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Carl regresaba a su casa para apoyar al viejo en lo pendiente del taller. Lo más probable era que su padre ya estuviera en los campos de Yates, quien era padre adoptivo del único oficial negro del condado. El tractor del anciano daba muchos problemas, pero Carl sospechaba que eran por los experimentos que Yates hacía, y no por la calidad de este. Claro, era un John Deere del 69, pero los John Deere eran los Beatles de los tractores.

Tomó Main Street, el taller estaba a pocas cuadras. En su bolsillo, estaban los dólares que Willy le había dado. Contrario a muchos chicos de su edad, el joven Johnson ahorraba la mayor parte de su dinero, dejando solo lo necesario para pasar una tarde con su novia, o para comprarse ropa nueva. De ahí en fuera, no gastaba si no era absolutamente necesario, lo que había incrementado su cuenta, la cual después de un año disponía de casi tres mil dólares. Carl tenía una meta bien establecida: juntar diez mil y escaparse con Danna. Era algo que por razones obvias no podría contar a su padre, pero confiaba en que después de la primera impresión, lo entendería. A fin de cuentas, él también lo hizo con su madre, convenciéndola de abandonar los estudios. Ambos estaban en igualdad de condiciones, sin estudios, pero con un oficio bien arraigado. El verano casi se acababa y en su mente no estaba la posibilidad de abandonar a Danna. Si él seguía con los sueños de su padre, donde estudiaba la universidad, la perdería para siempre.

El sol comenzaba a subir, tal como un bulbo incandescente. El calor que se empezaba a sentir era el augurio de un día cálido. Carl calculó que debían estar a veintisiete grados, y eso que aún no pasaba de las once antes meridiano, no quería imaginar la temperatura a las dos de la tarde.

—¡Eh, ese Charly! —Gritó una voz conocida detrás de él. En bicicleta, Bill Low se acercaba. Siguiéndolo, venían Steven Taylor, Montse Lemon, August Thompson y el hermano menor de Bill, Lucas. Esa era su pandilla, un grupo de jóvenes locos y aburridos, que de vez en cuando pedaleaban hasta Flaxville, solamente para contestar ciertas pintas que pandillas de allá colocaban en Rogville.

—¡Eh-wok! —Respondió alegre, aflojando la marcha para que los demás lo alcanzaran y se pusieran a la par—. ¿Qué hay, Billy?

El hijo mayor de Barbara Low tenía una bicicleta grande y tosca, un tanto más grande y pesada que la Moongose que Carl montaba, aunque mucho menos rápida. Un pedaleo de Carl eran dos para Billy, pero este parecía no tener problemas en conducir el mamotreto. Carl sabía muy bien la fuerza de su amigo en las piernas, y que esto le había servido bien en las pruebas para Corredor.

—¿Te has enterado ya? —Preguntó el chico pecoso.

—¿De qué? —La mamá de Billy frecuentaba mucho al C.V.C.E.P. (Comité de Viejas Chismosas Esposas de Policías). Por lo que casi siempre tenían las noticias más frescas gracias a un transmisor que Lucas había instalado en un oso de felpa que ambos chicos le habían regalado a su madre en navidad. Aparentemente, el menor de los Low era un genio inventor, aunque la mayoría de sus cacharros no funcionaban como él quería, el "recolector de información" lo había hecho a la perfección. A veces Carl se preguntaba cómo podía hacerlo sin la necesidad de buscar en internet, un servicio que se limitaba para la gente más adinerada, cuando se lo llegaba a preguntar, el chico se encogía de hombros y sonreía. Los hermanos sabían que para chismear, las mujeres no usaban el teléfono celular, más que como precaución, porque casi ninguna podía usarlo. Así que a la vieja usanza, se marcaban por teléfono en línea compartida. Cuando Barbara se encerraba en su cuarto, era señal de que el chisme sería jugoso, por lo que activaban el transmisor.

—Hace una hora, mamá fue con el chico del señor Simmons. Nunca vi a nadie tan asustado como cuando Steven besó a Emily Gillian y pensó que la había embarazado. —Una carcajada general resonó. Todos fueron participes menos Steven, quien sonrojado protestó.

—¡Tenía once años! Además, fui el primero de todos en besar a una chica, idiotas.

Bill y Carl voltearon a verlo mientras Steven les hacia la seña con el dedo medio, por lo que casi pierde el control de su bici, eso provocó más risas.

—No estés tan seguro de eso. —Exclamó Montse, una chica callada y extraña, pero que le caía bien al grupo. A pesar de usar siempre el pelo negro con un fleco marcado, cubriendo su ojo izquierdo, nunca había experimentado problemas de equilibrio o resistencia para seguirlos en su bici.

—¡Lemon no queremos saber tus experiencias lésbicas con la señora Williamson! —Gritó August casi sin contener la risa. Los demás sonrieron, pero el chiste no fue muy efectivo. El gran problema de Thompson era que aunque hiciera comentarios ocurrentes, la risa siempre parecía ganarle antes de poder terminarlos del todo. Su mente funcionaba más rápido que su lengua.

—En fin, a lo que iba. —Prosiguió Low—. Era que el chico parecía muerto de miedo.

—Su padre es un alcohólico demente, ¿Quién no le tendría miedo? —Comentó Steven mientras disminuía la velocidad y se detenía. Los demás lo imitaron, el taller del padre de Carl estaba ya a media calle.

—¡Yo lo conozco! —Exclamó de pronto Lucas—. Es un niño medio tonto, y difícil de asustar. De hecho, yo diría que es el más etmerario que conozco...

—Temerario. —Corrigió alguien. El menor de los Low continuó como si no hubiera escuchado.

—Hace cosas que casi nadie se atreve a esa edad. —Los demás vacilaron en responder, no conocían al chico de Simmons más que Lucas, si él decía eso, debía ser verdad.

—¿No consiguieron más información? —Cuestionó Carl, extrañado.

—Creo que mamá ya sabe del recolector, nos mandó afuera y nos dio cinco dólares. Dijo que regresáramos a la hora de comer. —Respondió Bill haciendo una mueca, ladeando su boca, esa era la típica expresión de frustración. Carl la había visto antes, cuando probaban los artilugios de su hermano y no funcionaban como él quería.

—Quizá el padre de Robert mató a su madre en una de las comunes golpizas que le propina. —Opinó Steven de forma lúgubre. El resto de chicos guardó silencio ante ese panorama. No había habido tragedias de ningún tipo en Rogville desde que la esposa y el hijo de un profesor de secundaria habían muerto en un accidente vial, de eso hacía un año. No obstante, en palabras de varias mamás, si un día ocurría un homicidio, era precisamente en la casa que servía de funeraria.

Al final, fue la reservada Montse quien rompió el silencio:

—Si vamos a su casa, quizá podríamos darnos una idea de que fue lo que pasó.

El grupo asintió, con excepción de Carl.

—Sera en otra ocasión, debo ayudarle a mi padre con el taller y...

—Lo vi irse en su Buick por la Seis. Es allá donde Yates tiene su granja, ¿no? —Añadió Steven. Ante esta cuestión, los chicos empezaron a presionarlo para que los acompañara.

Ante la democracia y los argumentos que los chicos exponían, Carl aceptó.

Anduvieron en sus bicis bajo el ardiente sol matinal, pero ninguno de ellos pareció notarlo. Quizá debido a ese espectro sobrenatural que rodea a todos los niños y jóvenes, protegiéndolos de peligros que por ahora sonarían irracionales, mientras que en su etapa adulta, serian su máxima preocupación. Ninguno se preocupaba en detenerse en los cruces, o en moderar su velocidad en las pendientes, dejaban que los llevara el viento y la energía juvenil. Cruzaron por aproximadamente trece calles, como siempre, con Carl pedaleando a la punta.

La calle donde Simmons vivía era conocida por Board Street, esto debido a la cercanía con la carretera Seis, la única que conducía del pueblo a Flaville. En esta no había muchas casas, y las personas que en ellas vivían eran desconocidas por los chicos. Los patios en esa zona eran amplios, y estaban marcados con arbustos que cumplían la función de verjas, o con verjas de madera convencionales. A cada lado de la calle, en las banquetas, varios árboles crecían y daban sombra. A tres casas de donde estaban, un coche patrulla que Carl reconoció estaba aparcado.

Al ver esto, todos estuvieron de acuerdo que era algo serio. 

Tan Profundo como el VacíoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora