Alice.
El instante en que pisé el avión, la nostalgia me abordó con la fuerza de una vieja amiga que nunca aprendí a dejar ir.
No quería marcharme de Nueva York.
Quizá no tenía muchos amigos allí, pero sí personas a las que amaba profundamente. Personas que me anclaban.
Mientras el avión se preparaba para despegar, coloqué los audífonos en mis oídos, dispuesta a silenciar el mundo con la ayuda de mi música. Reproduje mi lista en modo aleatorio, aunque como siempre, terminé pasando canción tras canción hasta dar con mis favoritas.
No sé qué clase de problema mental tengo...
O tal vez sí. Tal vez solo me cuesta despedirme. Tal vez siempre me ha costado más de lo normal soltar lo que amo, incluso cuando sé que ya no depende de mí retenerlo.
Cerré los ojos y dejé que la música llenara el vacío. Aun así, algo dentro de mí seguía inquieto. Una sensación extraña, casi imperceptible, se instaló en mi pecho. Como si una parte de mí supiera que no se trataba solo de un cambio de ciudad.
Como si este viaje fuera otra cosa.
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Cuando sentí las ruedas del avión tocar tierra, una sensación de incertidumbre trepó por mi pecho hasta asfixiarme. Mis piernas temblaban tanto que dudé si lograría mantenerme en pie. Sin embargo, mi cuerpo se movió por inercia.
Afuera, el frío me abofeteó sin contemplaciones. Agradecí en silencio a mi madre por insistir en que viajara con chaqueta. El aire era distinto. Más limpio, sí, pero también más duro. Más hostil. Como si Alaska no estuviera hecha para recibir con amabilidad a nadie.
Con la mirada inquieta, recorrí la terminal hasta que vi a lo lejos a un joven con un cartel que llevaba escrito mi nombre: Alice Morgan. Caminé hacia él. Al verme, corrió enseguida a ayudarme con la maleta.
—Buenas, señorita —saludó con una sonrisa educada—. Soy Owen. Bienvenida a Alaska.
Fingí una sonrisa mientras nos dirigíamos al auto. No quería hacerlo sentir incómodo. Después de todo, él no tenía la culpa de que yo estuviera en este maldito lugar. Aunque, si el director no me hubiera otorgado esa beca infernal, estaríamos hablando de otra historia...
—¿Eres el director? —pregunté al notar que no era mucho mayor que yo.
—Su hijo —aclaró mientras rascaba su nuca, como si el gesto aliviara su incomodidad—. Me encargo de recibir a los estudiantes de intercambio cuando él no puede. Hoy le surgió un contratiempo y me pidió el favor.
Asentí, jugueteando con mis manos en un intento inútil por calmar los nervios que me carcomían.
—Tu madre nos comentó que querías alojarte en una fraternidad.
Abrí los ojos como platos. Me giré hacia él, esperando que dijera que estaba bromeando.
—Veo que ella no te lo mencionó —añadió tras una breve pausa, intentando suavizar la situación—. Si prefieres, puedes quedarte en los dormitorios de la universidad hasta que encuentres un departamento.
—Eso me parece bien —respondí sin más.
Necesitaba tiempo. Y, sobre todo, necesitaba entender qué otras cosas habían decidido por mí sin molestarse siquiera en avisarme.
⸻
Al llegar, Owen estacionó frente a un edificio imponente y me indicó que bajara.
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ERES MIA
ParanormalUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
