29 parte😍

211 31 7
                                        

POV LUCÍA
Me quedo paralizada al escuchar lo que acaba de decir Abby. El nombre de ese país suena como una maldición en mis oídos.
—¿Qué has dicho? —ladró, sintiendo cómo la tensión sube por mi cuello.
—Venga, no te enojes. Solo quería saber qué opinas —responde ella, encogiéndose de hombros. Cierro los ojos para no gritarle.
—La respuesta ya la sabes. No volvería a España aunque me pagaran todo el oro del mundo —recalco, tratando de recuperar la compostura.
—Ay, hermana... necesitas sanar tu corazón y meter a la cárcel a esos infelices.
—Con el tiempo, Abby. Cada quien debe haber hecho su vida ya. Ellos me arrebataron todo: mi libertad, mi dignidad... mi padre está muerto y yo sigo aquí, con una herida que no cierra por más que pasen los años —mi voz se quiebra al final.
Abby toma mis manos. Ella es la única persona ante la cual permito que la Agente Bastille se desmorone para dejar salir a la verdadera Lucía.
—No me gusta verte así —me dice con suavidad—. Necesitas enterrar ese pasado. No busques venganza, busca justicia. La venganza es para los débiles. Tienes que ir a España y hacer que paguen legalmente por lo que te hicieron.
Miro a Ryan. Es tan pequeño, tan ajeno a la oscuridad de mi alma. Él es el único bálsamo para mis heridas.
—Te has convertido en una mujer fría, Lucía. Sin emociones. ¿Crees que no me doy cuenta?
—Es la única forma en la que me siento segura —susurro—. No quiero volver a ser la ingenua de antes.
—No eres ingenua. Eres valiente —sentencia ella antes de levantarse—. Ahora vamos, que Nanda preparó la mejor cena del mundo y si no te apuras, me lo como todo.
La cena transcurre entre las anécdotas de Travis sobre Italia y las noticias de su familia. Al terminar, llevo a mi ángel a su cama, le canto una canción y lo dejo sumido en el sueño con un beso en la frente.
Horas más tarde, estoy en mi habitación mirando el techo. El silencio es interrumpido por mi celular.
—Stefan, ¿acaso no conoces las horas de sueño? ¿Por qué me llamas?
—Lucía, hola. Sí, yo también estoy bien, gracias por preguntar —dice él con su tono divertido.
—Deja de ser payaso. ¿Qué quieres? —hablo con frialdad, aunque por dentro me muerdo el labio para no sonreír.
—Quería saber cómo estás. Te extraño.
—Seguro. La mayoría de los agentes prefieren que esté de vacaciones a tener que lidiar con mi carácter.
—Ese carácter de mierda es precisamente lo que te hace interesante —suelta una carcajada—. ¿Por qué no me regalas una sonrisa, amore mio?
—Te dije que no me llamaras así. No soy tu amor. Adiós.
Cuelgo. Stefan... es tan arrogante como tierno. Recuerdo perfectamente el día que lo conocí, hace años, cuando aún estudiábamos Administración de Empresas. Yo iba corriendo, llegaba tarde por haberme quedado jugando con Ryan en su cuna, y choqué contra él.
Era un "Dios griego": alto, cobrizo, con ojos grises que me miraban con diversión mientras yo, desde el suelo, lo fulminaba con la mirada. Me ayudó a levantarme y, aunque traté de alejarlo con mi frialdad habitual, él no se rindió. Se convirtió en mi sombra, en mi maestro de defensa y en la única persona, además de mi familia, que compartía tardes con Ryan. Fue el único que vio las estrellas conmigo hasta la madrugada antes de irse a Italia.
—Te romperé cada hueso del cuerpo —el látigo silba en el aire antes de impactar contra mi espalda. El dolor es insoportable. Thomas se ríe mientras me cruza la cara con una bofetada—. ¡Ves, perra! Esto te pasa por idiota.
—¡No! ¡Basta! —abro los ojos de golpe, bañada en sudor.
El corazón me martillea en el pecho. Las pesadillas han vuelto. La puerta se abre y Gonzalo entra corriendo, preocupado. Intenta tocarme, pero retrocedo por puro instinto antes de dejar que me abrace.
—Tranquila, mi niña. Todo está bien —me arrulla con esa voz que tanto me recuerda a mi padre.
Abby entra poco después con un vaso de leche tibia. Sabe que es lo único que calma mis nervios tras un ataque de pánico. En ese momento, un pequeño bulto entra gateando a la habitación.
—Mami... buenos días —balbucea Ryan, con esa dificultad propia de sus cuatro años.
La ternura me inunda y lo subo a la cama conmigo.
—Hoy es un día estupendo —dice Abby abriendo las cortinas—. Mañana vuelves al trabajo, así que hoy aprovecharemos el último día libre.
—Iremos al parque de diversiones, precioso —le digo a mi hijo, abrazándolo fuerte.
Mañana volveré a ser la Agente Bastille, la mujer de hielo que no le teme a nada. Pero hoy, solo quiero ser la madre de Ryan y olvidar que el infierno alguna vez tuvo nombre y apellido

Esclava de su propio destinoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora