Capítulo 1

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Se mueve, esta maldita cosa se está moviendo y no se a dónde va. Lo único que sé es que estoy metido en un buen lío y que nadie me va a ayudar, antes de salir corriendo de casa les grité a mis padres que se fueran al infierno así que no me extraña si piensan que me he vuelto a fugar un mes como hice el pasado invierno.

No me buscarán.

Me duele la espalda, me han atado las manos y los pies y estoy rebozándome en un suelo de metal sin moqueta gracias al vaivén de la furgoneta.

No tengo idea de por qué yo... Aunque me lo puedo imaginar teniendo en cuenta a mis padres que son dueños de una multinacional hostelera, sin lugar a dudas todos mis problemas siempre empiezan con ellos y acaban en algún rincón de mi cerebro con la etiqueta "post traumático".

Escucho dos golpes secos y de un momento a otro se abre la puerta trasera del vehículo.
No puedo ver nada, me tengo que guiar por el sentido del oído si quiero conseguir algo de esta situación.

- No te muevas, por favor - oigo una voz temblorosa.
- ¿Por favor? Mira hijo de puta no sé lo que quieres pero te juro que... - me detengo cuando me quita el pañuelo y vislumbro su perfecto rostro, antes no me había percatado por la escasa luz de la noche.

Normalmente te imaginas que los secuestradores serán gordos y feos como los de las películas, y con él me había quedado anonadado, observando como se colocaba el pelo hacia atrás mientras se relamía los labios ante la sequedad provocada por su nerviosismo.

Seguía dando miedo y asco de todas formas.

- Te lo explicaré todo si te quedas calladito y tranquilo - relucía benevolencia en sus palabras, pero siendo un secuestrador mejor no creerlo.

Me desata y me invita a salir de la furgoneta, nos encontramos en una especie de nave acomodada con muebles y cocina, se podría decir que su garaje estaba entre el sofá, donde me sentó, y el televisor.

Mientras espero en el sofá y miro hacia todas partes él abre la nevera y empieza a rebuscar sin quitarme el ojo de encima, obviamente no se fía de lo que pueda hacer. Pero estoy tan nervioso que, sinceramente, solo tengo fuerzas para respirar.
Después de coger dos botellas pequeñas de agua de aloe vera se acerca y se sienta a mi lado, ofreciendo el líquido cual camarero.

- Bebe y relájate, no soy un asesino y no pienso tocarte ni un pelo - dice tranquilo, mientras procede a beber de su botellín - en realidad te necesito para conseguir algo.

- ¿Qué es lo que quieres conseguir, dinero? - es lo único que se me ocurriría.

- A mis 20 años me he dedicado únicamente a traficar con drogas y sí, necesito dinero para pagar a una de mis mulas.

- Mulas - no puedo evitar sonreír ante la imagen que se dibuja en mi cabeza.

- Son mujeres que las ingieren para pasarla de país en país, no seas estúpido - en mi cara aparece la vergüenza - Tus padres lo tienen todo en esta ciudad, seguro que me pagarán bien un rescate.

En ese momento lo que pasa por mi cabeza es un disparate. Pero es verano, tengo vacaciones y, como ha dicho, no me va a tocar ni un pelo, por lo que puede que incluso sea buena idea quedarme allá, incluso si nadie me busca. Lo voy imaginando y mi sonrisa más maliciosa empieza a aparecer.

- ¿Te estás riendo? Estás enfermo - dice mirándome directo a los ojos, le devuelvo la mirada.
- No, te entiendo, estás solo y metido en un buen lío, nadie te ayuda y lo que es mejor, igual a mis padres les viene bien ofrecer caritativamente un préstamo.

Me pone una mano en el hombro - yo también odiaba a mis padres y ahora lo que quiero es salir de esta vida, esos pagos son lo último para empezar de cero. Te vendrán bien unas vacaciones, ¿verdad?.

Puede que esté loco, que el color del cielo se haya vuelto color blanco metalizado, pero por alguna extraña razón la idea no me disgusta y el chico es simpático, solo quiere cambiar y entiendo que dentro de su récord de delitos algo así es nada.

De todas formas no le importo a nadie.

CLAUSURA - JiKook Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora