Capitulo |4•|

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Alice.

Estaba a punto de subirme al auto de Owen cuando recordé, de golpe, que aún llevaba los libros conmigo. Solté un suspiro, cerré la puerta antes de que él entrara y levanté la voz.

—Owen, tengo que volver a la escuela.

Apoyó el brazo sobre el techo del coche y sonrió, divertido.

—¿Tan rápido te arrepentiste de salir conmigo?

—Ojalá fuera eso —respondí, levantando la mochila—. Olvidé guardar los libros en el casillero. Vuelvo enseguida.

Me observó un segundo, como si fuera a decir algo más, pero al final solo asintió.

—Cinco minutos. Si no vuelves, asumo que te perdiste para siempre.

Le hice un gesto con la mano y regresé.

Apenas crucé la puerta, el ambiente cambió. El sonido del exterior quedó atrás como si nunca hubiera existido. Los pasillos estaban vacíos, silenciosos, demasiado ordenados. Mis pasos resonaban con una claridad incómoda, como si el edificio amplificara cada movimiento, como si las paredes hubieran decidido escuchar.

No me gustó.

Aceleré el paso.

Llegué a mi casillero y apoyé la frente contra el metal frío mientras giraba la combinación. Un dolor punzante apareció en mi abdomen, breve pero intenso, lo suficiente para hacerme contener la respiración. Cerré los ojos. Pasó. Pero dejó algo atrás. Esa sensación extraña, casi familiar, como si mi propio cuerpo reaccionara a algo que yo no podía ver.

—Veo que no soy la única que te encuentra insoportable.

Abrí los ojos.

Cassandra caminaba hacia mí con esa seguridad exagerada que siempre la rodeaba. Sus tacones rompían el silencio con un eco seco, casi irritante. El vestido rosa pastel que llevaba parecía escogido para recordarle al mundo que ella era incapaz de existir sin llamar la atención.

El momento de calma desapareció.

—Dominic no lleva ni un día aquí y ya se dio cuenta de lo molesta que eres —añadió, deteniéndose frente a mí.

Cerré el casillero despacio.

—¿Y tú ya te diste cuenta de lo desesperada que te ves cuando intentas llamar la atención?

Su expresión cambió al instante. La sonrisa se le borró como una máscara mal pegada.

—Eres una maldita...

Su mano se levantó.

No llegó.

Un sonido seco cortó el aire. Su muñeca quedó suspendida, detenida por una mano que no debería haber estado ahí.

Dominic.

No necesitaba presentación. Su presencia alteró el ambiente sin hacer ruido, como si el espacio mismo se reorganizara alrededor de él. Sujetaba el brazo de Cassandra sin esfuerzo visible, pero ella comenzó a tensarse de inmediato. Sus dedos se contrajeron, su rostro perdió color y la seguridad con la que había llegado se le escurrió de golpe.

—Suéltame —exigió, aunque su voz ya no sonaba firme.

Dominic no respondió.

Ni siquiera la miraba.

Su atención estaba en mí.

Y fue ahí donde lo sentí. Esa sensación incómoda. Ese instante en el que algo no encaja, pero tampoco se puede negar. No me estaba mirando como un chico mira a una chica que le resulta interesante. No era eso. Era más profundo, más oscuro, más antiguo.

ERES MIA  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora