Doug Jones estaba revisando sus tierras. La noche anterior se había visto poco sorprendido por el brusco cambio climático, lo que lo había sorprendido en realidad no era que los idiotas de los noticieros se equivocaran, era, en cambio, que él no lo previó del todo. A sus setenta y cinco años, Doug conocía con detalle los caprichos climáticos, aunque claro, después de un par de décadas era más difícil, debido a lo que llamaban "Calentamiento Global", eso no era impedimento para que su refinado instinto fallara.
El día anterior estaba sentado en su porche, tomando la limonada que Marian, su nieta le había preparado.
—Abrígate, mujer. Hoy hará frio. —Le había comentado al ver que ella vestía una blusa ligera y un short corto. La nieta de quince años, con esa vena rebelde que la caracterizaba se limitó a sonreír y encogerse de hombros.
—Abuelito, dicen que hoy hará calor como todo el verano.
—Confía en tu abuelo, niña.
Pero ella se despidió con un beso y se alejó corriendo. Doug entonces, se quedó contemplando el bosque. Era dueño de unas treinta hectáreas de bosque y ya había cercenado diez para sembrar y vender la excelente madera que los viejos robles proporcionaban. Su vida había sido productiva, a pesar de vivir en ese pequeño pueblo, tenía dinero en el banco, sus cuatro hijos habían estudiado la universidad y cada uno contaba con su casa propia, sus nietos nunca habían sufrido hambre y los visitaban seguido. Aunque claro, todo eso lo había logrado con un enorme sacrificio. Doug ahora, estaba dispuesto a disfrutar a su familia y su vejez, consciente del dolor que crecía poco a poco pero de manera evidente en su pecho.
Observó el cielo con aire soñador, las pocas nubes que sobrevolaban por sobre su cabeza se movían en otra dirección a la común. Eso significaba un cambio en el clima, un viento del norte que provocaría quizá una lluvia veraniega. No obstante, era raro. Esas corrientes no se daban así como tal, y por más ineptos que fueran los de la televisión, debían haber previsto un cambio en la presión.
Se puso de pie con algo de trabajo, entró a la casa y no tardó en volver a salir con un barómetro entre manos. El artefacto parecía no dar una lectura definida, iba desde soleado a parcialmente nublado. La aguja danzaba tal y como lo hacían las cavilaciones de Doug; de aquí para allá. Sin un rumbo fijo y con muchas más dudas que respuestas.
El barómetro no me dio una lectura ayer, lo volví a intentar más tarde.
Ahora la aguja estaba estática en 1000, donde un sol estaba dibujado. Iba a hacer un calor de la mierda ese día. Pero era raro... sus instintos le decían que iba a llover a cantaros la noche anterior, la humedad se percibía en el aire, sus pelos se erizaron cuando salió al pórtico a buscar obtener una medición. Habían pasado seis horas después de que el viento amainó, más o menos como a las tres de la madrugada, y ahora no había rastro alguno de humedad. Solo fue una tormenta de rayos y viento. No hubo un chispazo o gotas aisladas, solo el aire seco y tibio que arremetió contra árboles, anuncios pegados en postes y plantas pequeñas. Sin embargo, parecía que ese extraño fenómeno se había puesto personal con sus plantíos de calabazas. Un árbol sufrió varias ramas mutiladas que fueron a parar a las calabazas que comenzaban su crecimiento. Una pasta naranja y pegajosa había atraído a varias moscas.
—Parece que alguien las pisoteo, abuelo. —Había comentado Steven, quien tenía diecisiete años. Doug opinaba que era una posibilidad, algún chico de Flaxville que quisiera jugar una broma en el pueblo vecino. Las calabazas estaban completamente aplastadas en su mayoría, un camino serpenteaba entre ellas, eso lo debieron haber hecho con la llanta de una motocicleta.
—Limpia todo, Steven, hay que sembrar más calabazas, con algo de suerte podremos venderlas en Halloween.
Doug dejó a su sobrino trabajando y fue a ver a Jamie, quien estaba en el camino de acceso, recargado en su auto mientras fumaba un cigarro. El anciano observó que el jefe de policía parecía más estresado de lo normal, tenía ojeras y parecía que había envejecido cinco años en cinco horas.
—¿Entonces alguien uso tus tierras para echar un partido de americano? Doug soltó una cansada carcajada.
—Eso parece, Jamie. ¿Cómo esta Alana y Frankie? —El policía soltó un suspiro mientras aplastaba el cigarro que hace unos momentos disfrutaba.
—Bien, ya sabes, en lo que cabe. A veces Frank es algo difícil... pero lo sobrellevamos.
—Te mostraré lo que encontré. —Exclamó el viejo e instó a Jamie a seguirlo. Se adentraron en la tierra suelta, pisoteando pasta de calabaza y hojas, por igual. La peste comenzaba a ser fuerte, lo que provocaba irritación en su nariz. El hervidero de moscas se acrecentaba cada minuto que pasaba. El chico de Doug saludó al jefe con un gesto y una sonrisa, Jamie devolvió el gesto mientras se inspeccionaba la marca de llanta que partía la mitad del terreno. Esa era la situación a la que no quería llegar, vandalismo en propiedad privada y con daños materiales que el gobierno no podría cubrir. Sin embargo, el sheriff del condado parecía que no le interesaba en absoluto que dos pequeños pueblos tuvieran problemas. Mientras no terminara en matanzas, el tipo se daba por bien servido, no obstante, Jamie estaba seguro que en una de tantas, algún campesino lanzaría un tiro que por mala suerte terminaría con un velorio.
Las tierras de Doug estaban a cuatro kilómetros al oeste del pueblo, así que el que hubiera un testigo era algo muy improbable. El único que pudiera haber visto algo era un ser mudo que perpetuamente se mantenía crucificado y que en ese momento, varios pájaros picoteaban su cara...
—Te ves tenso. —Aseveró Jones—. ¿Crees que puede ser el principio de una ola de vandalismo?
—Me preocupa que sea de Flaxville, porque si es así, no tengo autoridad allá. Pero también creo que puede ser de aquí, del pueblo, para inculpar a alguien de allá. Tengo miedo de que alguien vea a alguno de los chicos y no tenga tu paciencia. —Doug comprendía a lo que se refería.
—Hace veinticinco años tuvimos una crisis así, sé que quizá no lo recuerdas, pero tu padre lidió con ella como un verdadero profesional.
Jamie hizo caso omiso al comentario de su viejo amigo. Examinó las rodadas y confirmó algo que ya había pensado. Las huellas eran de una motocross, eso iba a acortar la investigación. Pocos en el pueblo disponían de una.
Observó que las huellas se dirigían al bosque en lugar de irse hacia el camino de acceso.
—¿Por qué se irían hacia el bosque? —Pensó en voz alta.
—También me lo pregunto. Esta zona no es muy accesible que digamos, a unos dos kilómetros de aquí están esos malditos cúmulos pero el acceso es horrible hasta caminando.
Jamie sabía que muchos jóvenes iban a los monolitos (a los que Doug llamaba "cúmulos") para emborracharse o pasársela con las chicas, ahí organizaban fiestas y eventos. No obstante, era curioso que alguien en su sano juicio se aventurara en la noche por el bosque, aun cuando dispusiera de una moto perfectamente equipada para caminos difíciles. A veces se observaban osos pardos, enormes bestias de más de quinientos kilos que atacaban casi de sorpresa con garras de treinta centímetros en cada pata y lanzando dentelladas mortales. ¿Qué clase de idiota se adentraría en territorio de osos cuando la visibilidad es muy pobre?
—Muchas calabazas fueron aplastadas por las ramas, pero otras están justo en el camino de la motocicleta. No llovió anoche, pero la tierra en esta zona es muy húmeda, así que podremos seguir el camino. Con algo de suerte, el delincuente aun no despierta de su borrachera, en el peor de los casos... —Jamie regresó a su camioneta y del asiento del copiloto sacó una poderosa escopeta. Doug entendió el mensaje, y su nieto, aunque asentía, no comprendía nada. El oficial tomó su radio y llamó—: Davies, quiero que hagas una lista con los hombres que tengan una motocicleta para motocross, la espero en una hora. Nombres y direcciones, cambio y fuera.
En ese momento por la mente del joven capitán pasaban varias cosas, todas ellas malas. Pareciera que la extraña tormenta de la noche anterior hubiera traído un manto gris sobre el pueblo y su gente. La gente a su alrededor parecía que lo respiraba en el aire. Era como si en el aire se hubiera mezclado un gas infecto, algo que los advertía.
Jamie les indicó a sus acompañantes que lo siguieran mientras ponía su escopeta a punto y los tres se adentraban en el bosque.
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Tan Profundo como el Vacío
HorreurRogville es un pequeño pueblo de Montana. La gente esta acostumbrada a que no pase nada y que no existan los sucesos extraordinarios, no obstante, cierto día ocurre una tormenta que nadie prevee. El fenómeno extraño solo es un preámbulo de un sinfín...
