Principio de incertidumbre

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La capitana Zumai y el capitán Nabil habían establecido una relación diplomática y cordial muy positiva en cuestiones profesionales; desde el punto de vista personal, podría decirse que habían hecho buenas migas. Ambos eran dedicados y metódicos, con una extraña propensión a tomar retos, no sin antes tomar las precauciones que consideraran necesarias.

La aprobación y atención al experimento propuesto por la doctora y el asesor del capitán Nabil era fruto de esa dedicación y meticulosidad. La idea era que los detalles en un microuniverso podrían dar respuestas si se proyecta a un macrouniverso; se estaba previendo la posibilidad de que este encuentro entre naves pudiera repetirse y que ambos mundos entraran en contacto de forma generalizada.

Un grupo conformado por el capitán Nabil, la capitana Zumai y tres acompañantes para cada uno, observaba una pantalla en una pequeña sala de reuniones dentro de la Antera.

‒ Este es el video original ‒explicó Maray, una de las antarianas, que ejercía de socióloga‒. Hasta el momento, es el único incidente que despierta sospechas de relaciones poco convencionales entre las tripulaciones de ambas naves. Si lo analizamos sin muchas pretensiones, parecería un encuentro casual, uno que solo produjo temor y curiosidad. Sin embargo, por mi experiencia personal, y supongo que la de muchos en esta sala, hay ciertas señales sutiles que indican que algo más sucedió

‒ Y es por eso que aprobamos el juego ‒agregó la capitana‒, para continuar con el estudio.

A Maray le pareció oportuno aclarar un punto.

‒ Deseo hacer constar que esta... prueba, me parece un riesgo innecesario para el desarrollo de las buenas relaciones entre ambos planetas.

‒ Todo lo contrario ‒intervino el Capitán‒. Si hablamos de relaciones entre planetas, entonces tenemos que hacer pruebas controladas. ¿Qué es lo que podría salir mal?

‒ Se me ocurre ‒argumentó Maray‒, en primera instancia, que el resto de los tripulantes... y las tripulantes, podrían segregarlos.

‒ Sería problema de ellos ‒refutó el Capitán‒. La segregación de un par de individuos no tendría muchas consecuencias a nivel macro. Si esto sucede, lo que debemos observar es la reacción general, y la posibilidad de que futuros contactos no provoquen una reacción más virulenta.

La Capitana Zumai creyó oportuno agregar un factor más.

‒ Las sociedades antiguas están llenas de ejemplos en los que la falta de libertad conlleva a convulsiones sociales. Demasiada libertad o demasiada represión, son factores para la decadencia.

‒ Eso también va para sociedades modernas ‒expuso la doctora, como apoyo a su superior, y agregó un comentario dirigido al Capitán‒. No creo que su gobierno esté exento de problemas políticos o culturales.

‒ Como sea ‒el Capitán continuó con su argumentación, restando importancia al último comentario‒. Si cortamos el experimento en este punto, jamás sabremos qué es lo que sucede. Sugiero continuar y observar con más cuidado.

‒ Sugiero lo mismo ‒lo apoyó la Capitana.

El resto de las integrantes de la mesa no pronunció palabra, pero con su silencio aprobó la iniciativa. Tal vez porque fuera la única que se oponía o porque aprobaba con mucha cautela, la doctora creyó oportuno dejar en claro su postura.

‒ Tendremos qué establecer un punto de retorno, algo que nos indique que esto ha ido demasiado lejos.

En esto estaba de acuerdo el psicólogo de la Aventura.

‒ Debe ser una acción física. Las conversaciones, gestos o acciones, pueden ser malinterpretadas. Un beso o una caricia, no.

Pese a su carácter flemático, la doctora y algunos integrantes de la Aventura no pudieron evitar hacer un gesto de disgusto. El Capitán se mostró más abierto.

‒ Seamos científicos ‒dijo‒. Creo que la Doctora tiene razón.

‒ Es nos coloca en una posición muy subjetiva ‒aclaró la Doctora‒. Tendremos que depender de nuestra intuición.

La psicóloga, a pesar de sus profundos conocimientos de la naturaleza humana, sentía que estaba invadiendo un campo desconocido.

‒ Si bien, lo que sabemos del estudio científico de las expresiones faciales es limitado, pues deja a un lado muchas sutilezas, las computadoras podrían darnos un análisis más exacto.

‒ ¿Tiene algún algoritmo que permita este tipo de análisis? ‒preguntó el Capitán.

‒ Lo tenemos ‒aseguró la psicóloga‒. Si bien, por razones obvias, solo ha analizado rostros de mujeres, no creo que exista gran diferencia con las expresiones masculinas. Podrá darnos un diagnóstico muy cercano a la realidad.

Al Capitán no le gustó esto último.

‒ Muy cercano no es exacto. Los análisis necesitarían nuestra aprobación.

‒ Por el momento ‒intervino la Doctora‒, el joven y la joven involucrados parecen más curiosos y divertidos por la situación. El episodio del estadio así lo indica.

‒ ¿De qué manera los mantendremos vigilados? ‒a la Capitana Zumai le preocupaba que el asunto se saliera de su control. La psicóloga creyó oportuno tranquilizarla.

‒ Tengo la impresión de que, si ellos han llegado a despertar algún tipo de sentimiento... prohibido, no lo han notado.

El psicólogo de la Aventura coincidía con esta apreciación.

‒ Estoy de acuerdo, no parecen tan interesados como para buscarse uno al otro.

‒ Y a propósito de buscarse ‒insistió la Capitana‒, debemos contar con los medios para encontrarlos en caso necesario.

‒ Supongo que las cámaras de vigilancia normales de ambas naves servirán a nuestro propósito ‒propuso el Capitán.

‒ Será necesario colocar más cámaras ‒al Segundo de a bordo le parecía una propuesta lógica‒. Existen muchos puntos ciegos.

‒ Eso podría ser contraproducente ‒la socióloga tenía sus reservas, y las expuso‒. Ambas tripulaciones lo notarían de inmediato. Conocen sus naves hasta el mínimo detalle.

‒ Concuerdo ‒dijo el Capitán‒. También sería muy llamativo ver actividad de técnicos instalando cámaras en todos los sitios donde antes no había. Tanto hombres como mujeres deducirían que intentamos vigilarlos, a todos. Ya de por sí tienen demasiada presión encima.

La Capitana no tenía más propuestas ni argumentos, tuvo que aceptar que, por lo pronto, solo podían dejar que todo siguiera su curso y se vigilara hasta donde lo permitieran los recursos.

‒ Me desagrada no tener el control de la situación.

‒ Por experiencia ‒aceptó el Capitán‒, sabemos que el control total de cualquier situación es solo un espejismo.


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