Capítulo 9:

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Andrea se encontraba ya en la entrada del aeropuerto de la ciudad de París. Había echo sus maletas, con mucha prisa, durante la mañana, que apenas le dio tiempo de llamar a su mejor amiga Claire y a Horacio. La muchacha hiperactiva intentó, por todos los medios posibles, detenerla, pero falló en el intento. El acalorado diseñador de modas, la llamó sin obtener ninguna respuesta por parte de la pelinegra.

Samuel, fue puesto al tanto, de las des ocurrencias de Andrea, pero aún estaba esperando para aparecer en escena justo en el momento adecuado. No se volvió aparecer por el departamento de la joven porque, realmente, quería darle tiempo para que ordene con claridad sus disparatadas ideas.

- ¡Pasajeros con destino a Moscú Rusia, favor de presentarse en la sala de embarque!

Ese comunicado, se repitió unas dos veces más, entre la mullida sala de espera. La joven muy apesadumbrada recogió sus maletas y se dirigió hacia el mencionado lugar.

<<Mis objetivos aquí ya no tienen sentido ¡Que se vayan al diablo, Samuel Gallardo y todas sus ocurrencias! En ningún sitio encuentro la paz.>>

Cuando ya se estaba acercando, algo resonó en su mente, que la hizo detenerse en seco. Se había olvidado de un asunto muy importante.

- ¡Mi trabajo! ¡No dimití y no reclamé la paga de mi sueldo!

La gente, muy azorada, voltearon a observarla; les parecía extraño que una mujer hablara consigo misma.

- ¿Qué miran? – Andrea les reclamó, muy ofendida. -Que acaso nunca ven a alguien hablar sola.

En vez de alejarse indignada, sólo se movió paulatinamente, entre la multitud que la rodeaban. Las cosas ya no encontraban su rumbo, ni mucho menos ella, a quien ya ni le importaba ni siquiera su trabajo, ni mucho menos el dinero, el cual tenía de sobra en una caja de ahorro en el banco.

Cinco minutos más tarde, la chica estaba por abordar el avión que la llevaría directo hacia su destino, en un país muy frío, en esas temporadas. Un barullo se armó, entre la fila, y las personas que merodeaban por allí, Andrea, inspeccionó con la vista lo que ocurría, su corazón le palpitaba cada vez con mucha prisa. Ya intuía quien podría ser. Cruzó los dedos y cerró, durante unos segundos los ojos, deseando que no viniera nadie a buscarla.

Al abrirlos, su vida se hizo añicos, en tan sólo unos instantes. Samuel Gallardo, respirando con más calma y con las venas haciéndose notar en su cuello, se encontraba frente a ella. Se acercó, sin ningún impedimento, y la agarró con fuerza de los brazos.

-Tenemos que irnos- susurró, para no llamar más, la atención de la gente.

- ¡No voy a irme contigo! ¡Yo me voy en ese vuelo! - señaló la puerta que la llevaría hacia su asiento en el avión.

El hombre, aprovechó la situación, para volver agarrarla del brazo y hacerla caminar junto con él, para así dirigirse hacia el estacionamiento del edificio y no causar más cotilleos, entre la entrometida, población parisina. Al estar ya frente, a ún automóvil de color negro, Samuel le abrió la puerta del acompañante, ella muy indignada, apoyó su trasero entre el cómodo cojín del vehículo.

Cuando puso en marcha el coche, ya se estaban dirigiendo, en un rotundo silencio. Samuel se decidió a entablar, el inicio, de otra amena charla.

- ¡No vuelvas a intentar irte! - agarró su mano entre las suyas.

Andrea, hasta esos momentos, se dejaba llevar por la impotente presencia masculina a su lado. Aún no podía salir de su trance. Ya instalados en el departamento de Andrea; y con una taza de café en mano, Samuel se dispuso a interrogarla.

- ¡Seamos amigos de una vez! No insistiré en ser algo más, pero no me apartes de tu vida. ¡Me da igual lo que quieras hacer!

Una vena se hizo notar en el rostro del impacientado hombre. Apretó, con fuerza el manijo de la taza de porcelana, que casi la quiebra sobre la mesa. Su escrutinio se estaba volviendo un tormento, no había avanzo ningún paso, desde que llegó al país y hacía un mes que no se comunicaba con sus hermanos. Se preguntaba: cómo estarían, sus sobrinos y las cosas por allá. Un poco de melancolía, solía invadirlo, en los momentos de soledad en su hogar.

-Está bien, esto ya me hartó. – posicionó, su mirada, sobre el rostro de él- ¡Te quiero presente en mi vida!

Samuel, la contempló, estupefacto.

-Como un amigo- aclaró, inmediatamente, la joven.

-Sí- musitó sin tener ganas de hablar. Algo dentro de él se hizo trizas. La paciencia lo estaba cansando, Andrea; era una mujer, muy difícil de complacer.

Unos minutos más, pasaron en silencio, sólo haciéndose compañía con sus cuerpos; y a veces era mejor no hablar, disfrutando de la tranquilidad. Aunque el muchacho, se moría de ganas, por rodear su cuerpo con sus fuertes brazos.

-Antes de irme, tengo que decirte algo importante. - Samuel se levantó, iba a irse otra vez, pero en esta ocasión un poco más tranquilo.

- ¿Qué es?

-Tenemos que involucrarnos, personalmente, en los asuntos de alguien. – especificó, un poco inquieto- ¡Es una misión y se requiere de tú ayuda!

CONTINUARÁ...

Envolviéndome en tus brazosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora