Hora desconocida
–¡Tania despierta! ¡Tania! ¡Háblame!
Tania escuchó como alguna voz femenina la llamaba. Era algo lejano, reconfortante y también familiar. Difícilmente abrió los ojos. Lentamente, la figura borrosa que percibió se fue aclarando. Allí estaba ella, Hanna.
–¡Hanna! ¡Al final has venido! Me alegro de verte –la mirada de su amiga, que había resoplado en expresión como de pena, la trastornó y se dio cuenta de la realidad–. Pero yo estoy en casa... o al menos, antes lo estaba –añadió mientras observaba la situación– ¿Qué hago aquí? No importa, estás conmigo.
–No. Piensa. No deberías estar aquí, este no es tu lugar –sus palabras eran frías y concisas.
–¿Pero qué dices? Yo tengo que estar a tu lado, y tú al mío –la confusión era terrible, no entendía su frialdad.
–No lo entiendes. Fíjate en donde estamos –alzó la cabeza y señaló el lugar con ella.
Tania paseó sus ojos por el lugar. Era un lugar extraño hecho con piedras. Parecía una cueva. A lo lejos divisó una luz. Supuso que por ahí se iría al exterior y se puso de pie, esperando a que Hanna la siguiera.
–No vayas –movió su cabeza de lado a lado expresando negación–. No saldrás, ni tampoco llegarás a ningún lado. Créeme que lo he intentado.
–¿Qué hago yo aquí? ¿Y tú?
–Es difícil de explicar y además, yo no lo sé totalmente todo acerca de este lugar, estoy aquí desde anoche –lo último lo dijo con un poco de tristeza, arrepentimiento.
–¿Anoche? ¿Viniste a verme? ¿Por qué te fuiste sin avisarme? –estaba aturdida, demasiado. Hanna no la ayudaba y lo único que quería era salir de aquel lugar. Para colmo, su amiga le decía que no podía salir. Grandes ganas de llorar florecieron pero pudo aguantarse, no era momento para dar pena a nadie.
–Yo quería estar contigo... –miró a un lado por algún movimiento que Tania no percibió–. Debes irte ahora mismo. Y no preguntes más o te quedarás aquí para siempre.
Hanna la cogió de la mano y le dio un suave beso en la mejilla derecha. La condujo a un lugar que parecía que había ido allí específicamente. Miró las piedras del suelo y escogió una considerablemente grande, que no le cabía en la palma de una mano.
–Lo siento, pero esto te dolerá –dijo justo antes de alzar las dos manos y darle con la piedra en la cabeza.
El dolor pronto la invadió. Había leído en alguna parte que en el cerebro no sentimos dolor, que los humanos no tenemos esa capacidad. Sería en el cerebro porque en el exterior, en la cabeza, sí que dolía, en ese instante lo estaba haciendo.
Con ayuda de Hanna, se tumbó en el rocoso suelo. La veía a ella pero sólo físicamente, nada de su emocional ser seguía igual; no le contestaba, estaba distante, fría y además, le pegaba con una piedra. Definitivamente algo le había pasado. Algo oscuro acechaba su alma, seguro.
No pudo aguantar más y cerró los ojos, esperando la muerte o algo parecido.
2:50
Clyde todavía no se había dormido. Miró a Shannon, que dormía plácidamente y sonrió. Todavía llevaba aquel conjunto de encaje. La tapó un poco para que no tuviera oportunidad de resfriarse.
Decidió que se despejaría un poco dando un paseo. Sigilosamente, salió al pasillo en dirección a la planta de abajo. Avanzó un ligeramente y pudo ver algo en el suelo, parecido a una mancha. Más allá; otra. Por suerte, había cogido su teléfono móvil y pudo alumbrar el suelo.
Aquello lo asombró. ¡¿Sangre?! Definitivamente, no se había dado cuenta de algo en el que alguno de allí se hizo daño. Aunque no había oído ningún ruido, cosa que le extrañó, ya que si alguien perdiera esa cantidad de sangre -había tres manchas considerables y otras más pequeñas-, se habrían enterado, tanto él como Shannon.
Justo cuando acababa de desarrollar su conjetura, escuchó un ruido al fondo del pasillo. Provenía de la habitación de alguno de los hijos de Carl, no recordaba exactamente de cual. Vio una sombra acercándose al pasillo, que salía de un cuarto, y sin dudarlo un momento, entró de nuevo en su habitación estrepitosamente.
Olvidó totalmente las ganas de darse un paseo y se metió en la cama pensativo. La sombra del pasillo pasó al lado de la puerta de su habitación, no sin antes pararse, a lo que a Clyde se le antojó que era para escuchar si había algún ruido o luz. Afortunadamente no entró en la habitación. Sus pasos eran tan sigilosos que no pudo escuchar a donde se dirigía.
3:20
Abrió los ojos bruscamente y miró a su alrededor. Sus dos hermanos y su madre la miraban con preocupación. Por alguna razón rompió a llorar y su madre no pudo evitar hacer lo mismo. La abrazó y también se unieron los chicos.
–¿Mamá qué me ha pasado? –dijo cuando sus ojos cesaron de verter lágrimas.
–No lo sé, hija. Te hemos oído gritar desde nuestras habitaciones y vinimos a verte. Estabas tirada en el suelo del baño y te trajimos a la cama –lo último lo dijo con una expresión de pena–. No puedo decirte más.
Tania quedó muy pensativa reflexionando sobre su sueño, alucinación o lo que la había trastornado. Pronto la dejaron sola. Un gran silencio reinaba en el lugar. Si no hubo forma de salir del lugar en el que se encontraba Hanna, ¿Qué lugar era aquel, en el que no existe salida? Algo pasó por su pensamiento como un cartel de neón: la muerte.
No, no, no. ¿Hanna muerta? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo? A esta pregunta sí que le encontró respuesta; en el lago, mientras Tania llegaba. No lo dudaba, cuando había perdido la pista de su paradero ella ya había llegado a la mansión. No pudo evitar sentirse culpable, y mucho. Los recuerdos con aquella bellísima persona invadieron su mente; el día que fueron al concierto de Green Day, la visita al museo de arte moderno... Y el más importante, el día que se enamoró de ella. Desde luego, era lo mejor que le había pasado en la vida. Los momentos que pasaban juntas eran gloriosos. Ansiaba quedar con ella. Las horas con ella se convertían en minutos -muy cliché, pero muy cierto.
Tenían amigos en común y así es como se conocieron. Fue durante una fiesta y enseguida conectaron. Hablaron toda la noche e incluso hicieron estupideces con la gente de allí. Prometieron que repetirían, que quedarían algún día. Tania en aquellos tiempos no sabía de su propia bisexualidad, pero Hanna había creado tanta duda en ella que todo su mundo se trastornó.
Por otro lado, estaba lo de la sangre sin heridas. Supuso que solo pasó cuando llegó corriendo, ya que su madre ni sus hermanos le comentaron nada acerca de sangre o algo. Pero... pensándolo mejor, tenía que haber manchas de sangre en el baño.
Se acercó al baño con esperanza de no encontrar sangre, que todo había sido su imaginación. Claramente se equivocaba. El baño era más rojo que de otro color. La pared de la ducha y la mampara estaban teñidas de rojo, también todo el lavabo. Tania se llevó las dos manos al rostro y ahogó un grito en ellas. Estaba aterrorizada, nunca lo estuvo más; un mensaje se hallaba escrito con sangre -probablemente la suya- en el cristal del lavabo.
Tania no huyas,
te necesitamos.
Tania ayúdanos,
deberás SACRIFICARTE.
ESTÁS LEYENDO
Efímera mortalidad {Editando}
Misterio / SuspensoTres familias, diferentes pero a la vez parecidas, pasarán unas vacaciones en un lago de Austria. Misteriosos acontecimientos sucederán y eso les hará dudar unos de otros. ¿Debe Tania temer a algo? ¿Tal vez sólo sea su imaginación? ¿En quién debe co...
