12

22 6 3
                                        

La llamada la condujo con un desesperado Dennis Mulder, quien no había dado explicaciones del motivo. El hombre, con un suéter un tanto ridículo que acentuaba una barriga incipiente, la estaba esperando mientras fumaba delante de la puerta de entrada de su casa. Mia aparcó su automóvil y bajó casi corriendo, llevando su maletín con accesorio medico básico a la mano.

—Gracias a Dios, doctora. —Exclamó Dennis entre lágrimas y con la voz entrecortada. Las colillas de cigarros mal fumados se apilaban en el tapete de bienvenida, la ceniza parecía ensuciar de forma incomoda una entrada que parecía siempre impoluta. El escritor dejó pasar a la doctora a la residencia. Mia ya conocía el camino, varias veces había ido a hacerle chequeos a Danielle. Admiraba la tenacidad por parte de Dennis de cuidar a su esposa y su optimismo porque ella despertaría algún día. Parecía que la única razón por la que ese hombre respiraba era el cuidar a su esposa. Eso provocaba en ella cierta tristeza... o quizá algo de envidia. Cada noche, antes de caer en el aquejoso mundo onírico, pensaba, no sin falta de anhelo, que Zack tuviera un comportamiento como ese, al menos en otros ámbitos. Deseaba que su esposo regresara y tomara el lugar de ese frio robot que lo había suplantado.

El cuarto estaba cerrado, por lo que tuvo el atrevimiento de abrirlo. Adentro, la habitación estaba bien iluminada, por lo que Mia pudo apreciar ciertos cambios respecto a sus anteriores visitas. El cómodo no estaba pulcramente limpio como por lo regular siempre se encontraba. Las sabanas tenían cierto olor a sudor y el ambiente estaba más pesado. Eso era algo extraño, y Mia no pudo evitar sentir preocupación por lo que pasaba ahí. Dennis padecía de Trastorno Obsesivo Compulsivo, el que no limpiara con militar régimen el ambiente que compartía con su esposa, indicaba que algo no estaba bien. Por lo demás, todo estaba igual. Danielle tenía los ojos cerrados y no respondía a los impulsos generados, tales como las cosquillas.

—¿Qué sucedió, Dennis? —Preguntó Mia mientras revisaba el pulso, el cual oscilaba entre los 37 y los 47 ppm. Nada fuera de lo común y mucho menos, nada que manifestara alguna mejoría o regresión. De reojo observó unas hojas sueltas con mensajes ilegibles. Detrás de las hojas había varios lápices desperdigados, así también, una lámpara de escritorio se encontraba recostada sobre varios libros ladeados. Frunció el ceño, Dennis, quien estaba en el marco de la puerta, parecía que no podía dejar de frotarse los brazos.

—Yo... intentaba ayudarla... —Exclamó Mulder antes de desplomarse y romper en llanto. Para hablar no alzaba la mirada, lo que provocaba el efecto de que tenía quince años menos de los que contaba.

—¿Y cómo? —Cuestionó airada. Después de ver tal desorden, en su mente nacía una aterradora respuesta.

—Creí que ya no despertaría... ella hubiera querido que la desconectaran pero ¡soy su esposo! No la dejaría ir tan fácil. —Las venas de su cuello comenzaban a marcarse. Su tono de piel había adquirido un enrojecido tono. ¿Con cuantas personas había hablado Dennis desde que su esposa se encontraba de tal manera? ¿Con cinco, seis?

—Quisiste cumplir su última voluntad, en caso de que la hubiera tenido, ¿no? —Mulder no respondió, pero asintió lentamente con la cabeza. Mia sintió lástima en ese momento, más que coraje o enojo. Lo que había intentado hacer ese hombre había sido un acto de egoísmo, pero tampoco podía lanzárselo a la cara. Ya de por sí estaba muy afectado manteniendo una esperanza que poco a poco se difuminaba, tal como un fantasma—. Ven, te preparare un café y platicaremos.

Fueron juntos a la cocina, donde una mesa pequeña con una sola silla se erguía casi en medio de ella. Para dos personas era algo difícil y pequeño, pero cuando Mia pudo por fin convencer a Dennis que ella se hacía cargo, pudo apañárselas a la perfección. En cierto sentido, ella sentía que ambos, de algún modo, estaban solos. Esperando únicamente que el amor de su vida regresara hacia ellos.

Tan Profundo como el VacíoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora