Al entrar en el salón social,
Jungkook sonreía feliz, el pulso le latía exaltado. Durante las horas desde que había conseguido el permiso de sus papás para que su equipo se encargara de la misión de vigilar la biblioteca, ya había acudido a visitar el sitio donde realizarían su primera tarea que no fuera patrullar las calles. No entró en la biblioteca, pero identificó un edificio abandonado de oficinas justo enfrente que les daría el lugar perfecto para instalarse y, particularmente, una oficina de esquina con un ventanal que daba justo al callejón del lado este de la biblioteca, donde le pareció que una puerta trasera sería la entrada perfecta para personas turbias que venían a realizar transacciones turbias.
Hizo una lista de equipamiento, desde prismáticos hasta bocaditos y un mazo de cartas, porque tener a Hyojong aburrido era algo peligroso. Pero, sobre todo, aquella mañana había tenido la cabeza llena de fantasías, en las que su equipo no solo descubría a una banda de armas del mercado negro y ponía a Gene Cronin tras las rejas, sino en las que además daban con el paradero de Nightmare y lo arrestaban.
Distinguió a Hyojong y a Hyunah jugando Batalla a muerte, uno de los clásicos videojuegos del salón, instalado para entretener a las unidades de patrullaje mientras aguardaban una misión. Se trataba de un clásico combate de dos personas, y cuando apareció el año anterior, Hyojong y Hyunah habían desarrollado una rivalidad instantánea. Por lo que sabía Jungkook, sus habilidades seguían siendo muy parejas, para la frustración continua de uno y otro.
Se acercó a ellos por detrás al tiempo que el avatar de Hyunah lanzaba una patada giratoria que enviaba a Hyojong volando fuera de la pantalla. Hyunah soltó un alarido y arrojó las manos hacia fuera eufórica, golpeando a Jungkook en la nariz. Este soltó un grito y se echó atrás, ajustando las gafas con una mano y presionando la otra sobre la nariz.
Hyunah retrocedió.
–¡Lo siento! –chilló, aunque su mirada de disculpa se convirtió rápidamente en una mueca recelosa–. Aunque, en realidad, no tanto. Te comportas como un acechador siniestro. ¿Hace cuánto estabas ahí?
–Alrededor de dos segundos –dijo Jungkook –, frunciendo la nariz un par de veces, para deshacerse de la sensación de hormigueo en el cartílago.
–Oh –dijo Hyunah–. En ese caso... ¡lo siento! –hizo una pausa–. Salvo que, aún no tanto, porque acabo de vencer el récord de Hyojong, ¡ja! –lanzó el puño en el aire.
–Esta batalla está lejos de haber acabado –replicó Hyojong, inclinándose contra la máquina–Exijo una revancha.
Hyunah hizo sonar los nudillos.
–Puedes tener todas las revanchas que quieras. Jamás cederé el primer lugar.
–Oigan, muchachos –dijo Jungkook –, ¿dónde está el chico nuevo? ¿No lo ahuyentaron ya, verdad?
–Cambiándose – Hyojong señaló con el pulgar por encima del hombro mientras Hyunah
depositaba otra moneda en la ranura de la máquina.
–Oh –dijo Jungkook, echando un vistazo a las habitaciones privadas justo cuando una figura emergía al corredor. Se enderezó–. Oh.
Jimin se encontró con su mirada y pareció flaquear a medio camino.
Él se apartó de los demás y se acercó a el, metiéndose las manos en los bolsillos.
Jungkook seguía vestido en jeans y una chaqueta: se le ocurrió que no tenía demasiado sentido ponerse el uniforme si no harían tareas de patrullaje.
–¿Cómo te queda? –preguntó.
Él miró hacia abajo. Con el bulto de ropa de calle en un brazo, deslizó tímidamente la otra mano por el costado del uniforme.
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