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No había rastros de sus pájaros. Eso la inquietaba y la preocupaba. Los animales no se iban de su lugar de anidación por ningún concepto a menos que hubiera habido intervención humana. Pero no había existido intervención humana que también desalojara a los demás animales del bosque. Este parecía haber muerto, no había insectos, u otras aves, o animales de otro tipo. El silencio por fin parecía reinar sobre todo ser vivo y en la mente de Silvia eso le recordó al único lugar que le tenía cierta fobia: el espacio. Era como si al despertar, su realidad había dado paso a otra muy distinta, una donde sus sueños seguían siendo sueños y sus investigaciones jamás habían sido llevadas a cabo. Una realidad donde sus padres habían ganado y ella nunca había podido demostrarles cuan equivocados estaban... Pero lo cierto era que eso no había pasado, pero sin duda, algo sí había pasado. Trató de verlo desde una perspectiva profesional, los animales por lo regular huyen de una zona donde va a ocurrir una catástrofe natural, tal como sucedió en Singapur e Indonesia con el tsunami de 2004, o el sinfín de casos de conductas nerviosas en zoológicos de ciudades donde después ocurre un sismo. Sin embargo, eso ocurría con algunos minutos de antelación, y ella ya llevaba un par de horas en el bosque. No conocía algún precedente a ello.

Examinó las grabaciones del día anterior, con algo de suerte encontraría quizá un motivo que pusiera fin a esa incógnita. La única cámara que aún tenía batería para reproducir y no había tenido daños graves era la que debía de estar ubicada en un nido ubicado casi encima de ella. La razón por la que no había sufrido daños graves era porque esa cámara no había sido fijada, debido a la altura y que no podía subir más sin exponerse a una caída, Silvia decidió ponerla en una rama y medio acomodarla para que no se cayera. Con el ventarrón, la cámara se había desacomodado, pero como mostraba el video, no se había caído de esa rama hasta esa mañana. La visión nocturna no había capturado nada más que ramas revoloteando cual mariposas en el campo de visión, hojas que parecían fluir como un río gris y un movimiento de vaivén que simulaba el de un navío en medio de una fuerte tormenta. No había rastro de las aves, y tampoco es que esperara encontrar algo. Sabía que no era posible. Poco después de eso, la cámara quedó en negro.

Silvia se tumbó boca arriba, sintiendo como la madera, con algunas protuberancias, se le incrustaba incómodamente en la zona de las costillas. Estaba furiosa a punto de llorar, había estado trabajando con esas aves al menos cinco meses, sin contar con todo lo que había sacrificado antes. Bien pudo haberse ido a Sudamérica, como era su plan desde antes, siguiendo a los cuculidae y su travesía parasita.

—¡Pero no! ¿Tenías que venir a este maldito lugar, cierto?

Como si le hubieran contestado, un gorjeo provino de un lado suyo... La adrenalina escaló en niveles vertiginosos acompañada de la emoción. Sin duda era un sonido producido por un papamoscas. No obstante, la satisfacción que sintió se convirtió en cierta decepción cuando vio el origen del gorjeo, y que si bien era producido por un ave, esta no se encontraba ahí. La cámara había seguido grabando de forma milagrosa, aunque claro, en su mente eso era solo el azar, ya que no había cabida a milagros en su día a día. La lente, desenfocada, apuntaba hacia una parte del nido que debía vigilar. La copa de paja, saliva y barro contenía tres huevos en la última etapa de gestación. Era cuestión de días para que los pequeños nacieran y comenzaran a molestar a sus papás. Silvia observó que la hembra de Empidonax Flaviventris observaba a sus huevos, cosa rara, porque con el clima que hacía esa mañana lo que debía de hacer era acurrucarse sobre ellos para que no les faltara calor. El ave tenía sus plumas sucias y parecía que había perdido varias de su ala izquierda, su pata parecía sangrar. Lanzó un chillido extraño, que Silvia jamás había escuchado en un ave así. Una mezcla de trino combinado con una exclamación de dolor. Su respiración era agitada y su pico se abría y se cerraba, como fomentando la transpiración. El animal posó su vista en los huevos... poco antes de comenzar a picotearlos. El pico se introdujo en el frágil cascaron y después a los embriones. La sangre brotó acompañada por el albumen.

