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Dennis y Danielle cumplían ocho años de casados.

Veintiuno de julio de dos mil diez, esa había sido la fecha en que ella le había dado el sí definitivo frente al altar, delante de casi doscientos invitados. Y ese día, el veintiuno de julio de dos mil diez, él se había convertido en el hombre más feliz de toda la galaxia. Quizá eso era para algunos era algo dramático, símbolo de masculina debilidad, pero para Dennis era todo menos eso.

Amó a Danielle en cuanto la vio. Ella estaba comprando un café en una famosa tienda de Nueva York, llevaba el pelo negro suelto, el cual le llegaba un poco debajo de los omoplatos. Ese día hacía demasiado frio, por lo que ella llevaba un abrigo largo color arena. Sus pómulos se tornaban de un color ciruela, sus labios rojos no necesitaban algún tipo de maquillaje. Al verla, Dennis perdió el habla de forma literal, ella pareció notarlo, pues estaba delante de él en la fila.

—¿Va a desear algo? —Preguntó la chica que atendía, pero Dennis no pudo saber si le hablaban a él o a otra persona—. Si no va a pedir nada, por favor salga de la fila. —Indicó la cajera.

—¡Se me olvidaba! —Exclamó Danielle, un cappuccino para mi amigo.

Eso lo sacó del encantamiento. Se acomodó sus lentes y le sonrió con nerviosismo a la chica, quien lo observaba con divertida curiosidad. Después de unos cinco minutos, ambos habían salido hacia el frio exterior con sus bebidas y una charla amena. Ante todo pronóstico que Dennis calculó, Danielle era una persona que se comportaba de manera sencilla y que tenía un tema de conversación para casi todo. Esa misma tarde supo que su ascendencia era francesa, que su apellido era Dumont, que su familia era algo ortodoxa en muchos aspectos, por lo que su recién incorporación a la ciudadanía norteamericana resultaba un poco escandalosa. Consiguió, también, una segunda cita y un número de teléfono.

Dennis Mulder nunca fue el tipo que hacía a las mujeres suspirar, para muchos era un ratón de biblioteca que nunca saldría del asocial vado donde se encontraba. Eso no era por su físico, ya que su pelo rizado de oscuro tinte, su piel casi nívea y sus ojos color miel, no pasaban desapercibidos por varias mujeres. El gran problema que tenía era la comunicación. Cuando se ponía nervioso, tartamudeaba, cuando tartamudeaba, escupía. Eso ocasionaba que su cita se fuera con una cara de desagrado. No obstante, con Danielle algo había pasado, no había tartamudeado ninguna vez, a pesar de que las palmas de sus manos sudaban copiosamente. Dennis trabajó en ello y para la tercera cita, el sudor ya casi había desaparecido. Para ese entonces, el nivel de confianza entre ambos había crecido, las pláticas de un par de horas se habían convertido en una tarde completa. Ambos sentían una atracción el uno por el otro, y era quizá por un capricho del destino, que ninguno de los dos mencionó algo hasta la sexta semana en que se vieron.

Esa tarde en Coney Islad, se dieron su primer beso con un sol rojo escondiéndose en el horizonte. Ese beso dio paso a un pasional noviazgo que terminó con ambos viviendo juntos en un departamento de Queens. La vida no era fácil, pero ambos trataban de ir sobrellevando todos los gastos. Dennis había estudiado literatura y estaba en proceso de publicar una novela, la cual había interesado a dos editoriales. Danielle, por su parte, estaba en una firma de abogados con mediano éxito, pero que poco a poco iba creciendo. Como en todas las parejas, había peleas, pero estas se arreglaban con algo de comida china, un masaje y posteriormente, algo de sexo. Aunque claro, el orden de estos factores, como había aprendido en alguna clase de física, no alteraba el resultado final.

Se casaron cuatro años después, cuando la novela de Dennis ya se había publicado y tenía un moderado éxito en cuanto a ventas, pero muy bueno en críticas. La gente del rubro le preguntaba con frecuencia sobre cuando volvería a publicar algo nuevo, él se encogía de hombros y se alejaba. Su idea era simple: recorrer el mundo, Dios dispondría.

Tan Profundo como el VacíoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora