Bischofshofen, abril de 2014. 11:50
–Clyde... Tengo miedo, más bien, siento miedo –expresó Shannon con un hilo de voz.
–¿Miedo de qué? –Se interesó su marido.
–Sabes que presiento cosas malas y de este viaje no presiento nada bueno.
–Si, lo sé. Los parientes de Carl y Megara son tan divertidos como Tutankamón. Nos aburriremos como ostras –bromeó él mientras frotaba su rostro con sus manos para espabilarse.
–Esto que te cuento no es gracioso, Clyde. Tómate las cosas en serio. Siempre que te expreso lo que siento te ríes de mi y no me parece normal. Estamos casados ¿vale? Respétame –Espetó muy seriamente.
–¡Pero no me parece ni medio normal lo que me cuentas! Estás muy paranoica últimamente. Y yo siempre te he respetado.
–¡Mentira! ¡Ahora mismo lo has vuelto a hacer! Esto no es normal. Me estoy empezando a arrepentirme de ir de vacaciones –se le notaba cabreada pero sobre todo, molesta.
–No digas eso, por favor. Tienes que venir –puso aquella cara de cachorrito que siempre podía con su mujer, mientras la cogía del brazo.
–Ni me toques –dijo ella firmemente y se fue lejos de él dejando tras de sí el olor tan suyo, el olor del perfume que siempre le regalaba Clyde.
Shannon se encerró en el baño como siempre hacía cuando discutían. Las últimas peleas se habían vuelto más violentas. Había veces en las que no se entendían y otras en las que no podían estar separados. Era verdad que estaba más paranoica pero no podía evitarlo, era lo que su naturaleza le decía. Aún así, se querían mucho y hace poco lo demostraron otra vez, trayendo al mundo a su segundo hijo, Marco. El primero, Ivan, ya había cumplido tres años.
En ese momento se miró al espejo: ahí se veía una mujer gastada que algún día fue bella pero que ya poco rastro quedaba. Sus rasgos faciales sufrieron daños durante los embarazos y nunca volvieron a ser tan marcados como antes. Su pelo negro se veía con poca fuerza y aunque lo había arreglado, pocas veces le parecía que se veía bonito. Lo más impresionante de aquel rostro eran los ojos, de color azul zafiro que cuando más se acercaba al blanco, más verde se volvía.
Clyde se sentó en el pasillo. Hundió su cara en sus manos y empezó a llorar. Cuando su esposa se enfadaba de aquella manera comprendía que la había cagado pero hasta entonces, seguía metiendo la pata, una y otra vez. Nunca se daba cuenta. Su mujer a veces podía ser bastante difícil de entender. Tiró de su castaño cabello. Era una manía que tenía cuando se cabreaba consigo, hacerse daño. Le parecía de cobardes pero ¿Qué mas podía hacer? Su mundo era un caos.
En medio de aquellos pensamientos apareció Ivan. Tenía aspecto juguetón.
–Papá, ¿Qué te pasa? –preguntó, curioso.
–Nada hijo, sigue jugando tranquilo –murmuró abatido.
–No puedo si no paráis de discutir –dijo con la inocencia propia de un niño.
Clyde lo miró fijamente, con una expresión de asombro y desconcierto. Desde luego, los niños eran realmente sinceros y puros. Lástima que aquello se perdiera con los años.
ESTÁS LEYENDO
Efímera mortalidad {Editando}
Mystère / ThrillerTres familias, diferentes pero a la vez parecidas, pasarán unas vacaciones en un lago de Austria. Misteriosos acontecimientos sucederán y eso les hará dudar unos de otros. ¿Debe Tania temer a algo? ¿Tal vez sólo sea su imaginación? ¿En quién debe co...
