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El Padre Cobb y Yates tocaron seis veces antes de que alguien atendiera el llamado. Tim Simmons abrió la puerta, su aspecto era el de esperarse: el pelo entrecano estaba enmarañado, su piel estaba amarillenta, producto de un problema severo con el alcohol el cual estaba empezando a afectar su hígado, sus ojeras parecían cuencas profundas. Cobb reconocía a simple vista los efectos de la resaca, pero cuando Tim habló, el aire entre los hombres se llenó con el rancio olor del whiskey.

—¿Necesitan algo? Ya pagué mis facturas. —Escupió irritado.

—Señor Simmons, ¿sabe dónde está su hijo? —Preguntó Bob. El dueño de la funeraria frunció su entrecejo, se limpió rastro de saliva de la comisura de su boca y gritó:

—¡¡Robert!! ¡¿Qué hiciste esta vez, mierdecilla?! —Cobb no pudo evitar que en su semblante se reflejara el odio que comenzó a sentir en ese instante por Simmons, quien al darse cuenta de esto, le dedicó una sonrisa cínica. Al ver que su pequeño hijo no respondía, vociferó con más fuerza—: ¡¡Responde o veras!!

—Tu hijo no está aquí, Simmons, y si sigues con esa actitud te llevare con nosotros.

Yates estaba visiblemente enojado, pero sabía que no podía proceder contra ese hombre por más que quisiera. Debía de darle una buena razón, y temía que Simmons no le diera ninguna, andaría por las ramas, provocándolo.

—Sorprendente, la policía del pueblo esta tan necesitada de personal que a mi casa vienen un negro y un sacerdote. —El tono irónico que uso no le cayó en gracia a Cobb, quien estaba a punto de perder los estribos. Su respiración aún era tranquila, pero en su pecho, su corazón galopeaba de forma rebelde, una vena se enmarcaba en su frente y el sudor de sus manos se acrecentaba, junto con la furia que arremetía contra él tal como el oleaje a un rompeolas.

—El Padre Cobb viene apoyando, no de manera oficial, pero yo sí, Simmons. Esos comentarios son considerados como afrenta a la autoridad, y puede acarrearte problemas. Ahora, ayer te trajeron un cuerpo, ¿no? ¿Podemos verlo? —Bob trataba de mantener la paciencia, y con ella, la compostura.

Tim escupió al suelo. Justo a un costado del intachable zapato derecho de Cobb. Bryan ante todos los pronósticos, no se inmutó.

—El idiota indigente. Un imbécil lo atropelló a la mitad de la noche y lo trajeron aquí, de hecho fue tu compañero, ese largucho que se escapó de la mansión Adams. —Bob sabía que hablaba de Davies, pero el que había llevado el cuerpo había sido Fox—. Ahora lo que quiero es saber quién mierda me va a pagar por los servicios fúnebres de ese idiota.

—Sé los hechos, Simmons, y supongo que el Concejal pagara lo justo. Ahora, quiero ver el cuerpo.

—¿Ya no es una solicitud? No pueden entrar sin la orden de un Delegado, pero aunque sea el mismo Concejal el que expedite la orden, nunca dejaría pasar a un negro a mi hermoso hogar. —Tim comenzó a cerrar la puerta—. Si ven al mierdecilla de mi hijo díganle que venga, le daré un correctivo.

Pero Bob no se iba a dar por vencido así de fácil.

—Oh, pero si Tim, vengo con un sacerdote, su autorización viene de Dios, lo que vale más que la de un simple Concejal. —Empujó con fuerza la puerta, la que se abrió de golpe, haciendo que Tim cayera sobre su trasero—. Con permiso. —Dijo cuando entró.

Cobb, con cierta vacilación, lo siguió.

El olor a formaldehido inundaba la casa de una sola planta. Vario residuo de aserrín se aglomeraba en las esquinas, en medio de los montoncitos, había un camino, el cual parecía ser el preferido de pequeños roedores. Cobb sabía que en ese pueblo pequeño, la muerte seguía siendo un tabú. La gente la veía con una aversión temerosa, más que como la bendición que la iglesia enseñaba. Era normal que el único que quisiera hacer negocio con ello (la gente antes acudía a Flaxville para sus exequias), era un tipo de moral retorcida y varios problemas financieros.

Tan Profundo como el VacíoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora