Capitulo|3•|

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Alice.

Llegamos a la cafetería de la universidad buscando algo rápido que comer antes de la siguiente clase. El lugar estaba lleno, como siempre: bandejas golpeando mesas, conversaciones cruzándose en el aire y ese olor indefinible entre café recalentado y comida barata que, de alguna forma, ya empezaba a sentirse familiar.

Elif hablaba sin parar.

—No, pero es que tú no entiendes —insistía, apoyando los codos sobre la mesa mientras me miraba con una mezcla de emoción y desesperación—. ¿Viste sus ojos? O sea, Alex no es normal. Ese tipo es ilegal.

Rodé los ojos, tomando un trozo de pan.

—Ajá.

—¡Alice! —protestó—. Te estoy hablando en serio. Estoy pensando invitarlo a salir.

La miré fijamente un segundo, evaluando si hablaba en serio.

—Eso es... —hice una pausa— ridículo.

Elif frunció el ceño de inmediato.

—Pues por lo menos puedes fingir que te importa —bufó, lanzándome un pedazo de pan que apenas esquivé.

No era que no me importara.

Era que no podía concentrarme en lo que decía.

Porque, sin importar cuánto lo intentara, mis ojos terminaban regresando al mismo punto.

Dominic.

Estaba al otro lado de la cafetería, apoyado contra una de las mesas, hablando con Nathan como si nada en el mundo pudiera alterarlo. Pero no era cierto. Lo sabía porque, incluso a esa distancia, podía sentirlo.

Me estaba mirando.

No de forma casual. No por accidente.

De la misma manera en que alguien observa algo que ya le pertenece.

O que está a punto de hacerlo.

Al principio no lo voy a negar: me pareció halagador.

Ahora no.

Ahora era... incómodo.

Había algo en esa mirada que no encajaba. No era curiosidad, ni deseo, ni simple interés. Era algo más profundo. Más oscuro. Como si intentara reconocerme.

Y lo peor...

era que una parte de mí respondía a eso.

—Tierra llamando a Alice.

Parpadeé, volviendo a la realidad.

—¿Sí?

—Con que te gusta Dominic —dijo Elif, sonriendo como si acabara de descubrir el secreto del siglo.

Casi me atraganto.

—¿¡Qué mierda estás diciendo!?

—Te pregunté si te gustaba y dijiste que sí —respondió, encogiéndose de hombros—. Y, sinceramente, me sorprende tu seguridad. Ni lo conoces.

ERES MIA  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora