Alice.
—¡Alex! —grité apenas lo vi aparecer.
Nunca pensé que me alegraría tanto ver a uno de los Carson. Aunque, siendo justa, Alex no era tan insoportable. Él y Nathan me caían bastante mejor que Dominic, lo cual tampoco era una hazaña demasiado difícil.
Alex bajó del auto con el ceño fruncido.
—¿Alice? ¿Dónde están?
Señalé el callejón con la cabeza.
—Allá.
Nathan salió detrás de él sin decir nada. Los dos cruzaron la acera con esa rapidez contenida de quien no necesita hacer preguntas para entender que algo está mal.
Me quedé junto al auto, con los brazos apretados contra el pecho y el corazón todavía golpeándome como si quisiera salirse.
Por un segundo pensé en quedarme ahí. No mirar. No meterme más.
Pero el sonido de otro golpe seco contra la pared acabó con mi intento de sensatez.
Avancé unos pasos.
La oscuridad del callejón parecía tragarse todo: la nieve sucia acumulada en las esquinas, la luz amarillenta de la cafetería, incluso mi respiración.
Entonces aparecieron.
Nathan salió primero, sujetando a Jasper por los brazos para evitar que volviera a lanzarse. Jasper tenía el labio partido, la respiración agitada y la camisa arrugada como si hubiera atravesado una guerra pequeña y absurda.
Detrás venía Alex, conteniendo a Dominic.
Dominic no estaba mejor. Sangre en la boca, el rostro marcado, la ropa desordenada. Aun así, había algo en su expresión que me hizo apretar los dientes: no parecía arrepentido.
Claro que no.
—Esto no se queda así —dijo Jasper, intentando zafarse.
Dominic lo miró con esa calma insoportable que parecía diseñada para provocar tragedias.
—Entonces asegúrate de golpear mejor la próxima vez.
—¡Dominic! —intervino Alex, tirando de él hacia atrás.
—Ya basta —dije, metiéndome entre ambos antes de que a Jasper se le ocurriera responder con otro golpe—. Los dos. Esto ya fue suficiente.
Jasper me miró como si quisiera decir algo, pero se mordió la lengua. Literalmente no estaba en condiciones de discutir demasiado.
—Te llevo —le dije.
No era una pregunta.
Nathan me ayudó a subirlo al auto. Cuando cerré la puerta del copiloto, el silencio cayó entre nosotros con más fuerza que cualquier grito.
Me senté al volante del carro de Jasper, porque era evidente que él no estaba para manejar ni una bicicleta.
Durante unos segundos ninguno habló.
El motor encendió con un murmullo bajo.
Yo miraba al frente.
Jasper también.
—Hay formas más inteligentes de resolver las cosas —dije al fin, intentando sonar tranquila.
—Lo sé.
Su respuesta me sorprendió. Esperaba sarcasmo, rabia, cualquier cosa menos eso.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
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ERES MIA
अलौकिकUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
