Jimin se detuvo en la acera fuera del Cuartel General de los Renegados posiblemente más tiempo del conveniente, ignorando a las personas que se desplazaban a su alrededor y se quejaban del chico que estorbaba, o a los turistas que se apiñaban en las paradas de autobús para tomar fotografías de las enormes letras rojas que colgaban sobre las gigantescas puertas vidriadas.
Ni siquiera inclinando la cabeza hacia atrás podía ver la parte superior del edificio. Tan cerca del cielo, se perdía en lo alto, dominaba el resto del paisaje urbano. Había visto el edificio cientos de veces desde lejos, lo había mirado desde las azoteas de toda la ciudad, imaginando el modo de trepar los muros, deslizarse dentro, vengarse del Consejo y de los supuestos héroes que lo consideraban su palacio. Pero jamás se imaginó que entraría por las puertas giratorias de la entrada principal. Jamás creyó que sería bienvenido.
Aquellas puertas de vidrio habían estado girando incesantemente desde su llegada. No creía que todo el que trabajaba en el edificio fuera un prodigio, pero no dejaba de haber bastantes personas que entraban y salían llevando el característico uniforme gris, aunque la misma cantidad luciera trajes y vestimenta informal de negocios. Algunos de los Renegados se detenían para sonreír y saludar a los turistas, y siempre les devolvía el saludo un revuelo de gritos y el flash de las cámaras. Todos los adoradores, llegados para curiosear.
Jimin tensó el entrecejo y echó una mirada a su alrededor, advirtiendo que el mismo se encontraba entre los curiosos deslumbrados. Finalmente, resoplando, despegó los pies de la acera y se obligó a avanzar. Las palmas le sudaban al acercarse a las puertas. Una mujer salió con un impecable traje pantalón. Ni siquiera miró a Jimin mientras echaba a andar por la acera, hablando a un dispositivo alrededor de la muñeca y dejando que la puerta girara a su antojo detrás de ella. El espacio entre las barricadas vidriadas se abrió para permitir el acceso.
Jimin tragó y dio un paso dentro.
Su corazón palpitaba veloz al tiempo que las puertas se cerraban en torno a él, y luego giraban para abrirse del otro lado.
Así de fácil, estaba dentro del Cuartel General de los Renegados. Se alejó de la puerta giratoria y se detuvo, helado, cada músculo preparado, pero no sonó una sola alarma.
Se hallaba sobre un descansillo que daba a un vestíbulo luminoso y amplio, donde lo aguardaba la R de los Renegados, incrustada en las blancas baldosas del suelo. A su izquierda, una escalera descendía hacia el vestíbulo; a su derecha, una rampa curva. Ambas conducían abajo, a un escritorio semicircular, en cuyo frente se encontraban atornilladas las letras de la palabra información, recortadas de acero.
Los Anarquistas habían considerado atacar el Cuartel General de los Renegados miles de veces, pero siempre supieron que era demasiado riesgoso infiltrarse en él. Jamás habría un momento cuando no estuvieran en condiciones de inferioridad numérica: en un día cualquiera, cientos de prodigios trabajaban y entrenaban dentro del edificio. Y ahora se daba cuenta de que lo que habían supuesto era cierto: los Renegados no se habían permitido ser vulnerables a un ataque. Tras un examen rápido del vestíbulo, Jimin ya tenía identificadas más de una docena de cámaras, sensores y alarmas, por supuesto sumado a los Renegados armados y uniformados apostados a intervalos prácticos alrededor del espacio, incluyendo uno a cada lado del descanso donde estaba de pie. Se preguntó si ser vigilante era un trabajo a tiempo completo en este lugar, o si solo era un puesto para el cual iban rotando a diferentes personas. Tendría que averiguarlo. Ese era precisamente el tipo de información al que se refirió Cianuro cuando sugirió que Jimin podía ser un buena espía para ellos.
Todo el resto de las personas parecía estar ignorando a los guardias, así que hizo eso mismo, aunque sus nervios se crisparon al pasar a uno de ellos camino a la escalera. Un ominoso escalofrío le descendió por la columna. Tuvo la sensación de que estaba a punto de ser derribado desde atrás. Que sería arrestado, maniatado, obligado a responder por sus crímenes contra el Consejo. Qué tal vez los Renegados lo habían aceptado solo como un señuelo para atraerlo hasta aquí.
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