~>42<~

211 18 0
                                    


Había temido las vacaciones de Navidad, que pasé en casa de mis padres, porque creía que iba a ser un tormento vivir dos semanas enteras lejos de Frau Eva.

Pero no lo fue.

Era una delicia estar en casa y pensar en ella.
Cuando volví a H. pasé aún dos días sin ir a su casa para disfrutar de aquella seguridad e independencia de su presencia física.

También tenía sueños en los que mi unión con ella se realizaba en nuevas formas simbólicas.

Ella era un mar en el que yo desembocaba.

Era una estrella y yo otra que caminaba hacia ella; y nos encontrábamos, nos sentíamos atraídos mutuamente, permanecíamos juntos, girando dichosamente el uno en torno al otro en órbitas próximas y armónicas.

Cuando volví a verla, le relaté este sueño.

-El sueño es hermoso -dijo tranquilamente-, hágalo realidad.
Ya casi en la primavera hubo un día que nunca olvidaré. Entré en el salón; una ventana estaba abierta y en el aire tibio flotaba el pesado perfume de los jacintos.

Como no vi a nadie, subí por la escalera a la habitación de Max Demian.
Llamé suavemente a la puerta y entré sin esperar respuesta, como acostumbraba a hacer. La habitación estaba oscura, las cortinas cerradas. La puerta del cuartito en el que Max Demian había instalado un laboratorio químico estaba abierta.

Desde allí llegaba la luz clara y blanca del sol primaveral a través de las nubes. Yo creí que no había nadie y corrí las cortinas.

Vi a Max Demian sentado en un taburete, cerca de la ventana tapada, acurrucado y extrañamente transformado. Como un rayo me traspasó la idea de que ya lo había visto otra vez. Sus brazos pendían inmóviles, las manos descansaban sobre su regazo; su rostro, echado ligeramente hacia adelante, con los ojos fijos, estaba vacío y muerto; en sus pupilas brillaba un pequeño y duro reflejo, como un pedazo de cristal. La cara pálida estaba ensimismada y sin otra expresión que la de una tremenda rigidez. Parecía la máscara milenaria de un animal en el portal de un templo. No parecía respirar.

Los recuerdos me inundaron; así, exactamente así, le había visto ya una vez, hacía muchos años, cuando yo aún era un chico.

Como ahora, sus ojos estaban vueltos hacia dentro, sus manos inmóviles, una junto a otra, una mosca le había paseado por la cara. Y entonces, hacía quizá seis años, había tenido el mismo aspecto, tan joven y tan intemporal; ni un rasgo de su cara era hoy diferente. Sobrecogido por un repentino miedo, salí de la habitación y bajé las escaleras. En el salón encontré a Frau Eva. Estaba pálida y parecía cansada; nunca la había visto así. Una sombra pasó por la ventana, y el sol blanquecino e hiriente desapareció de pronto.

-Estuve en la habitación de Max -musité agitado-, ¿ha sucedido algo? Está dormido o ensimismado, no lo sé. Ya le he visto una vez así.

-No le habrá despertado, ¿verdad? -preguntó inquieta.

-No, no me ha oído. Volví a salir en seguida. Frau Eva, dígame, ¿qué le pasa?

Ella se pasó la mano por la frente.

-Esté tranquilo, Sinclair, no le pasa nada. Se ha retirado. No tardará en volver.

Se puso en pie y salió al jardín, a pesar de que empezaba a llover. Intuí que no debía acompañarla. Permanecí en el salón, dando paseos de arriba abajo en medio del perfume embriagador de los jacintos, contemplando el dibujo de mi pájaro sobre la puerta y respirando con angustia la siniestra sombra que llenaba esta mañana toda la casa.

¿Qué era? ¿Qué había pasado? Frau Eva volvió pronto. Las gotas de lluvia brillaban en su pelo negro. Se sentó en su sillón. El cansancio la inundaba. Me acerqué a ella; me incliné y besé las gotas que temblaban en su pelo. Sus ojos estaban claros y serenos, pero las gotas me supieron a lágrimas.

-¿Quiere que vaya a ver cómo está? -murmuré. Ella sonrió débilmente.

-No sea usted niño, Sinclair -me amonestó en voz alta, como para romper el sortilegio-. Váyase ahora y vuelva más tarde. Ahora no puedo hablar con usted.

Me fui hacia las montañas, alejándome de la casa y de la ciudad. La lluvia fina y oblicua me daba en la cara; las nubes pasaban muy bajas y pesadas, como bajo la presión del miedo. En el valle no se movía el aire; en las alturas parecía que estaba desatada la tormenta.

De vez en cuando, el sol rompía descolorido y cegador entre las nubes grises.

DEMIAN - Hermann HesseDonde viven las historias. Descúbrelo ahora