10. Primeras lecciones.

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Por Evelyn:

               Escoltados por los militares, los casi cuarenta supervivientes que viajábamos en ese camión blindado nos adentramos en el almacén de un señor mayor que nos acompañaba. Desde luego no era la habitación de un hotel pero al menos tenia un techo, un baño y sitio de sobra para que pudiésemos acampar. Nos organizamos para pasar la noche allí y los militares hicieron su propio turno de guardias una vez se habían asegurado de que el sitio era seguro. Dentro del grupo de supervivientes se repartieron tareas. Yo como no me separaba de Abby, me encomendaron ayudar a colocar los sacos de dormir y repartir mantas para todos. No es que hiciese mucho frío, afortunadamente, pero se agradecía el calor de una manta. Nos reconfortaba y estaba segura de que alguno se refugiaría en ella, como cuando éramos niños y creímos que la manta nos protege de los monstruos. Los militares que no tenían que hacer guardia se repartieron también algunas tareas. Unos repartían comida, otros reforzaban las diferentes puertas de salida que había, dejando una de emergencia. Otros intentaban calmar a los más alarmados e inquietos que no paraban de pedir explicaciones o incluso creaban disputas. Había mucha tensión en el ambiente. Yo intentaba proteger a Abby de todo eso y evitar que oyese alguno de los comentarios hostiles y otros muchos horripilantes pero certeros sobre hechos que habían estado ocurriendo durante las últimas veinticuatro horas.

- Abby, ¿tienes hambre?

             Ya estaba todo preparado para que pudiésemos pasar la noche allí. Miré mi reloj de pulsera, ese que mi madre me había regalado el año pasado por Navidad. Sus agujas doradas apuntaban hacia los números diez y cuatro. Siempre había querido ese reloj, el fondo de este tenía un dibujo del mapa del mundo en tonos pasteles. Cada vez que miraba la hora, veía ese mundo que me estaba esperando, que parecía ansiar ser recorrido por mis ojos. Me prometí a mí misma recorrer el mundo algún día, sin importar cuánto tiempo me llevase. Era uno de mis sueños. Y digo era, porque ahora era una idea imposible de llevar a cabo. El mundo que quería recorrer, que quería visitar sola, o con mi pareja, o incluso con mis hijos, estaba desapareciendo. Quizás algún día, si conseguíamos recuperar algo de lo que conocíamos, entonces podría llegar a hacerlo, pero nada sería igual.

        Envolví a la pequeña Abby en una manta y le propiné una suave caricia a su ondulada cabellera. Seguía sin hablar y tampoco mostraba indicios de que fuese a hacerlo. Aspiraba a conseguir arrancarle una palabra algún día. Una mujer soldado, se acercó hasta nosotras y nos ofreció lo que sería nuestra cena. Era algún tipo de sopa caliente, pan y fruta. Lo cierto es que la sopa desprendía un buen aroma y se hacía apetecible. No sabía si Abby podría comer sola, asi que me coloque frente a ella, sentada sobre el saco de dormir, dispuesta a dársela yo misma. 

- ¿Te gusta la sopa? A mi me encanta. Esta huele genial, pero, mi madre hacía una sopa mucho mejor. - sonreí mientras rompía el envoltorio de plástico donde venía empaquetada la cuchara.- Cuando mi hermana era pequeña, me gustaba darle de comer, aunque al final siempre acabábamos las dos perdidas de comida y mi madre tenía que meternos en la bañera. - me reí al recordar viejos y buenos momentos vividos con mi familia. Ahí estaba la nostalgia de nuevo. - Pero, te prometo que he mejorado mucho y no te pondré perdida de comida. ¿Me dejas ser tu hermana mayor y darte la sopa? - Abby no dijo nada, para variar, pero hizo un leve gesto con su cabeza que interpreté como un asentimiento. - Muy bien, abre la boca.

        Abby se había quedado dormida tras la cena. La sopa sabía mejor de lo que esperaba y me sentía privilegiada porque, tenía un techo, comida, y estaba a salvo. No sabía que sería de mí cuando me despertase por la mañana pero por hoy, ahora, seguía viva y no podía quejarme. Me tumbé boca arriba sobre el saco de dormir, junto a Abby. Me sentía exhausta. No estaba cansada físicamente pero mi cabeza parecía que fuese a explotar. Demasiada tensión, demasiada presión. No tenía sueño, pero dadas las horas y la incertidumbre de no saber cuándo podría volver a tener oportunidad de dormir, decidí cerrar los ojos y descansar. Ya había tenido suficiente acción por hoy. Esta era la primera noche sin Joyce, ¿estaría bien? ¿Cuántas más noches tenían que pasar para poder volver a tenerla conmigo? Esa fue la última pregunta que me hice antes de caer dormida en un profundo sueño.

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