—¿Liberar a un prisionero? —.
Estaba frente a la princesa Mikotsu, quien mantenía a su derecha a Sal. Minami asintió, manteniendo su sonrisa. Wadanohara se encontraba al fondo de la sala, sentada en un cojín y en silencio. Minami había convocado una audiencia con la princesa y su concejo para la liberación de su padre. Wadanohara, por primera vez, se mostró renuente; ella apoyaba la causa, pero no quería exponer a Minami ante la princesa, no de esa manera al menos.
Mikotsu parpadeó su único ojo y el esquelético pez se movió, tronando los huesos. —Es sorprendente que aún vivan los prisioneros—. Comentó. —¿Cuál de ellos pides liberar, joven brujo? —.
Minami sonrió grande, mostrando sus filos dientes. —Samekichi—.
En la sala se plantó un silencio sepulcral, para después estallar en murmullos; todos los concejeros y embajadores murmurando sus opiniones y mirando con sorpresa al brujo, aquel quien había sido una alegría y bendición para el mar. Con la petición del menor solo confirmaban los rumores sobre la dudosa paternidad de Sal.
Las miradas se dirigían a la bruja del mar, quien mantenía la misma sonrisa que obtuvo hace años, su postura elegante y relajada pero los ojos fijos en el menor. A la derecha de la princesa, Sal apretó los dientes, molesto por las miradas indiscretas que recibía por el resto del concejo. La princesa ladeó la cabeza, elevando el ojo al techo, queriendo hacer memoria.
—¿Samekichi? —. Preguntó el pez, igual de perdido.
El brujo asintió y abrió la boca para explicarse cuando Sal intervino. El tiburón blanco suspiró exageradamente y negó con la cabeza, caminó hasta estar frente a la princesa, ocultando la pequeña figura de Minami y ganando la atención y silencio del lugar.
—Mi princesa, éste pequeño habla del aquel tiburón que está en las mazmorras del castillo—. Dijo. —¿Recuerda que mi amada Wadanohara conservó sus antiguos familiares? Bueno, ese tiburón—.
Ante las palabras, tanto la princesa como su pez parecieron recordar, ya que ambos asintieron. La sala de nuevo estalló en murmullos, el odio de Sal hacia el antiguo familiar de la bruja era bien conocido. Minami apretó los puños a sus costados, ahogando la necesidad de gritarle a Sal que dejara de entrometerse, pero calló; estaba frente al concejo, frente a la misma princesa, no podía mostrar faltas de respeto si en verdad deseaba obtener la apelación de su padre.
—¡Oh! ¡Lo recordamos, lo recordamos! —. Afirmó el pez y Sal se quitó de enfrente, dejando ver a Minami de nuevo. —¿Y cuál es la razón por la cual deseas su liberación? —.
Y de nuevo, Sal se entrometió, dejando al menor con la palabra en la boca. —¡Oh! ¡Yo lo sé, mi princesa, lo sé! —.
El tiburón blanco volvió a ponerse frente a todos, pero sin obstruir a Minami esta vez. Sonrió con autosuficiencia, y su sonrisa se extendió más al ver los ojos de Minami brillar con rabia contenida y sus pequeños hombros temblar de impotencia. Quizás con Wadanohara el menor tenía las de ganar y la preferencia, pero frente al concejo y con la princesa, Sal le mostraría donde estaba su lugar.
—El pequeño desea sacar a ese saco de boxeo de la celda porque quiere jugar a la familia, mi princesa—. Respondió con burla, juntó las manos y miró con falsa ternura al menor. —Minami cree, ilusamente, que ese desgarbado animal merece una segunda oportunidad para unirse al Mar muerto, ¡pero que tierno! —.
El concejo entero, incluso el pez de la princesa, estallaron en carcajadas. Risas burlonas y miradas lastimeras y divertidas. Minami en el centro de todas las miradas y risas, pero sus ojos fijos en Sal, quien sonreía con superioridad. Sin esperar a que las risas pararan, se giró y encaró a la princesa, una mano en el pecho.
—Este juicio no tiene siquiera cabeza, princesa, esto solo es el capricho de un niño mimado que cree poder ingresar al mundo de los adultos—. Dijo y frunció las cejas con gesto entristecido. —Le ruego que pase por alto estos deseos infantiles e irreverentes—.
El pez calló, así como la sala entera, esperando una respuesta de la princesa; quien se había mantenido en silencio. Después de lo que parecieron años, la princesa asintió, levantándose de su asiento, haciendo que todos realizaran una reverencia ante ella.
—El juicio se anula; el prisionero se mantendrá en los calabozos—. Sentenció el pez en voz grave y firme.
Los presentes asintieron unánimes ante el dictado y la princesa bajó, tomando rumbó a sus aposentos. Poco a poco los concejeros y embajadores comenzaron a abandonar la sala, no sin antes reír mirando al pequeño brujo que estaba en el centro de la sala y quien había quedado en silencio. Cuando sólo quedaban tres en la sala, el tiburón caminó hasta Minami y acarició su cabeza con tanta fuerza que tiró su pequeño gorro.
—Se pudrirá ahí—. Le dijo con sorda y se fue.
La puerta corrediza se abrió una vez más, para después ser cerrada. Minami apretó sus pequeños puños con fuerza, su cuerpo entero temblaba y su mandíbula tensa. Haría pagar a Sal por esa humillación, y se aseguraría de ser mil veces peor.
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Actualice ayer y no me acuerdo, la vejez me esta atacando más fuerte de lo que pensé.
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Brujo carmesí
FanfictionTodos murmuran, todos lo susurran; Minami no es hijo de Sal. Voy a poner esto aquí porque es mucho más importante. ¡Agradezco a Dadnob por la nueva portada! Fue tan amable de hacer otra y quedó perfecta :') Advertencias: *Violencia. *Descripción d...
