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La tormenta había dañado algunas de sus cámaras. El viento había soplado con demasiada fuerza y había arrancado ramas completas y no solo eso, también se había llevado nidos... Eso sí era una tragedia. Las cámaras podrían volver a comprarse y sus discos duros eran fáciles de recuperar, pero los pequeños... Esas eran vidas inocentes. La zona donde se encontraba ahora era el lugar de anidación del Empidonax Flaviventris, una pequeña ave paseriforme que no era muy común en esa zona, pero que últimamente se había visto impulsada hacia esos lares. Los venía siguiendo año con año, cambiando el lugar de observación cada que regresaban de su hibernación. Llevaba cinco años examinando durante el verano a esa especie en particular, había algo en ellos que los hacía mágicos. Eso aunaba en su tristeza, como si echasen sal y limón a una herida, comprendía que la naturaleza era cruel pero tampoco podía acostumbrarse del todo a ella. Los pichones que crecían en esos nidos estaban casi listos para volar y emprender su peligroso viaje hasta Sudamérica, otros, en cambio, casi estaban listos para salir del cascaron, ahora esa población había mermado como año tras año lo hacía la comunidad aviar, esto ya fuera porque su hábitat poco a poco era cercenada, cosa que la entristecía y la ponía furiosa, o porque la contaminación había llegado a un grado tan alto que los desorientaba y provocaba que se condujeran a una muerte segura; eso la enfurecía aún más. Los animales, en ese caso, sus aves, no merecían lo que la mano del hombre ocasionaba en su comportamiento. Ellos habían sido creados, (porque ella quería suponer que así había sido, aunque no creyera en una divinidad), para volar y para ser libres. Ir a donde sus alas, tan pequeñas como resistentes, los llevaran, guiados por un instinto sobrenatural.

Silvia recogió las dos cámaras que logró ubicar. Parecía que Smaug El Terrible había levantado el vuelo en medio de ese bosque de Montana. Las ramas de varios árboles habían volado, algunos pinos y abetos daban la impresión de haber sido arrancados y sacudidos, para volverlos a colocar después. El esqueleto de madera tenía menos verde que inclusive, en otoño. Pero lo que Coleman encontraba extraño, era que quince horas antes, previo a quedar colocada por algunos gramos de marihuana, había analizado las condiciones climáticas para esa noche y el día siguiente. Su computadora tenía enlace directo con la red de Accuweather, por lo que sus mediciones eran al menos noventa y seis por ciento precisas. La pantalla decía que esa noche y el día siguiente iban a estar completamente despejados, por lo que cuando el ventarrón comenzó, ella solo culpó a la marihuana y la tiró a la basura. Estando ya en el bosque y ver que lo que había escuchado la noche anterior no había sido una alucinación, decidió que la recogería cuando volviera al departamento que rentaba.

Silvia tenía treinta años, y en esos treinta años había aprendido muchas cosas sobre el comportamiento humano. Desde corta edad comprendió que la naturaleza humana, tal como la propia Madre Naturaleza, era tan ambivalente como cruel, tan espectacular como terrible. A los doce años, motivada por su madre, examinó a profundidad las creencias teológicas que en su familia ya habían sido adoptadas por costumbre. Lo que encontró solo fue decepción y una postura que no agradó al resto de su familia, cosa que no mejoró cuando a los dieciocho, decidió estudiar Ornitología. Tras no encontrar apoyo financiero, tuvo que trabajar y estudiar para así poder pagar su educación. El sacrificio había dado frutos, pero también la convirtió en un ser huraño que prefería el trato con los animales y la naturaleza antes que la de sus congéneres. Por lo tanto, tenía treinta años y no tenía una pareja estable, (si había tenido dos en toda su vida era demasiado), tampoco tenía amigos con los que ir a comer pizza, al cine o al boliche, y su familia estaba tan al pendiente de ella como lo estaría un obrero de su familiar en el asilo. Aunque ella no se sentía sola, sus amigos y su familia eran las aves que monitoreaba, no llegaba al punto en que les ponía nombres o platicaba con ellas, claro, pero en ese entorno podía encontrar la paz.

Desolada, fotografió el demacrado lugar. Había algo que la preocupaba, los Papamoscas debían estar activos a esas horas, y hasta ese momento no había divisado alguno. Es más, ya que lo pensaba, no había visto a ningún otro animal. Por lo regular, en el largo trayecto hasta su transecta se topaba con venados, otras aves, incluso con lobos, para quienes siempre tenía a la mano su bomba maloliente, sin embargo, ese día parecía que el bosque estaba muerto. Ese pensamiento le provocó un escalofrío, ahora caminaba a paso rápido, no se encontraba lejos de su improvisado puesto de observación, con algo de suerte podría montar la red de niebla y así quizá encontrar a las aves que antes ya había clasificado y frecuentaban esa zona.

Tardó quince minutos en llegar a su destrozado puesto. Este consistía en una carpa de tienda de montaña con colores militares que cubría una base de madera entre dos gruesas ramas. Había puesto ese tipo de transectas en muchas ocasiones, por lo que el ascenso de quince metros y el vértigo no eran problema. Si tenía que subir para monitorear a sus aves, no importaba que tuviera que escalar una maldita secuoya gigante, ella lo haría sin titubear. No obstante, su lugar de observación había sufrido daños. La lona había volado y quien sabe a dónde fuera a parar, eso era un problema porque no tenía ya nada que la cubriera del sol. Sin poner otro pretexto ni dejar que la flojera invadiera su persona, escaló el árbol. Llegando a la plataforma, para su fortuna, notó que la polea que servía para extender la Red de Niebla estaba donde siempre y que su mecanismo funcionaba con normalidad. La red de niebla era una red traslucida, invisible para los pájaros, está la alzaba a quince metros del suelo en un punto que podría llamársele "callejón". Un lugar estrecho entre las copas de dos árboles que las aves frecuentan por su proximidad a comida o agua. Sin pensarlo, la extendió con la fe de encontrar señales de vida, del animal que fuera. El silencio que la rodeaba era sobrecogedor.

Se tumbó sobre su pecho, sacó su cámara Nikon y esperó a que un ave picara el anzuelo. 

Tan Profundo como el VacíoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora