La resaca que sentía era terrible. Su boca tenía un sabor rancio y su garganta le palpitaba. Trató de incorporarse pero el mundo seguía moviéndose alrededor suyo, como si estuviera en un navío a la deriva en medio de un tortuoso océano. Contuvo a como pudo las ganas de vomitar, su sala ya estaba lo suficientemente sucia. ¿A qué horas había comenzado a beber? ¿A las ocho? ¿A las siete? No importaba, lo que sí, era que cada día iniciaba más y más temprano, y estaba consciente que un día de estos, sus salidas nocturnas darían cierta sospecha con su semblante ojeroso y demacrado.
—Solo es una enfermedad crónica de mi hígado, Lara, todo estará bien. —Le había comentado a la metiche señora Forlay cuando esta le había preguntado. ¿Qué nadie en ese maldito pueblo de mierda entendía lo que era la privacidad? Eso era por lo que había escogido ese lugar en particular. No quería un pueblo fantasma como esos inhóspitos lugares de Nebraska o Alaska, quería un lugar que con poca gente tuviera una ruta de acceso fácil a su medicina: el alcohol. Sin embargo, parecía que la población local estaba empecinada en saber cada uno de sus pasos, ¡como si él no hiciera ya mucho por ellos! ¿Era mucho pedir que lo dejaran en paz?
De repente, quiso otro trago. Su voz racional le indicó que era mala idea, un trago lleva a otro, y a otro, y a otro. Pero su cuerpo lo exigía y las debilidades de la carne eran las debilidades de la carne, las cuales lo acompañaban desde que tenía diecisiete años y que desde entonces tenían una puerta abierta y acceso VIP a su vida. ¿Quién era él para negarle al cuerpo lo que quiere? ¿Quién era, Dios, sino más que un hombre imperfecto? Pecadores; ese era el nombre asignado por toda la bola de hipócritas a las personas sinceras como él. Era bien sabido que nunca negó sus pecados; estos consistían en todos los habidos y por haber señalados en el libro de cuero, pero el mínimo común múltiplo de todos ellos era la bebida. Ese pecado, por supuesto atraía otro, como esa inclinación por las prostitutas y las líneas de cocaína que al día siguiente tenía que consumir para aparentar estar bien. En su corazón nunca había negado esa predisposición y lo que esta le atraía, así que con eso se sentía tranquilo de conciencia.
Observó a su alrededor, la sala de su casa tenía tres sofás verdes, el color le repugnaba pero eran cómodos. Ahora estos se encontraban más distanciados de lo normal, el sofá de mediano tamaño estaba volteado hacia un lado y el grande tenía manchas de vomito. Eso significaba que tenía que comprar cloro o algún otro limpiador si quería quitar el mal olor. El suelo de madera había comenzado a podrirse desde que llegó ahí, no era por la mala calidad del piso, más bien era porque siempre que aseaba solo pasaba un mechudo con agua. Era bien sabido por la gente local que los pisos de madera no se limpiaban de esa manera, incluso hubo quien se lo recomendó de manera ferviente. No obstante, a él poco le importaba en ese entonces que el piso se pudriera, algo que en ese momento sí comenzó a preocuparle. La madera podrida atraía animales, los animales atraían el mal olor y era suficiente con el que quedaba después de cada borrachera. Se reincorporó como pudo y distinguió entre dos cojines la boquilla de uno de los dos vodkas que había comprado la noche anterior, con algo de suerte esta tendría un trago que lo ayudara a afrontar su tarea diaria. Se encaminó, tambaleante, hasta la botella pero su decepción fue grande cuando vio que al recipiente de vidrio no le quedaba ni una gota. Resignado y de mal humor se encaminó hasta el baño, si algo había aprendido del vodka era que podía ser muy apestoso. Abrió la regadera y un frío chorro gorjeante salió disparado. Se desnudó de forma torpe y se metió al baño. Era como un fantasma, un alma condenada a repetir esa rutina hasta el fin de sus días. ¿Cómo había empezado a beber? Debía tener buenas razones en el pasado pero tenía años que no las recordaba. ¿Alguna decepción amorosa? ¿Algún trauma? Sin embargo, por más que intentaba recordar, su pasado era una cortina entreabierta, los sucesos y el orden de estos eran neblinosos y quizá, hasta inexactos.
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Tan Profundo como el Vacío
HorrorRogville es un pequeño pueblo de Montana. La gente esta acostumbrada a que no pase nada y que no existan los sucesos extraordinarios, no obstante, cierto día ocurre una tormenta que nadie prevee. El fenómeno extraño solo es un preámbulo de un sinfín...
