Valentina se encontró a si misma mirando su reflejo al espejo. Inexpresiva, soñolienta, triste. Ese era el fantasma que la había estado persiguiendo por días, casi cinco. Cinco Días sin Michael... todo era muy extraño para ella ahora.
De cierto modo, Michael siempre había sido parte de a lo que Valentina llamaba "Conjunto Dreams". Obviamente en primer puesto, Las clases; en segundo, los maestros. Tareas, Instrumentos, Aprendizaje. Y Michael también venia en el paquete, ya que desde el primer día, desde la primera clase, él siempre había estado allí. Ahora sentía una extraña soledad caminando a través de los pasillos, sin su voz; sin sus molestos "Tráeme un café". Sin su cabello castaño moviéndose de un lado a otro, sin sus dejes de superioridad. Valentina lo extrañaba con toda su alma, pero él ahora le era totalmente indiferente; él ya estaba con Laine, y ahora ni siquiera ella misma se podía mentir sobre eso. Los había visto, los vio juntos. Eso de algún modo marcó un final; un final que jamás había imaginado.
Pensando las cosas, mirando su reflejo. Allí fue donde Valentina se preguntó por primera vez, ¿Como quería que acabara entonces? Tal vez, con Michael alejado Kilómetros de ella. Ahora lo único que deseaba era estar en sus brazos, dormir en su pecho como en el camión, respirar su mismo oxígeno, como aquella vez en el salón de escenografía, donde él la acorraló contra la pared y sus labios compartieron el mismo radio cuadrado. Como aquella vez que lo vio cantar en el bar.
Valentina cerró los ojos con fuerza, sintiendo las lágrimas salir al exterior a través de sus párpados cerrados. Sollozó en silencio; no quiso hacer mucho ruido. Entonces, recordó aquella estúpida y tan-llena-de-razón novela, una que su abuela le había hecho leer en un verano, porque un día la vio "aburrida". Valentina recordó un fragmento, o más específicamente, recordó un dialogo entre Linosio y Virinnidia, dos hermanos, ambos enamorados de personas incorrectas, en situaciones incorrectas, y modos incorrectos:
“-¿Por qué lloras, oh bella mía? Tus ojitos hinchados, tu rostro lleno de melancolía. - Dijo el Joven enamorado.
- Lloro de amor, Linosio. De amor puro, de amor loco.
- ¿Lloras por el criollo de ojos verdes? ¿El de los nopales y el arriate en la espalda?
- Por el mismo, Linosio. Por el mismo de Ojos verdes, nopales y arriate en la espalda.
- Él nunca ha visto el brillar de tus ojos cristalinos; ¿Por qué llorar por alguien que no ha notado jamás tu existencia?
- Porque lo amaba de lejos, lo amaba en silencio.
- Lo amabas a lo cobarde.
- Lo amaba a lo cobarde. - Asintió Virinnidia, triste, melancólica.
- ¿Por qué sentirte a volar con alguien que nunca te dio alas?
- Porque en mi mente, me regalaba las suyas. En mi mente, oh, Linosio. En mi mente me amaba, me amaba mucho. En mis sueños me besaba haciéndome sentir pura. Me volvía a hacer sentir una dulce chiquilla.
- Pero nada fue cierto, Virinnidia. Todo fue un sueño.
- ¡Oh! ¡Pero ninguno como los sueños míos!"
Valentina Era Virinnidia, y su conciencia era Linosio. Ella, una chicuela enamorada de alguien quien jamás la había volteado a ver. Ilusionada a lo ciego; amando a lo cobarde.
★☆★
Antes de entrar a Dreams, tomó un fuerte respiro. De repente, sin razón aparente ni tampoco lógica, Valentina sintió como si todo volviera a empezar. Como si fuera otra vez su primer día en Dreams, aquel día hace semanas donde llegó medio loca, medio atolondrada. Donde su pie casi se salía del tenis, y donde su pelo largo y suelto - despeinado - la volvía loca. En cierto modo, todo podía ser igual a ese día: Estaba sola, y Michael no estaba tampoco con ella. Todo era justo como el comienzo.
Caminó en silencio por todo el instituto, mientras que como alma en pena se mantenía cabizbaja. Después de su discusión en el camión, Carolina y Valentina tampoco habían hablado mucho que digamos. Caro estaba metida a fondo en sus exámenes, intentando sacar la tesitura de voz de todos los cursos de Séptimo a Noveno grado, ya que necesitaba puntos extras para materias como solfeo y rítmica. Los maestros decidieron darle la oportunidad de aumentar notas si sacaba la tesitura de todos y cada uno de los niños de los grados inferiores; una tarea menos para ellos, y con la ventaja de no tener que aguantar a pubertos de middle school que querían aprender a tocar un instrumento después de la escuela. Por lo que, Caro y su mejor amiga habían estado un poco... distantes.
Así que Valentina estaba sola, casi todo el tiempo. Caro corría de un lado a otro, y Valen tan solo la veía ir de un lado al otro. Caótico.
Llegó enfrente al salón de cuerdas; sus pesadillas estaban tornándose realidad. ¿Ese sería un tipo de Nuevo Comienzo? Tal vez. Todo estaba igual a como lo estuvo el primer día: Valentina por su lado, temerosa, expectante. En el salón de cuerdas, una clase que le tocaba con el engreído, frio, e insoportablemente encantador, Michael Ronda. A Valentina hasta le dio una minúscula punzada en el pecho con solo pensar en su nombre.
Tomando un fuerte respiro, e inflando sus pulmones de oxígeno, Valentina abrió la puerta. Tal vez ese día todo conspiraba en su contra. Sí, eso debía de ser. Valentina se sintió mierda cuando, abriendo la puerta, descubrió el Panorama: El profesor estaba al frente, recargado en su escritorio hablando con nada más, y nada menos que la Profesora Laine. Y mientras ellos dos hablaban, Michael la observaba desde su banca, callado, distante, sin embargo con Laine en sus ojos. Claro, hasta que Valentina Llegó.
Michael no pudo evitar no echarle un vistazo a Valentina, por más que le doliera, por más que lo odiara. Sus ojos no cesaban a la búsqueda de esa melena rubia cayendo en cascada por su espalda, y no se darían por vencidos tan fácilmente.
Sus ojos se engancharon unos con otros; los ojos tristes de Valentina resultaron confusos para él, sin embargo esa confusión fue prácticamente imperceptible para alguien, ya que solo dos segundos después, Michael apartó la mirada devolviéndola a la mujer de sus ojos.
Laine no había hecho nada malo, de hecho solamente hacía lo que las mujeres solían hacer: Admitámoslo, a las mujeres les gustaba que les rueguen. Sentirse seguidas por un hombre, hasta no hacerle caso solamente para que siga insistiendo. Eso era lo que Laine había hecho sin siquiera darse cuenta. Pero, apenas empiezan a voltear los ojos hacia otra chica, las mujeres suelen ponerse un poco... celosas. No importa si la chica decía que odiaba a su "admirador", ni tampoco si no le gustaba. La atención se perdía, y eso era motivo de disgusto. Así que, Michael no podía odiar a Laine, por hacer lo que cualquier mujer hacía. Más bien, se odiaba a si misma por haber sido tan estúpida, orgullosa y ridícula en todos los sentidos.
- Entonces, ¿me pasas a dejar el registro en la salida? - Preguntó Laine tomando una carpeta verde y llevándola hasta su pecho.
- Sí. Estarán en tu escritorio antes que La Directora pregunte por ellos. - Respondió sonriente el profesor. Laine le regaló una sonrisa a su añejo compañero de trabajo, y caminó hacia la salida procurando no mirar al dueño de sus labios; no podía. Las relaciones Maestra-Alumno no eran necesariamente bien recibidas. Lo mejor era guardar un poco de discreción.
Los ojos de la rubia se toparon con los de la rubia coqueta; no fue una sensación bonita. Laine sonrió hipócrita, y Valentina tan solo la miró con deseos de arrancarle las extensiones de cabello. De hecho si sería capaz de hacerlo, si no existiera el hecho de que realmente las extensiones eran hermosas. ¿Desde cuándo era tan materialista? Tal vez desde esa mañana, cuando se dio cuenta de que, o su acondicionador para el cabello era un completo asco, o su cabello estaba muriéndose, listo para ser rapado a coco y tener una crisis emocional. ¿Cómo me vería rapada? sonrió internamente Valen. Que... extraño.
Laine pasó a un lado de Valentina, hombro con hombro. La rubia respiró profundamente al escuchar que la puerta se cerraba detrás de ella, lo que significaba que por ende, Laine ya no estaba en el salón.
Michael ocultó su rostro en el banco, manteniéndose boca abajo, sin atreverse a mirar boca arriba. Valentina, triste ante la actitud de Michael, decidió tomar asiento en el rincón contrario a donde Michael estaba.
★☆★
Ese era el momento, quizás el último. ¿Y si llego como si nada hubiera ocurrido? Se preguntó ella, mordiéndose el labio. Caro tan solo la observaba con detenimiento, mientras que, indiferente a este hecho, Valu lo miraba a él. Pobre chica... ¿En verdad no se daba cuenta de lo obvia que era? Caro suspiró y sonrió, mientras tomaba su vaso de café entre sus manos. Ese día el frío caía sobre las personas allí. Bueno, ¿Frio? No. Era simplemente fresco, una temperatura agradable de 17 grados centígrados, para una chaqueta ligera y, si hay mucho viendo, tal vez una bufanda pequeña o una chalina.
A unas cuantas mesas de distancia de Caro y Valu, Agus y Mike hablaban entre ellos mismos. Aunque Michael había estado un poco extraño esos últimos días - ya siete días desde "la tragedia" de la playa -, parecía que Laine había amortiguado la caída que Michael había estado a punto de dar por Valen, y eso provocaba que Agus se sintiera un poco mejor. Aunque su mejor amigo estuviera feliz, eso no le quitaba el hecho a que tuviera sus propios delirios internos: Carolina.
Desde aquella caminata, Agus se sentía intrigado por la chica. Era hermosa, inteligente, y divertida, y eso era difícil de conseguir. ¿Al menos esas tres cualidades juntas? Si, bastante complicado.
Así que, mientras más pensaba, mas era el martirio para Agustín. ¿Le debía de hablar a Carolina? Tal vez un suave "hola" funcionaría para romper el hielo. Respiró profundamente.
- No te ayudaré. - masculló Michael entre dientes. - Ve tu solo, no me necesitas.
- No. Si te necesito. - admitió Agustín, mirándolo suplicante. - ¿Qué tal si me tropiezo en mis palabras?
- Vamos, tranquilo. A las chicas les gustan los bobos. - Michael rió, mientras que Agustín no le hizo una cara muy bonita que digamos.
- Hablando enserio, ayúdame. Quiero sacar conversación, pero no sé cómo.
- ¿Insinúas que quieres que yo llegue a hablarle? - Los ojos de Michael casi se salían de sus orbitas. ¡Agustín sí que debía de estar loco para pensar que Michael haría algo así!
- Vamos... - alzó las cejas. - Valentina no muerde. - Michael lo miró con cara de pocos amigos, provocando en Agustín risillas sigilosas y burlonas.
- Eres un idiota.
- Pero me ayudarás, ¿Cierto?
- No.
- Gracias. - alargó Agustín, y respiró profundamente. - con eso me compruebas definitivamente que sigues loco por la rubia. - Michael lo volteó a ver perplejo. ¡¿Él?! ¡¿Loco por Valentina?! ¡Claro que no! Definitivamente ese cambio de temperatura tan drástico ya estaba dañando las pocas neuronas que Agustín tenía en su solitario cerebro.
- ¡Eso es mentira! - casi escupió Michael. - No es por Valentina.
- Demuéstramelo.
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¿Quién entiende a los hombres?
Fanfiction«Todos los derechos reservados a su autora original»