Pensar, pensar, pensar; la mente de Michael se había vuelto en su enemigo. ¿Por qué ella se había ido con él? ¿Por qué ni siquiera intentó perder el orgullo, cuando era ella la que estaba haciendo lo incorrecto? Michael cerró los ojos con fuerza, y tiró su cabeza hacia atrás.
Agustín lo observaba con tranquilidad, mientras que Michael se volvía loco en su propia y personal burbuja. ¡Eso si era gracioso! Ver a Michael Ronda morirse de los celos era algo nuevo; normalmente él era tan, tan seguro de sí mismo...
- ¿Mejor? - preguntó Agustín y alzó una ceja.
- ¿Luzco mejor, idiota? - preguntó Michael sarcásticamente.
- Bro, Valentina te adora. Déjate de dramas.
- ¡Se fue con el millonario! ¡¿Qué quieres que piense?! - Michael explotó. Aun no le podía entrar a la cabeza la idea de que en verdad hubiera ido con Agustín para pedir ayuda; él jamás le pedía ayuda a nadie, menos consejos. Todo eso estaba llegando muy lejos. - No confío en Ducasse. - gruño Michael, y Agustín puso los ojos en blanco.
- Confía en ella, ella es la que al final tiene la última palabra, no él. - Agustín suspiró. - Ian podrá querer todo con ella, pero si ella no quiere no hay nada que decir.
- ¿Cómo lo sabes? El idiota es... - Michael sacudió su cabeza, desterrando ese pensamiento. - Necesito una cerveza.
Ronda se levantó del sofá, y caminó hacia la cocina. Abrió el refrigerador, y sacó dos "Victorias". Para cuando dio media vuelta Agustín ya estaba recargado en la barra, y Michael no hizo más que aventarle la lata.
- Deja de preocuparte. Caro me ha confirmado que Valentina está igual de boba por ti que tú por ella, así que relájate.
Michael se quedó callado, y se dispuso a beber de su cerveza. ¿Y si estaba exagerando? ¿Y si todo eso era solamente obra de su cabeza? Bueno, el hecho de que Ducasse estuviera interesado en su novia no era un secreto; Ian se había encargado de dejarlo más que claro más de un par de veces, sin embargo quizás Agustín estaba en lo cierto: tenía que confiar en ella, no podía seguir atormentándose con pensamientos incoherentes.
- ¿XBOX? - preguntó Agustín, y Michael asintió, empinando la cerveza en su garganta.
Valentina Zenere esto, Valentina Zenere aquello. La chica se sentía verdaderamente incomoda del hecho de que todos esos ejecutivos importantes estuvieran hablando de ella como si ella no estuviera en esa misma mesa.
El mesero llegó con un platillo de carne en filete y verduras. Valentina se sentía tan mareada, que muy apenas podía pensar en comer de buena manera, pero gracias a la mirada insistente de Ian, ella se vio obligada a hacerlo.
- Tiene buena imagen, una imagen comercial. - apuntó el hombre pelón con barba fea. De repente, Valentina se sintió como una muñequita de trapo, un títere. - Afilamos detalles, y podría ser mostrada al público. - Comentarios variados sobre aquella observación se presentaron a lo largo de toda la mesa.
Ian, sentado al lado de la rubia, tomó su mano sobre el mantel. Ella estando tan nerviosa, lo tomó como una señal de "tranquila, estoy aquí", aunque después de que sus pensamientos regresaron a Michael, ella se dio cuenta de que, quizás, su novio tenía razón.
Una gran lucha de poderes comenzó a adueñarse de la rubia, haciéndola retorcer de dolor inmensamente por dentro. Una teoría bastante dolorosa llegó a su cabeza: ¿Qué tal si Ian solo la estaba ayudando porque él quería algo mas con ella? - tragó gordo - ¿Qué tal si él no pensaba que ella tuviera lo necesario? ¿Que Valentina no era un poco especial?
- Necesitamos definir el estilo. - habló otro hombre. - con los CD que me has mandado Ian, se nota que la chica tiene versatilidad para su voz al momento de cantar. - El hombre fijó la vista en la rubia. - ¿Valentina? ¿Cuál es el que más te gusta? - por primera vez, alguien ahí la incluía en la conversación. La mesa enmudeció, y Valentina se encontró en la mira de todos y cada uno ahí.
- Yo... - masculló, pensado la respuesta. - Creo que me inclinaría hacia el Blues o R&B.
- ¡Podemos convertir a ésta chica en la nueva Amy Whinehouse! ¡Y sin tatuajes! - los hombres comenzaron a comentar entre ellos otra vez.
¿Por qué todo eso era tan extraño? ¿Por qué aunque estuvieran hablando de ella todo el tiempo sentía aquello tan ajeno a sí? ¡Era ella! ¡Gracias a ella estaban todos los hombres de trajes exageradamente costosos sentados ahí! Pero aun así, no se sentía ella misma. ¿Era el vestido? ¿Los aretes que Caro le había prestado de diamante? Valentina no se sentía necesariamente ella, y esa sensación no le era amigable. Todo lo que ella quería era huir de ese lugar, de esas personas. Odiaba la atención que todos le estaban dando de forma indirecta.
Valentina Zenere odiaba la atención. Si todo aquello funcionaba, ¿Cómo aguantaría toda la atención que recibiría de absolutamente todo el mundo? Y por primera vez, se preguntó a si misma sus razones de querer hacer eso. ¿Realmente lo deseaba? ¿Ese era su sueño? La oportunidad de ser una cantante profesional solamente se presentó en el paquete de conocer a Ian Ducasse, ella nunca...
- El postre. - anunció un mesero. Un postre bastante simple: pastel de chocolate. Demasiado pesar para Valentina Zenere; prefirió enfocarse en el tenedor y el pan.
La cena transcurrió lenta, aburrida y bastante de lo mismo; ni siquiera porque se trataba de ella y de su carrera parecía interesarle.
- Fue un gusto conocerte, Valentina. - El hombre de traje calvo, el dueño de "E&T Records" estrechó su mano contra la suya. Valentina sonrió del modo más sincero que se le fue posible en aquel momento de total enloquecimiento en su interior (Su novio estaba enfadado, no se sentía ella misma, dudaba de sus convicciones para hacer lo que hacía, sentía que el filete le había caído pesado al estómago...) y el señor le contestó con una igual.
- El gusto fue todo mío. - esbozó ella, mas por compromiso que por placer.
- Estaré en contacto con Ian para ver cuando puedes ir al estudio a hacer una prueba de voz en vivo. - El hombre soltó la mano de la rubia, y la llevó hasta sus bolsillos del saco. Ian sonrió deslumbrante, y asintió bastante feliz.
- Gracias por todo, no te defraudará. - comentó Ian. Valentina lo miró de reojo, observando sus ojos azules, más brillantes que de costumbre.
- No lo hagan. - El hombre le guiñó un ojo a Valentina, antes de dar media vuelta y caminar directo y sin escala hacia la entrada del lugar.
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¿Quién entiende a los hombres?
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