación aún olía a pintura reciente y a desinfectante.

Había cajas abiertas, ropa extendida sin orden sobre las camas y una ventana sin cortinas por la que se colaba la brisa fría de la noche. No era incómodo... pero tampoco terminaba de sentirse propio.

Aún no.

Elif estaba sentada frente al pequeño espejo de la cómoda, concentrada en el delineado, mientras yo intentaba organizar mi ropa en los cajones sin demasiado éxito.

—No tengo ni idea de cómo decirles que no voy a ir en Navidad —murmuré, dejando caer una blusa sobre la cama.

Elif levantó la mirada a través del espejo.

—Diles que se dañó tu vuelo, que entraste en crisis existencial o que decidiste desaparecer del mapa. Algo creativo.

—Mi mamá no se va a creer nada de eso —respondí—. Siempre sabe cuando le estoy ocultando algo.

—Entonces no le des tantas vueltas —dijo, encogiéndose de hombros—. Solo díselo.

Solté una risa leve y me dejé caer sobre el colchón.

Todo había pasado demasiado rápido.

Mudanza, decisiones, cambio de vida... y ahora diciembre encima, como si no fuera suficiente.

Estaba en eso cuando alguien golpeó la puerta.

—¿Se puede?

La puerta se abrió antes de que respondiéramos.

Un chico apareció en el marco. Alto, de cabello castaño ligeramente desordenado, camiseta sin mangas y pantalón de pijama. Tenía esa actitud relajada de alguien que se mueve con demasiada confianza en un lugar que claramente es suyo.

Se apoyó contra el marco, mirándonos con una media sonrisa.

Lo había visto antes... abajo, tal vez.

—¿Tú eres... Cameron, cierto? —pregunté, sin mucha seguridad.

El chico asintió, divertido.

—Creo que sí —respondió—. Depende del día.

Elif soltó una pequeña risa.

—Solo venía a ver si iban a bajar —continuó— o si pensaban quedarse aquí reorganizando sus crisis existenciales.

Elif giró en la silla y lo observó con más detenimiento.

—¿Qué hay de comer?

—Lasaña —respondió él—. La hizo Alan. Está bastante orgulloso del resultado.

—¿Deberíamos preocuparnos? —pregunté.

—Un poco —admitió—. Pero es parte de la experiencia.

—¿Y si no bajamos? —añadí, cruzándome de brazos.

Cameron ladeó la cabeza, pensándolo.

—Alan se va a sentir ofendido, alguien se va a comer todo... y probablemente vuelva a insistir.

Hizo una pausa breve.

—Pero pueden hacer lo que quieran.

Elif se levantó.

—Vamos —dijo—. Danos cinco minutos.

—Les doy seis —respondió él, separándose del marco—. Al siete regreso.

Y se fue por el pasillo sin hacer más ruido del necesario.

Cuando la puerta se cerró, Elif me miró.

ERES MIA  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora