Capítulo VII.

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Capítulo VII. - Sueño.

―Sora, ¿cómo te sientes?― cuestionó.

―Bien... y ya no tengo tanto frío...― suspiró pesadamente. ―Gracias...―

―¿Qué hacías para estar en la calle con este clima?―

―Iba a comprar un regalo, una de las hermanas del orfanato estará de cumpleaños y... me agarró la lluvia por el camino...― suspiró pesadamente.

Sora estaba corriendo bajo la lluvia mientras cubría con sus brazos una pequeña bolsa, jadeando suavemente debido al esfuerzo.

Saix por su parte, estaba a punto de entrar a su casa, y de pura causalidad, reconoció al pequeño chico, por lo que lo llamó para que se refugiara allí.

Cuando entró a la casa, estaba temblando de frío, por lo que le ofreció darse una ducha caliente para pasarlo, además de quedarse hasta que el mal tiempo pase.

Aunque como era obvio, no tenía ropa para ponerse, por lo que tuvo que usar la de su amigo.

Y así estaban...

A simple vista Sora esta vistiendo un suerte de color rojo... y ya.

La prenda era lo suficientemente larga como para cubrirlo hasta las rodillas debido a la diferencia de alturas entre ambos, las mangas estaban recogidas para que el chico pudiera asomar sus manos, y en sus pies solo tenía de momento unas pantuflas que el más alto le entregó desde que entró a su casa.

―Lamento si te es incómodo, pero no creo tener ropa de tu talla aquí.―

―No te preocupes... gracias por prestarme algo en lo que se seca la mía.― suspiró, sujetando la taza que ahora tenía entre ambas manos.

―¿Quieres avisar que estarás aquí un rato?―

―Por favor... no quiero que se preocupen.― rió un poco nervioso.

Saix fue a buscar su celular, comenzando a revisar éste, topándose con el contacto.

―¿A Xehanort?― preguntó, a punto de marcar el número.

―Ah... no, no... le llamaré a una hermana si te parece bien... será mejor.―

El tono tembloroso de la voz del menor le preocupó un poco, pero también era cierto que estaba similar desde hacía rato por el frío mismo, así que le restó importancia.

Le pasó el teléfono para que él marcase el número, aunque se dio cuenta de que el chico no tenía ni idea de cómo usar el aparato.

Sonrió de forma leve y le ayudó a entrar en la aplicación del teléfono y tras marcar el número, llamar. Esos pequeños gestos en realidad le causaban cierta ternura. 

Fue hacia la cocina para dejar la taza, ahora vacía, que estaba usando el chico, a penas escuchando su voz, al parecer ya estaba hablando con alguien.

Justo cuando volvió la llamada estaba acabando, la pequeña sonrisa del muchacho delataba que había ido todo bien al menos.

―Gracias, Saix.― se giró un poco para devolverle su teléfono.

―No es nada.― tomó el aparato en manos y se sentó en uno de los sofá. ―¿Quieres ver la televisión mientras? No podrás irte en un rato.― alzó los hombros, un poco divertido.

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