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—¿Qué mierda? —Exclamó Carl anonado. El viento parecía hacerse físico mientras acarreaba los nubarrones que espesos, cual espuma de un cappuccino, parecían arremolinarse sobre el pueblo. Estos habían salido de la nada, o esa impresión daba. La velocidad con la que ocultaron el cielo despejado había sido asombrosa. Avanzaban, desde su punto de vista, de derecha a izquierda, hacía las montañas donde el bosque se tupía. En puntos cardinales, la tormenta iba de noroeste a suroeste, algo muy extraño en esas épocas, donde el viento y las corrientes provenían del punto contrario.

—¿No habían dicho que hoy estaría despejado? —Preguntó Danna.

—Así era... —Un mal presentimiento recorrió el espinazo de Carl. En el ambiente había una sensación húmeda y eléctrica, pero las nubes no parecían ser de lluvia. O al menos eso creía—. Mejor vámonos. —Sugirió mientras tomaba de la cintura a su novia, sin molestarse en levantar la canasta de picnic o lo que había llevado extra. Un instinto, no tan equivocado, le decía que era momento de echar a correr e irse de ahí. Se alejaron de ahí a trompicones, ninguno de los dos previó lo accidentado del camino, sus pies a cada rato daban pasos en falso que amenazaban con terminar en una estrepitosa caída.

Cuando por fin pudieron correr, motivados por un miedo que de la nada surgió desde lo más profundo de su ser, no voltearon hacia arriba, a donde las nubes consumían todo.

Tan Profundo como el VacíoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora