Las puertas de roble se cerraron con un golpe tras ellos. El aire rancio y un espeso aroma a cuero y a hojas quebradizas envolvieron a Jungkook. Hizo una pausa en el recibidor, observando el hall de entrada y el vestíbulo un poco más allá. Jamás había estado en esta biblioteca, y ahora deseó haber entrado cuando salió a explorar la zona. No se sentiría tan vulnerable, como si estuviera en un lugar completamente a ciegas, prácticamente sin conocer el plano de distribución ni las salidas. Tendría que haber venido durante el horario de oficina, intentando ser discreto...
El problema era que, gracias a sus papás, había demasiadas probabilidades de que lo reconocieran.
Así que se tomó el tiempo ahora para observar todo lo que pudo. Dentro del hall de entrada, había a cada lado un nicho, cada uno con una estatua de mármol. A su izquierda, un sabio noble sostenía un libro abierto en una mano y levantaba la otra con un gesto de genialidad, como si el libro acabara de revelarle los secretos del universo. En el otro nicho, un escriba anotaba sus pensamientos en un diario con una larga pluma.
Las tablas de madera gastadas que cubrían el suelo se extendían hacia un vestíbulo central, donde una silueta indicaba el lugar en el que el escritorio de la antigua administración había estado una vez atornillado. Una mesa plegable ordinaria se levantaba en un rincón, enmarcada por el revestimiento de madera oscura de la pared y por un gran espejo antiguo que reflejaba la poca luz que llegaba a esta recámara central. Los rayos de luz que sí conseguían pasar por un par de ventanillas superiores pulcramente ubicadas iluminaban las elevadas concentraciones de polvo espeso que circulaba a través del aire.
Jungkook avanzó, extrajo con una mano el rotulador de su bolsillo trasero, y lo aferró como por instinto. A su lado, Jimin miró su mano concuriosidad antes de encontrarse con su mirada, en la que había algo parecido a la provocación.
Él apartó la vista. Tal vez no fuera un revólver ni un cuchillo, pero seguía siendo el arma más efectiva que tenía.
Sin contar los tatuajes.
Su mandíbula se contrajo al acercarse a la mesa, donde el único ocupante del vestíbulo se hallaba sentado en una banqueta, extasiado por lo que parecía ser una novela romántica. El chico tenía tal vez uno o dos años menos que él, el cabello pelirrojo le caia en cascadas cubriendole los ojos.
—Disculpa —dijo Jungkook. Hasta él mismo consideró que había sido ridículamente amable.
Pero el muchacho ni siquiera levantó la mirada. Tan solo extendió la mano sobre el escritorio y le deslizó una carpeta sujetapapeles, un formulario para retirar libros.
Jungkook carraspeó y, esta vez, intentó sonar no como un ciudadano preocupado, sino como un Renegado. Un superhéroe.
—Queremos ver a la Detonadora.
La cabeza del chico se elevó bruscamente. Miró parpadeando a Jungkook, y luego a los demás, y detuvo la mirada más que nada en Jimin; las largas pestañas pálidas del chico aleteaban sobre sus ojos grisáceos. Sus labios se abrieron al volverse hacia Jungkook.
—¿Disculpa? —preguntó en un tono agudo.
—La Detonadora —repitió Jungkook— La vimos entrar hace menos de diez minutos. ¿Dónde está?
La boca del chico se abrió. Se cerró. Sus ojos se desplazaron como un rayo hacia Jimin, y luego volvieron.
—Ustedes... ¿Acaso no son...? —miró a Jimin de nuevo, estupefacto—. ¿Son Renegados?
En realidad, no era una pregunta. Jungkook no estaba seguro de cómo podía saberlo sin los uniformes; tal vez reconociera a alguno por los medios. Tal vez, simplemente tuvieran el look característico. Le gustaba creerlo.
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