Daniel había terminado su turno y no le interesaba ir a la sala común para entretenerse un rato con sus amigos como era su costumbre. Se encontraba solo, y esto le pareció bien, una inquietud que no podía describir le impedía concentrarse en cualquier actividad. Intentó ver la programación que transmitía la pantalla, leer, jugar con la computadora... nada funcionaba, pues a su mente acudía en todo momento el rostro de aquella chica y su sonrisa apenada. Terminó recostado en su litera, reflexionando sobre lo sucedido. ¿Acaso fue coqueteo lo que vio en aquellos labios? Debía ser la sospecha de algo oculto y prohibido lo que mantenía su inquietud, esto no podía estar sucediendo. Los labios se movieron, sí, pero aquella chica de alguna manera extraña le había sonreído con la mirada. Trato de tranquilizarse, era un tonto, la sonrisa era de amabilidad y pena, las antarianas solo se relacionaban sentimentalmente con otras antarianas.
Lo más extraño de esa situación era que no podía definirla. ¿Presentía algún peligro? ¿Sería un gesto de altanería por parte de la antariana? ¿Sabía ella algo que los tripulantes de la Aventura ignoraban?
Luego estaba esa última mirada antes de desaparecer detrás de la puerta. Un gesto común entre hombres, pero no entre un hombre y una mujer. Por lo menos en los últimos dos, ¿o tres mil años? Era inconcebible, pero lo cierto es que no podía sacarla de su mente.
Buscar la soledad en esos momentos había parecido una buena idea, pero al final fue una mala elección que cooperó para llenar su mente de ideas descabelladas. Por suerte, llegó su compañero Emael, acompañado del escándalo de costumbre, para acabar con su tortura solitaria. Su cabello verde a contraluz del foco de la habitación le daban un aire gracioso que ayudaba mucho a remarcar su carácter jovial.
‒ ¡Eh! ¡Perdedor! ‒exclamó como si Daniel se encontrara a media galaxia de distancia y no a un par de pasos‒. ¿Qué haces encerrado?
‒ ¿Perdedor? ‒se extrañó Daniel, agradecido de la impertinencia de Emael.
‒ Te perdiste algo ahí afuera.
"No lo creo".
‒ ¿Sucedió algo interesante sin mi presencia? ‒contestó sarcástico‒. Lo dudo, con ustedes nunca pasa nada interesante.
Emael ignoró el comentario.
‒ Debiste verlo ‒continuó‒. Kurk, el de ingeniería, sí, ese ‒trató de aclarar cuando vio la cara de Daniel‒, el tipo alto y musculoso, pero con cerebro de mosca, se puso a discutir (amablemente, debo admitir), con una de las antarianas.
‒ ¿Y cuál fue el motivo de la discusión? ‒Daniel lo animó a continuar, aunque a todas luces no le parecía necesario. En el fondo quería pensar en cualquier otro asunto.
‒ Nada relevante ‒contestó Emael‒, o nada que podamos entender, ya sabes, cosas de ingenieros.
Emael sabía que Daniel era ingeniero.
‒ Sí ‒comentó Daniel‒. Debió ser aburrido.
‒ Eso, aburrido ‒el chico siguió con su perorata‒. El hecho es que comenzaron discutiendo sobre qué nave era mejor, qué tecnología era mejor, quiénes eran mejores astronautas... mejor esto, mejor aquello, en fin, que antes de darnos cuenta, la discusión había llegado a un punto en el que Kurk las retó a un partido, un evento deportivo de algún tipo, y las antarianas aceptaron.
‒ ¿Es en serio? ‒Daniel no podía creer que se llegara a esta especie de disputa, aunque fuera amistosa.
‒ Más serio que desdoblar el espacio y aparecer frente a un hoyo negro ‒afirmó Emael‒. Por mi parte, creo que podría venir bien, hay una especie de tensión entre los tripulantes de ambas naves, las relaciones se han vuelto extrañas.
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Dos mundos
Fiksi IlmiahMilenios atrás, la humanidad se dispersó por la galaxia. Cientos de planetas colonizados quedaron aislados. Ahora, Antares es un planeta habitado solo por mujeres; en Cygnus III, la población está conformada solo por hombres. Ambas civilizaciones so...