Capitulo 40

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Ella luchó contra una oleada de pánico al percatarse de que él se retiraba mental y emocionalmente de ella. De alguna forma, durante esas tres noches, él se había convertido en el centro de su existencia, y lo necesitaba en su vida. Quería que tuvieran una vida normal juntos, el tipo de vida que describían los cuentos y que ella siempre deseó pero que hasta ahora había estado fuera de su alcance. .

- Al menos dame la oportunidad de entenderlo. Por favor, — añadió ella desesperadamente cuando él ignoró sus palabras. — Por favor.

Un golpe sonó en la puerta.

- ¿Heather? — La llamó su madre.

Antes de que ella pudiera decir una sólo palabra de protesta, o sujetarlo con un brazo por la cintura, Ryan desapareció. Luchando contra una oleada de desolación, Heather, se quedó mirando fijamente las arrugadas sábanas y el hueco dónde él había estado. Su estómago se encogió, y quiso llorar ante los helados escalofríos que la sacudieron y martillearon su cabeza.

Él se había ido.

Temblando, acarició el rastro de calor que su cuerpo había dejado.

Otro golpe, éste más fuerte y más intenso, le devolvió a la realidad. 

- ¿Estás bien? — Preguntó su madre.

- Estoy cansada, — dijo ella con apatía. — Simplemente déjame sola.

Una pausa, y luego los apagados pasos de madre se alejaron.

Las lágrimas se agolparon en los ojos de Heather y, por un momento, no pudo ver, sólo distinguir la silueta borrosa de su habitación. ¿Volvería Ryan? No lo creía. Estaba enfadado con ella por alguna razón que no entendía. Quizás, lo había empujado demasiado lejos, quizás le había pedido demasiado.

Un silencioso sollozo rasgó su garganta. Ese sería justo el sonido que una animal haría si fuera profundamente herido.

- ¿Por qué lloras?

- ¡Ryan!, Volviste. — Se secó los ojos con el interior de sus muñecas y cuando consiguió enfocar la vista, lo encontró en la misma posición en la que había estado antes de marcharse. Con vida propia, sus brazos le rodearon el cuello, abrazándolo fuertemente, sosteniéndolo cerca. Como si fuera de su propiedad. 

- Jamás vuelvas a abandonarme otra vez, — sollozó ella, entrando de pronto en calor —. Jamás vuelvas a dejarme otra vez.

Cuanto tiempo le sostuvo así, mientras lloraba entre sus brazos, no lo supo. Ella simplemente sabía que lo necesitaba para sobrevivir. No le importaba que fuera magia o química lo que los unía. Los sentimientos estaban allí, crepitando entre ellos.

- Mírame Heather, — suplicó él. Su tono era más suave de que alguna vez lo había escuchado —. Observa al hombre que realmente soy.

Despacio, manteniéndose firmemente contra él, ella se retiró y lo miró a la cara. Un jadeo se congeló en su garganta. Ryan ya no tenía la piel y los rasgos tan perfectos que había visto hasta ahora. Ahora su cara estaba surcada de cicatrices, su ojos izquierdo se inclinaba más abajo que el derecho y su nariz se doblaba en un extraño ángulo. Su cuerpo estaba quebrado y torcido.

Heather no dudó que éste fuera Ryan; ella lo supo por sus ojos. El mismo destello de vulnerabilidad se ocultaba en sus claras profundidades cafes.

Ante su continúo silencio, su cara se oscureció por la rabia. — ¿Todavía deseas que me quede contigo? — gruñó —. Intenté advertírtelo, intenté hacerte entender que no me querrías.

Su padre había sido un hombre muy guapo, pero su belleza ocultaba a la bestia en su interior. 

- No me importa tu aspecto — dijo ella sinceramente, entrelazando su mano con la suya y apoyando la cabeza sobre su pecho.

La Estatua (Ziam) Adaptada.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora