3

91 4 14
                                        

Dave Huggin languidecía aquella noche. Su esposa había fallecido un par de meses atrás y aún no había podido reponerse del todo. Si bien al principio encontró cierto consuelo en la iglesia y las actividades dominicales, las últimas tres semanas habían sido realmente difíciles. Lo raro era que parecía que todo lo había desencadenado la visita de Tony Rademacher. Lo había conocido casi desde que llegó al pueblo, eso tenía tres años, pero cuando ocurrió el accidente de su esposa y su pequeño niño, dos años atrás, no lo había vuelto a ver por el pueblo. Betty se enteró, gracias a los chismorreos de las vecinas, que algunos chicos, ex alumnos de su clase, le llevaban comida y otras cosas que él llegara a necesitar. No había vuelto a salir de su casa hasta ese domingo.

Recordaba lo que le había dicho el profesor, la convicción detrás de esas palabras enfermas y perjuras. Sin vacilar lo había corrido, pero algo había hecho mella en su mente. ¿Y si era posible aquello? Tan solo pensarlo era blasfemia, tomarlo en consideración era un pase directo al infierno. O como decía Betty: un vuelo directo y sin escalas a la morada de Lucifer, con la garantía de la primera clase y un trinchete en el trasero. Ese comentario siempre lo había hecho reír. Betty había sido siempre una mujer muy alegre, con un enorme sentido del humor y que sentía un gran amor hacia él. Que importaba que nunca pudieran tener bebés, ella era todo para él y ahora estaba en un lugar mejor, había cruzado por las puertas de San Pedro y disfrutaba siempre de sus golosinas favoritas... ¿o no? Sorbió un trago de su Tennessee Honey y sintió arcadas. No solo estaba deprimido, también estaba ebrio.

Adiós a sus veinte años de sobriedad, se dijo a sí mismo esa tarde. Compró esa botella en Scobey, no quería el chismorreo de las vecinas, quienes como buitres se asomaban con sus largos cuellos cada que él pasaba. La gente lo compadecía, pero él compadecía a la gente.

Ellos no han estado frente a frente con el diablo.

Pero... él tampoco lo había estado, ¿o sí? Una parte de él decía que sí, que la persona que se presentó el otro día frente a su casa no era el profesor Rademacher, era el mismísimo señor de las tinieblas. Sin embargo, sabía que no era así. Solo había sido la impresión de ver a alguien cuya memoria selectiva lo había considerado muerto o lo había olvidado.

Viste algo en sus ojos, ¿recuerdas? Había algo malo en sus ojos.

—¡No, no vi nada! —Gritó. Esa exclamación lo hizo cobrar total consciencia de donde estaba, pero no recordaba la razón. Por sobre su cabeza, una brisa fresca movía las ramas más delgadas. Los grillos le cantaban su nostálgica melodía a la luna, que se asomaba por las copas de los árboles. El mundo parecía darle vueltas y su mente seguía sin estar del todo clara. Sentía que unos ojos inyectados en sangre lo observaban detrás de los matorrales. Pero eso era producto de su intoxicación con el alcohol, y él lo comprendía. La razón por la que se encontraba en el bosque a esas horas rondaba por su mente, pero no podía dar con ella. Sabía que era importante, sentía el peso de la Ruger en el bolsillo de su chaqueta.

Tenía pensado utilizarla, pero ¿contra qué?

Contra ti...

—¡No! —Volvió a vociferar mientras emprendía carrera. Tenía cierta noción de donde estaba, pero no podía ubicarse del todo. Esa zona del bosque no le pertenecía a ninguna empresa maderera, estaba protegida por el gobierno y su gente, que creía que los monolitos que ahí se encontraban podrían ser turísticos según los delegados. La estructura era circular, doce monolitos rodeaban el círculo de piedra, el cual estaba bellamente tallado. Varias "venas" parecían ir y venir, formando una figura enredada. Unos niños lo habían encontrado en la década de los treintas, muchos antropólogos que llegaban decían que era una especie de reloj solar, a la gente parecía no molestarle. Sin embargo, Dave había empezado a soñar con ese cumulo de monolitos desde la visita del profesor. En esos sueños, él se encontraba en medio de esa estructura. La luna era un bulbo sangrante, de un rojo voraz. Un ruido sordo provenía de todas partes y de ningún lado en particular, los arboles crepitaban y se levantaban como si un ser gigantesco los arrancara de raíz y los aventara como si de lápices se trataban. Podía escuchar la respiración de esa cosa, si a ese viento que se expandía y comprimía como un huracán, podría llamársele respiración. Veía que una sombra se alzaba por sobre las copas de los árboles y entonces, lograba ver sus ojos, tan grandes y rojos como la luna que se cernía sobre él... era entonces cuando comprendía que lo que había observado en el cielo no era la luna, era un gran ojo, era el ojo. Llegando a ese punto, siempre despertaba.

¿Qué significaba entonces ese sueño? Una voz sombría y casi ajena a su consciencia le respondió: El fin del mundo. Y parecía que ahora estaba ahí, en primera fila. Se abrió paso entre los pilares, nunca los había tocado, parecía que estos tenían laberintos pequeños, apenas perceptibles por las yemas de los dedos. De un momento a otro recordó por fin la motivación que lo había orillado a ponerse en marcha hasta ahí. Con una mano temblorosa sacó la Ruger de su bolsillo, no obstante, era demasiado tarde. Una hoja fría y con sabor metálico se le incrustó desde la boca hasta la garganta, partiéndole la mandíbula en dos. Poco después del chispazo de dolor, la oscuridad lo tragó y solo vio vacío.

La sangre que en su inconsciencia emanaba su ser, parecía introducirse en la piedra, como un río de sangre.

jX0;

Tan Profundo como el VacíoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora