Ambos estaban recostados sobre el pasto ahora. La sabana ya era solo una tela arrugada y puesta a un lado, al igual que la camisa de Carl. Después de una breve platica con todos los tópicos de las conversaciones en pareja y posterior también a dos cervezas, el ambiente subió de nivel hasta un punto eléctrico. De un momento a otro, ambos cuerpos estaban sobre el pasto. En la mente de Danna pasaban varias cosas, no todas eran buenas. Recordaba que unos meses atrás, la sola idea de estar junto a un chico a solas, en la noche, era algo escandaloso, estar como ahora, a punto de hacer el amor, era inconcebible. En ese momento ella contaba con diecisiete años, hasta los dieciséis estuvo bajo el yugo de su abuela. Su madre, tenía que trabajar turnos dobles casi todos los días para poder mantener a su familia de cuatro, aun cuando su hermana mayor Laura, también cumplía una jornada en el restaurant de Mimi. Por ese motivo, y porque ella tenía que cumplir con la escuela, un privilegio al cual su hermana había renunciado, tenía como deber cuidar de su abuela, una anciana bruja que la había atormentado desde niña. Su mente divagaba en cuando se dio cuenta que estaba comenzando a crecer.
Ella estaba jugando con sus muñecas, ese día hacía frío y tenía doble pantalón. Fue entonces cuando sintió un calambre en el vientre bajo, algo cálido se escurrió en su entrepierna y con horror vio una mancha tras la tela, que de inmediato supo que era sangre. Tras soltar un grito lastimero, su abuela llegó con el semblante que la pequeña de once años que ella era en ese entonces, conocía muy bien.
—¿Has estado pecando otra vez? —Cuestionó con una voz grave y rasposa, producto de varias décadas de fumar cigarrillos de dos dólares.
—¡Sangre! —Decía ella sin prestar atención—. Oh dios mío... ¡SANGRE!
No pudo decir más, un puño hizo callar su cantaleta. La abuela Collins no era como las bonachonas matriarcas que se caracterizaban en la familia americana. Marjorie Collins tenía ochenta años y la energía de una persona sana de cincuenta. Creía firmemente en Jesucristo y también en que la disciplina era necesaria, si se hubiera enterado de las practicas enfermas del Opus Dei, sin pensarlo habría fundado una sucursal en Rogville. Sin embargo, la abuela Collins no escatimó en disciplina con mano dura, su hija la había sufrido de su mano, pero no había sido suficiente, era débil y estúpida, por eso el hombre con el que se casó había huido quien sabe a dónde. Pero ella no iba a dejar que su nieta menor fuera igual de débil, ¡no señor!
—¿Estabas teniendo pensamientos pecaminosos? —Cuestionó. El tono malsano que siseó fue suficiente para que los músculos de Danna se tensaran, tal como los de un conejo atrapado en su madriguera. La figura de noventa kilos pareció acaparar todo el horizonte, los ojos de su abuela, metidos tras unos pómulos regordetes y arrugados, estaban más abiertos que nunca.
—Abuelita... por favor. No, por favor. —Suplicó en un susurro ni siquiera perceptible, el miedo hizo que la sangre en su entrepierna fuera un lejano recuerdo. Ahora se le unía la orina. Las aletas de la nariz de la anciana se contrajeron mientras olfateaba la última hazaña de la menor de su estirpe.
—El miedo es una señal de culpa. —Asestó otro puñetazo que fue a parar en la mejilla izquierda de Danna—. La culpa es el reflejo del pecado. El pecado necesita expiarse.
Unas garras se afianzaron en su hombro, un relámpago de dolor casi la hace gritar. Marjorie sabía cómo causar dolor, y era algo que aplicaba con mucha frecuencia. Zarandeó como si de un trapo se tratara a la pequeña Danna, que con vergüenza y miedo no sabía a ciencia cierta el porqué de ese tormento. Lo que siguió después era un recuerdo borroso: golpes a diestra y siniestra, su cuerpo desnudo en la regadera, el agua fría, las manos de su abuela tallándola con enfermo frenesí. Fue hasta que llegó su madre, esa noche, le explicó lo que era un periodo menstrual, y que nada tenía que ver con el pecado. Posterior a eso, una noche de insomnio escuchando como su madre discutía con su abuela por los golpes que propinó. Sin embargo, cada veintitantos días, durante una semana, los azotes se repetían y se repitieron hasta la inesperada (aunque solo en forma metafórica) muerte de Marjorie por un ataque cardiaco.
Ahora se encontraba ahí, y aunque quería, había algo que la detenía. Con todo el pesar de su corazón, apartó de sí a Carl. Quien después de poner un poco de resistencia, cedió, con algo de decepción.
—¿Hice algo mal? —Preguntó con preocupación.
—No, nada de eso. —Le dio un beso—. Es que siento que aún no estoy lista... creí que sí pero sabes... bueno, lo de mi abuela. Eso me sigue atormentando.
—Esa maldita bruja...
—Y no es por ti...
—Lo sé, amor. Entiendo eso, no te presionare a que hagas algo que no quieras. Te amo. Carl la abrazó con delicadeza, reposando la cabeza de Danna en su hombro. Ambos amantes, se quedaron contemplando el panorama. El par de jóvenes estaban contentos en el pequeño lugar del mundo donde el destino los había reunido, pero ambos estaban conscientes que el momento de separarse estaba próximo. Un par de semanas después el verano llegaría a su fin, eso significaba que Carl iba a presentarse en la universidad del estado con la beca del futbol, mientras que Danna se quedaría en el pueblo. Si bien era un tema importante, decidieron dejarlo para después.
Decidieron observar el cielo y notaron, para su perplejidad, que la luna había desaparecido y las estrellas habían sido tragadas por la nada.
(ctx);jX{l
ESTÁS LEYENDO
Tan Profundo como el Vacío
HorreurRogville es un pequeño pueblo de Montana. La gente esta acostumbrada a que no pase nada y que no existan los sucesos extraordinarios, no obstante, cierto día ocurre una tormenta que nadie prevee. El fenómeno extraño solo es un preámbulo de un sinfín...
