La cabeza le daba vueltas mientras seguía a Bang por el estrecho arcén de la oscura carretera. Su conversación en el auto seguía colándose en sus pensamientos. ¿Estaba haciendo esto por ellos? ¿Por Ace, por Evie o por sí mismo? ¿O estaba haciéndolo por la humanidad entera? ¿Por todas las personas que eran demasiado ciegas para ver que estarían mejor sin el Consejo, sin los Renegados?
Quizá, se dijo, por ambos.
Dudaba de cuándo comenzó a pensar en los Anarquistas como su familia. Desde luego, no durante aquellos primeros meses, cuando solo había sentido afecto por Ace, y pensaba solo en sus padres, su hermana y en sí mismo. Aunque todos habían ocupado los mismos espacios dentro de la catedral, los Anarquistas eran más como fantasmas que pasaban a su lado en la nave o que discutían en el claustro. En aquel entonces, eran más. Muchos habían muerto durante la batalla; algunos, de los que ni siquiera conoció los nombres. Y, por lo general, todos habían ignorado al hijo huérfano que Ace había arrastrado consigo. No lo maltrataban en absoluto –Ace no lo habría tolerado–, pero tampoco se salían de su camino para ser amables con él.
Una vez que se reubicaron en los túneles, aquello comenzó a cambiar. Quedaban tan pocos, y todos habían sufrido la misma derrota. Eso los unió más fuerte que antes, incluso al pequeño Jimin. De pronto, los Anarquistas que quedaban comenzaron a interesarse en él.
Bang supo de su interés por la ciencia y comenzó a enseñarle química, lo dejaba jugar con su equipamiento de laboratorio y probar diferentes mezclas. Nayoung lo entrenó en la lucha, a mano limpia y con cualquier arma con la que pudieran gorronear o conseguir haciendo trueque. Nana, temerosa de que terminaran criando a otro salvaje como Dawon, se propuso guiar a Jimin para que fuera un caballero... o, por lo menos, la clase de caballero que sabía cómo mezclar un martini perfecto y aplicarse delineador sin apuñalarse el ojo con el lápiz.
En cuanto a Winston, por un tiempo, fue su único compañero de juegos, que le contaba cuentos de hadas con sombras chinescas y que le enseñaba el sutil arte del juego de las escondidas, para el que el nuevo hogar ofrecía infinitos recovecos.
Y Phobia era... bueno. Phobia era Phobia.
Jamás fue afectuoso con él, pero tampoco parecía ser afectuoso con el resto, así que Jimin aprendió de muy pequeño a no tomarse su indiferencia de manera personal.
Bang se acercó a un muelle pequeño y abatido. Jimin advirtió el agua que se arremolinaba por debajo mientras ellos se abrían camino sobre las tablas desvencijadas, húmedas por el rocío de la espuma. El aire olía a sal, a algas y a criaturas muertas depositadas en la orilla.
Un único bote se hallaba amarrado en el extremo del embarcadero: tenía seis metros de largo, y un camarote cerrado ocupaba casi toda su extensión. El casco estaba salpicado con percebes adheridos, y su techo plano se hallaba cargado con baúles de madera y una bicicleta oxidada. Una silla de plástico descansaba sobre la proa de la pequeña cubierta, al lado de una botella vacía de vino y una planta de tomate marchita que emergía de una jarra de leche reciclada.
No había luz alguna en el interior del bote, y Jimin se preguntó si los esperaban.
Bang extendió el brazo encima del borde del muelle y golpeó sobre una de las ventanillas oscuras.
Desde dentro de la embarcación, Jimin oyó los sonidos de pisadas y el crujido de antiguas maderas. La misma ventanilla sobre la que Bang había golpeado se abrió unos centímetros con un sonoro golpe metálico. Un tibio resplandor amarillento se derramó sobre el muelle. Jimin advirtió que antes la luz no había atravesado las ventanillas porque estaban todas pintadas de negro opaco.
El cañón de un revólver se asomó desde la ventanilla abierta.
–¿Quién anda por ahí?
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