Segunda audiencia

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Algo que Sal odiaba de Minami, además de su rebeldía, curiosidad y orgullo, era su terquedad. Y Minami se aferró a ella cuando su orgullo fue pisoteado frente a todos. El joven brujo era inteligente, no se dejaría vencer por una negativa y buscaría por mar y tierra como encontrar una nueva posibilidad de liberar a su padre.

Y por esa misma razón se encontraba en los aposentos de la princesa Mikotsu, solo ellos dos. La enorme habitación adornada exquisitamente, aunque podía ver las paredes con enormes rasguños y varios objetos rotos en las esquinas, así como telas desgarradas cerca o sobre la cama. La princesa tenía un humor especial.

Una sirena llegó y les sirvió té, las pequeñas tazas y la tetera sobre la mesa redonda de centro; sentados frente a frente. Junto a la tetera que la sirena había dejado descansaba un plato con panes al vapor rellenos de dulces sabores. Había ido de improviso, prácticamente auto invitándose a la habitación de la princesa que le dejó entrar por mera curiosidad.

—Lamento las molestias—.

—No hay porque preocuparse, joven brujo—. Respondió el pez. —Pero tenemos curiosidad sobre tu visita, aún más sin la compañía de la bruja del mar—.

Minami sonrió y asintió con la cabeza. —Vengo a conversar con usted sobre lo del juicio—.

Ante la mención del juicio, la princesa frunció el ceño molesta, mientras que su pez se removió en su lugar. Minami levantó las manos para mostrar docilidad y su rostro mostró vergüenza; nadie cuestionaba las respuestas de la princesa, menos en un juicio. Prácticamente Minami estaba haciendo la peor falta de respeto en todo el mar.

—No vengo a dudar sobre su decisión, mi princesa, solo quiero que escuche lo que tengo que decir—. Bajó las manos y miró con dolor la pulida mesa. —Sal no me dejo hablar, menos mostrar mis opiniones. Mi princesa, sé que usted es comprensiva y benevolente, permítame decirle lo que tengo que decir—.

El duro semblante de la princesa se mantuvo firme, pero al ver la pose sumisa de Minami se relajó, Mikotsu suspiró y su pez se removió con más calma. El brujo continuaba mirando la mesa en completo silencio, bajando las manos y dejándolas en su propio regazo.

—Una oportunidad te daremos—. Sentenció el pez. —Habla, brujo—.

Minami sonrió agradecido y asintió, miró con ojos brillantes a la princesa. —Sé que mi padre jamás aceptó ser parte del Mar muerto y se convirtió en prisionero, pero todos estos años no han pasado en vano, mi princesa. Lo he visitado, he convivido con él, y puedo asegurarle que dentro de nada él formará parte de nuestra gente, ¡le jurará lealtad, mi princesa! —.

—Afirmas con fiereza. ¿Qué te hace creer que se someterá? —.

—He hablado con él, convivido—. Reafirmó. —No sé cómo, pero puedo confirmarle que se convertirá en uno de sus más fieles seguidores—.

—¿Y si te equivocas? —. Cuestionó el pez. —¿Y si se revela contra la princesa y el mar? —.

El menor se quedó callado, no esperó que la princesa insinuará eso y él mismo jamás lo pensó. Mikotsu elevó una ceja, esperando que el brujo contestará a la pregunta, pero Minami había borrado su sonrisa y la indecisión se volvía a apoderar de él, la confianza de momentos antes desaparecía con cada minuto en silencio. Minami tragó el nudo en su garganta y limpió sus sudorosas manos en su ropa.

—Si... si mi padre se revela contra la princesa y el mar... Yo me encargaré de él—.

—¿Asesinarías a tu propio padre, por el bien de nuestra princesa y gente? —.

Sin pensarlo, el menor levantó el rostro con expresión sombría; sus ojos brillando como pocas veces lo hacían y sus labios en una línea recta. La princesa esperó paciente su respuesta y estuvo satisfecha con ella cuando llegó.

—Lo haría, y lo haré si sucede—.

El pez asintió solemne ante la muestra de lealtad del menor; demostraba ser hijo de la bruja del mar. La princesa estaba también conforme con la respuesta y actitud, así que decidieron era momento de terminar con la conversación.

—Una oportunidad, joven brujo, una sola tendrás—. Sentenció el pez. —Así que medita con cuidado cuando lo liberaras—.

Minami pareció no prestar atención a las últimas palabras, una sonrisa brotó de nuevo y sus ojos se iluminaron con auténtica alegría. Olvidó toda etiqueta de comportamiento y se subió a la mesa, tirando el té y los bocadillos en el proceso y se arrojó sobre la princesa, rodeando el cuello de ella con los brazos y abrazándola con fuerza.

—¡Princesa, se lo agradezco! ¡Muchas, muchas gracias mi princesa! —. Gritó y plantó un sonoro beso en la mejilla de su gobernante. —¡Debo decírselo a mi padre! —.

Y sin más salió corriendo de la habitación, no sin antes dar una reverencia apresurada y cerrar las puertas con fuerza; dejando a tras a una princesa ruborizada y congelada, junto con un pez avergonzado y alterado. Nunca nadie había hecho tal falta de respeto.

Por los pasillos, Minami rio para sí. Respetaba a la princesa, era la soberana de su amado mar y a quien juró proteger ante cualquier cosa, pero a veces se tenía que jugar un poquito sucio para conseguir lo que se desease.

—Aunque no estaría mal ser el rey del mar en el futuro—. Se dijo y rio de nuevo. 

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Espero que Minami no este quedando como un niño bueno, porque no lo es xD 

Brujo carmesíDonde viven las historias. Descúbrelo ahora