Parecía que aquello había terminado, pero no era así. Una vez el ave terminó con su nido, esta comenzó a impactar una y otra vez su cabeza contra el tronco del árbol, justo a un lado de la cámara. Después de siete violentas embestidas, el animal cayó y se perdió de foco.

Coleman estaba impactada. Había visto casos parecidos, el asesinato y el suicidio no eran algo extraño en la Madre Naturaleza, pero ¿las dos juntas? Trató de hacer memoria y recordar lo que había aprendido en todos los años de experiencia que llevaba. Sabía muy bien que los passer domesticus, cuando había sobrepoblación de machos, allanaban otros nidos y mataban a los pichones para que la hembra volviera a entrar en celo, sin embargo, en la grabación se podía observar a la propia hembra haciendo tal labor. Otra explicación para ello era el estrés por la falta de alimento, pero eso era algo imposible en un lugar tan fértil como ese.

A esto, también se le sumaba la otra interrogante: ¿Suicidio? Esa era una cuestión que era mal vista por muchos biólogos, quienes afirmaban que un animal, al no ser consciente de su existencia, no podría llevar a cabo un suicidio. No obstante, ella tenía ciertas dudas al respecto. Un perro, por ejemplo, después de la muerte de su dueño, podría simplemente fallecer por un envejecimiento prematuro, debido a la tristeza. Aun así, ¿un ave? Conscientemente, era imposible que las aves tomaran esa decisión. En Sudamérica, en un pueblo llamado Jatinga, había incluso una atracción turística donde cada año, cientos de aves desconcertadas por la niebla y las luces se estrellan en los edificios de la zona. Eso era diferente, no un suicidio, era un homicidio involuntario por parte de la población. Lo que tenía documentado, era, en cambio, muy diferente. Había otro precedente, en la década de los cincuentas, varias gaviotas se precipitaron a su muerte en Moterey Bay. Aunque eso también tenía cierta relación con su cadena alimenticia y ciertas toxinas.

De todas maneras, nada de eso explicaba lo que había visto.

Silvia dejó de buscar respuestas en libros que había leído en otros tiempos y cuyas respuestas eran infructíferas, ella era ornitóloga y como tal debía investigar más a fondo el comportamiento de las aves que monitoreaba. Había estudiado para ello y en ese vasto mundo, no podía quedarse de brazos cruzados. Si algo había afectado de sobremanera a esos papamoscas, entonces era probable que toda la ecología de ese lugar pudiera estar en problemas.

Bajó, de forma menos hábil que como subió, de su transecta. Con cuidado de donde pisaba, trató de buscar entre las hojas caídas los cadáveres de papamoscas o cualquier otro animal. No tardó mucho en encontrar varias aves las cuales fotografió, con cuidado y con el material aislante, recolectó un espécimen de papamoscas y lo guardó en su mochila. La causa de la muerte parecía la misma, repetidas contusiones en la zona craneal, sin embargo, otros ejemplares parecía que habían recibido picotazos de sus congéneres. Más adelante, y ya con un cubrebocas puesto, localizó una madriguera de zorros, en la cual todos sus habitantes estaban muertos. En su momento había sido una familia de cuatro, tres cachorros los cuales estaban semidevorados y la madre, quien parecía tener un semblante sereno a la hora de su muerte. Algo pasaba, los arboles parecían ser los únicos testigos de lo que pudo haber ocurrido, pero de ellos no sacaría nada. Lo único que podía pensar era que podría ser un nuevo brote viral, y eso le preocupaba, pues entonces ella ya había sido expuesta a él. Se alejó a paso veloz en dirección al pueblo, debía de hacer varias llamadas.

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Tan Profundo como el VacíoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora