Danna tenía que subsistir. Al menos esa era la mentalidad que su madre les había inculcado a su hermana y a ella tras la muerte de su abuela. Por ello, la joven de dieciséis años cumplía con ciertas reglas para también, tener ciertos beneficios como la libertad de salir con Carl.
La primera regla era simple: Debes ayudar en la casa y hacerte tu propia comida.
Ella la cumplía con facilidad. Eso era algo que su abuela le había inculcado desde pequeña, por lo que no había tenido problema con hacer hasta más que eso. En ocasiones preparaba la comida de las tres, en otras le ayudaba a su madre o a su hermana a tender su cama o a lavar su ropa.
Para las once del día, eso debía estar listo porque le esperaba el siguiente eslabón de su rutina: Gánate el pan que vas a comer y el dinero que vas a gastar.
Para precisamente cumplir con esa encomienda, Danna cuidaba al hiperactivo Jason Forrest. La casa del chico de doce años estaba a cinco calles del centro de Rogville, la casa de Danna estaba a su vez a ocho calles del centro, pero en sentido contrario. Para pasar las casi diecisiete calles en más o menos veinte minutos, ella usaba la vieja Benotto que otrora, su madre también utilizaba para asistir a la escuela en Flaxville.
El tráfico en el pueblo era relativamente poco, además que los conductores hacían stop total en cada calle debido a la arraigada costumbre de que los ciclistas anduvieran en los
cruceros a sus anchas. Esto ocasionaba que era más probable que Danna fuera atropellada por otro joven apurado que por un automovilista. Volaba por Zapata Street, calle nombrada así en honor a un trailero que había fallecido hacía décadas, cuando Carl la alcanzó con su Moongose. El chico le sonrió con la típica sonrisa estúpida que a ella le encantaba. Ambos corrían en sus vehículos metálicos como almas que lleva el diablo, carcajeándose y haciendo que la gente que tranquila caminaba en las calles volteara a verlos.
Muchos pueblos tenían la mala costumbre de saber todo lo que pasaba con sus vecinos incluso antes que ellos se enteraran, en un lugar como Rogville, esto era algo ya propagado. Al verlos, muchos meneaban la cabeza, asintiendo con tristeza. La mayoría parecía que avalaban esa relación, pero muchos sabían también que ese bonito amor veraniego pronto terminaría. Esa era la historia de incontables romances tan pasionales como fugaces, y si esa relación no terminaba en un embarazo no deseado, entonces el destino se encargaría de separarlos. De cualquiera de las dos maneras, eso no iba a durar.
Los jóvenes se despidieron en la intersección de Maine con Lincoln, prometiéndose con la mirada que se volverían a ver pronto. En la mente de Danna ahora si pasaba la idea de por fin, entregarse a su amado, aunque claro, eso la ponía nerviosa y misteriosamente eso provocaba que la sensación cálida de ese día se incrementara a sofocante.
Pedaleó más rápido.
Llegó a la casa de los Forrest con la blusa pegada a su cuerpo en algunas zonas, no obstante, era mejor para ella verse y oler así cuando trabajaba cuidando a Jason. Metió la llave, ingresó el código (algo extraño en casas de un pueblo como Rogville) e ingresó. El ambiente le era familiar, el olor a comida recalentada y la música de Trash Metal a todo volumen desde el piso de arriba. Cuando Danna cerró la puerta de la entrada, en el segundo piso otra puerta se abrió de golpe, el sonido de Pantera se incrementó algunos decibeles y unos pasos rápidos corrieron hasta las escaleras, bajándolas con fiereza.
—¡Danna Banana! —Exclamó el chico mientras corría hacia ella.
—Hola, Jason. —Saludó la joven niñera con una gran sonrisa. Si bien la sonrisa era autentica, últimamente era más forzada que nada.
El hijo único de los Forrest era un muchacho flaco, de pelo rubio, nariz pequeña y ojos azules. Había dado un gran estirón esas vacaciones, su voz chillona poco a poco se tornaba más ronca. Su espalda se había ensanchado y en su barba comenzaba a crecer una pelusa delgada. Pero la fuerza era lo único que había incrementado en Jason. Danna recordaba el incidente de dos semanas atrás y por lo que cada vez era más difícil coexistir con él. Ese día todo había transcurrido con naturalidad, el niño jugaba sus videojuegos a un volumen fuerte y molesto, pero era algo que a ella no le molestaba, por consejo del padre del niño, usaba unos audífonos aislantes de ruido y ponía su música favorita hasta que el sonido de las maldiciones, las explosiones y los gritos de Jason se redujeran casi al mínimo. Aunque claro, este no era el comportamiento ortodoxo de una niñera, pero para el matrimonio conformado por Robert y Lucy era una forma en que la joven no saliera huyendo de su hijo.
Danna cumplía con la limpieza del desastre que muchas veces Jason provocaba, le daba de comer a la misma hora, todos los días, tal como un reloj suizo. La joven procuraba que el adolescente no se rompiera un hueso, pero si esto pasaba, ella ya estaba preparada con un curso completo de primeros auxilios y que ya se había visto en la necesidad de usar en algunas ocasiones.
El silencio fue algo realmente extraño, se quitó los audífonos pues se sentía observada. Se recriminó mentalmente por no prestar atención, por andar fantaseando con quien sabe qué y dejar de escuchar el ruido de fondo. Temía que si escuchaba silencio total en el cuarto de Jason era porque este estuviera muerto. Subió las escaleras.
—¿Estas bien, J? Ya no te escucho.
Pero solo el silencio respondía. Se acercó a la puerta del chico, donde no se escuchaba ruido alguno, lo cual ya era de suma alarma. Abrió la entreabierta puerta de la habitación y vio a Jason dándole la espalda, con la vista clavada en el techo y un movimiento rítmico en su mano derecha. Danna supo lo que hacía y no pudo reprimir una exclamación tanto de asco como de alivio. Jason volteó rápido y la vio, le dedicó una sonrisa torcida y continuó con su movimiento. Danna ya había visto suficiente y salió de ahí.
Después de aquel incidente, la cuidadora se había vuelto más reservada a las miradas del chico. Quien en un lapso de siete horas, se masturbaba al menos unas nueve o doce veces. Cada vez que lo hacía, conocedor que Danna tenía que limpiar, se limpiaba el residuo con sus bóxeres, se los quitaba y los aventaba hacia el primer piso.
—Banana, me avisas si todavía está caliente. Puedes probarlo si quieres. —Había dicho Jason como si fuera algo muy natural. Ese tono de voz ya lo había escuchado antes, cuando el chico hacía alguna travesura que estaba consciente era de mal gusto o también cuando... no, ella sabía que lo de Anthony había sido un accidente.
¿También fue un accidente que gatos y perros de la zona desaparecieran?
Parecía que las cosas con Jason cada vez estaban peor, el chico de por sí era raro, pero esa transformación física que estaba experimentando era realmente aterradora. Era como si cada día el chico crecía unos cinco centímetros más, como si de un día para otro él pudiera someterla con facilidad. Y aunque su pensamiento racional desechaba esa posibilidad, su miedo muchas veces ganaba. Ya no podía relajarse y ponerse a leer en uno de los sillones de la sala, tampoco ver algún programa y películas. Debía poner atención a cada movimiento del chico, asegurarse que durante los lapsos silenciosos él no este bajando las escaleras en dirección hacia ella.
Sabía que no podía contarles a los padres del chico su comportamiento, esa sería una manera de renunciar, ellos le darían las gracias, le pedirían disculpas y le dirían que ya no necesitaban sus servicios. Y ella sí requería el dinero de los Forrest. Su madre trabajaba de sol a sol para pagar su escuela, su hermana para llevar algo de comer. Eso la convertía, involuntariamente, en una carga, por lo que estaba dispuesta a ser una más ligera ganándose su propio dinero y llevando de comer de vez en cuando.
Ese era un nuevo día, nueva pesadilla.
—¿Me besaras hoy? —Dijo Jason después de la efusiva bienvenida.
—No, J. Eres muy joven para mí. —Respondió Danna en un resoplido.
El joven sonrió de oreja a oreja y se alejó corriendo, de vuelta a su cuarto. La niñera acomodó sus cosas en una silla y pudo escuchar como el chico ponía algo en su computadora. El volumen no era tan alto como de costumbre, por lo que pudo escuchar lo que Jason repetía con frenesí:
Ya lo harás, perra. El reloj corre, tic tac.
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Tan Profundo como el Vacío
TerrorRogville es un pequeño pueblo de Montana. La gente esta acostumbrada a que no pase nada y que no existan los sucesos extraordinarios, no obstante, cierto día ocurre una tormenta que nadie prevee. El fenómeno extraño solo es un preámbulo de un sinfín...
