No poder distinguir entre lo real y la fantasía, no saber si tu único amigo en verdad existe. Los sueños se apoderan de esta historia llena de esperanza y amor.
Todo el esfuerzo realizado en aquel tiempo había quedado en el olvido, no más sonrisas ni ganas de comer, nada la volvía a motivar como en aquellos instantes de felicidad; regresó a alejarse del mundo y se adentró en ese rincón de su mente donde creía estar a salvo. Seguía sola en casa y no había quien notase su dolor. No había forma de explicar cómo terminó esa noche y todo lo que sucedió en ella, por segundos quería sonreír hasta que recordaba lo que conllevó su momento juntos; el dolor que sentía era de gran magnitud que no podía ser comparado con nada que hubiese sentido antes, se sentía preocupada al pensar en su bienestar, constantemente se preguntaba: "¿Estará bien?, ¿Estará sufriendo?, ¿Se sentirá sólo?, ¿Necesitará ayuda?"
Sus respuestas se encontraban en sus propios sentimientos, había una conexión inexplicable entre ellos, aún sin saber nada sobre su paradero, sabía que él la necesitaba y con eso era suficiente para preocuparse. Dormía todo el día y noche con la esperanza de llegar a verlo en sus sueños, siendo todo en vano.
Después de un tiempo pensando, llegó a la solución para poder encontrarlo: Debía ir al bosque. La forma de hacerlo sería dolorosa, pero ya estaba acostumbrada a eso y esa era su última alternativa; justo a tiempo, sus tíos se habían comunicado con ella para decirle que su viaje se alargaba y regresarían en una semana. Puso en marcha su plan, el desprestigio más grande que haya realizado a su cuerpo en todo su vida: Dejó de comer, dejó de tomar agua, ingería cualquier clase de pastillas que encontrase en casa.
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Su cuerpo estaba entrando en shock, cada vez se le dificultaba movilizarse de una habitación a otra, se sentía mareada todo el tiempo por tanto vomitar, comenzaba a tener alucinaciones: Creía verlo por momentos en una esquina de su cuarto haciendo morisquetas y burlándose de ella. El silencio que reinaba en sus alrededores se volvía más ruidoso que sentía que sus oídos iban a explotar, se negaba a dormir porque pensaba que eso retrasaba el proceso para irse.
Habían pasado cuatro días y ya no se reconocía en el espejo, se asustaba cada vez que se veía y decidió romperlos todos; llegó a un estado de autodestrucción donde nada más importaba, por momentos el deseo de desaparecer era más grande que su objetivo actual, estaba completamente desenfocada y no había forma de regresar. La decepción y la culpa ahora reinaban en ella. Se había rendido. Mientras vagaba por los pasillos, pensó en lo agotador que habían sido esos cuatro días y sólo quería terminar lo más pronto posible; con gran esfuerzo, casi arrastrándose con sus últimas fuerzas, se acercó a las escaleras y dejó su cuerpo caer.
Rodó por las escaleras hasta quedar recostada en posición de ángel, lista para el vuelo; sus ojos pesaban, pero a la vez se empezaba a sentir liviana como una pluma. Descansó la mirada por un momento y cuando volvió a despertar se encontraba acostada en la misma posición, salvo que se encontraba en el bosque, no podía comprobar a ciencia cierta cómo había logrado eso pero ya estaba en ese lugar y sentía que su esfuerzo había servido de algo.
Se puso de pie y recorrió el lugar buscando señales de Casper, sus dedos cosquilleaban con el pasto húmedo, el sol se calentaba en sus hombros y sentía el áspero de los troncos cuando escurría sus dedos en ellos; se sentía un poco más tranquila hasta que llegó al final del bosque que daba inicio al campo, una puerta estaba junto al árbol, no tenía dirección ni señal alguna, estaba varado en medio de la nada. Lo vio como una señal y apuró el paso para atravesar esa puerta con tal rapidez que sus pies casi se desprenden en el aire con cada pisada que daba.