Capítulo XIII.

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Capítulo XIII. - Impotencia.

Esa sensación... es horrible sentirse impotente.

Absolutamente a todos nos ha pasado, a veces por algo pequeño, a veces por algo realmente grande.

No importa qué sea lo que te tiene así, siempre, pero siempre odiarás esa frustración de no poder hacer algo, especialmente si duele.

De eso se trata después de todo.

~♡~

La mañana llegó una vez más, no era un día particularmente soleado, habían algunas nubes que se encargaban de cubrir los rayos del sol. El viento suave arrullaba las hojas de los árboles, llevándose unas cuantas consigo también. Un típico día de otoño más.

Mucha gente comenzaba a despertarse para iniciar su actividad... caso que no era el de un pequeño chico de cabellos castaños.

Sora estaba sentado en su cama, abrazando sus rodillas, escondiendo su rostro entre sus brazos. Sin moverse más que el ligero sube y baja de su espalda, indicando que aún estaba respirando.

―Lo siento... lo siento en serio...

Jadeó sin muchas fuerzas, aferrándose a las sábanas mientras cerraba los ojos, dejando que las lágrimas cayeran por sus mejillas hasta encontrarse con la tela que cubría el colchón.

―No volverá a pasar...

Su voz se hacía casi inaudible por los ruidos que producía el viejo metal de aquella cama, le lastimaba los oídos, pero aún así era lo que menos dolía.

Miraba hacia un costado, como así pudiera ignorar todo el mundo, pero unos ojos que lo miraban atentamente desde la puerta le hicieron estremecerse, sintiendo como si el aire se le fuera a causa de un golpe directo al estómago.

No gritó, dejó de llorar en tan solo unos minutos más.

El dolor no le importaba, ni siquiera sabía si aún estaba ahí. El calor de su cuerpo era lo único que sentía, no sabía cómo describir su situación...

...Incluso si ya había pasado un millón de veces.

Se sobresaltó al oír la puerta de la habitación abrirse, una mujer mayor de largos cabellos de un tono marrón claro lo miraba preocupada, seguramente notando las ojeras que debían estar marcadas bajo sus ojos.

―Lo siento... ya iré a desayunar.― murmuró, tenía la voz aún ronca.

―¿Te sientes bien cariño?― ella intentó acercarse.

―Estoy bien, aunque creo que voy a resfriarme... ¿podría tomar un té para el dolor de garganta?― solo forzó una sonrisa para no preocuparla.

―Está bien mi vida, te lo tendré listo en la cocina.

―Muchas gracias... lamento las molestias...

En cuanto salió de nuevo, se giró un poco y metió su mano debajo de su almohada, sacando un frasco con un montón de pastillas.

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