Capito VI: Casería Nocturna

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Pasé días dedicándome al estudio y a perfeccionar los detalles del experimento. Esta vez, opté por ser más calmada y ayudar al señor Kuray con los ajustes finales de mi proceso.

Me asignaron un espacio en uno de los laboratorios, donde aprendí sobre las dosis. No solo estaba Kuray supervisándome, sino también Naomi.

-Puppy, aún no entiendo por qué estás cambiando tanto... -comentó Kuray, observándome con curiosidad.

-Solo quiero olvidar lo malo -respondí con frialdad-. Aunque, no le voy a mentir, señor Kuray... quiero ver a Takeshi muerto. Quiero hacerlo suplicar por su vida, pagar por todo el daño que le hizo a mi familia y a...

Me detuve. Desvié la mirada. Pensar en Cheiko me inquietaba. No sabía si su padre aún la trataba como antes o si... la había vendido.

Kuray suspiró.

-Es normal sentir ira hacia un traidor. Pero hay algo que debes ver. No está en las mejores condiciones... su padre... mejor míralo por ti misma.

Sacó su teléfono del bolsillo y me mostró unas imágenes. Apenas las vi, el asco y la furia se apoderaron de mí.

-¿Qué... qué es esto? ¡Kuray, dime que es una broma! -Mi voz tembló, pero su expresión me confirmó la verdad.

Takeshi había vendido a Cheiko a un prostíbulo.

Fue el detonante que necesitaba. Le devolví el teléfono y salí del laboratorio con una sola cosa en mente: matarlo.

-Lo voy a matar... ¡Y volveré con su maldita cabeza! -grité, decidida. Nadie intentó detenerme. Casi parecía que esperaban este momento.

Fue Naomi quien se interpuso en mi camino.

-Puppy, debes cambiarte. Yo te llevaré. Te di mi palabra, y la voy a cumplir. Además, tengo la ubicación de Cheiko.

Me sorprendió. Antes de seguir, me lanzó una pregunta:

-Pero dime... ¿qué harás cuando tu amiga se entere de que mataste a su padre?

Esa pregunta me hizo dudar por un segundo. Pero la ira no me dejó pensar con claridad. Tomé la ropa que tenía lista: un short negro y una camisa militar con el logo de la compañía.

-Cargaré con esa culpa el resto de mi vida -declaré, sin titubear-. Pero no voy a permitir que siga sufriendo. Y créeme, tengo preparada una muerte dolorosa para Takeshi.

Naomi me miró con interés. Luego, tomó mi rostro y, con una leve sonrisa, quitó el viejo collar para reemplazarlo por otro, más estilizado pero con la misma placa. Fue un gesto inesperado. Hasta ahora, siempre había sido violenta conmigo.

Se inclinó y susurró en mi oído:

-Espero que disfrutes la cacería... Te estaré esperando con un buen premio si vuelves como un buen cachorro.

Antes de apartarse, dejó un beso en mi mejilla. Me puso nerviosa. Fue demasiado extraño viniendo de ella.

Pero no tenía tiempo para pensar en eso. Salí corriendo.

El puerto quedó atrás. El bosque me envolvió con su oscuridad, pero gracias a las dosis recientes, mi visión no se vio afectada. El aroma a pinos me llenaba de recuerdos de mi familia, y con ellos, la determinación de acabar con Takeshi.

En solo una hora salí del bosque, un tiempo récord. Frente a mí apareció una casa cubierta de musgo, con ventanas rotas. Me acerqué, y al reconocer el olor, una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro.

-Después de tanto tiempo... regresé a casa -murmuré con ironía.

Pero no entré. Ese lugar solo guardaba recuerdos vacíos.

Miré al otro lado de la calle. Allí estaba la casa de Takeshi. Me moví sigilosamente hasta una ventana abierta y entré.

Respiré hondo. Obligando a mi cuerpo, adopté mi forma de lobo. El dolor ya no era insoportable.

Desde la sala se escuchaban risas. Takeshi estaba acompañado... pero no eran amigas. Eran prostitutas.

La escena me repugnó.

Me escabullí entre los muebles, moviéndome con sigilo hasta quedar justo detrás de él. El ambiente se tornó frío y tenso. Las mujeres lo notaron primero y, como si un instinto de supervivencia las guiara, se alejaron de golpe.

-¿Por qué se apartan? ¿No les pagué bien? ¡Vengan aquí y hagan su trabajo! -exigió Takeshi, molesto.

Decidí jugar un poco con mi presa. Tomé un pañuelo cercano y cubrí sus ojos. Él, lejos de sospechar, se mostró aún más emocionado.

-Vaya, esto sí es un buen juego... A papi le gusta -rió con asqueroso entusiasmo-. Si me satisfacen bien, pagaré más.

Le pedí a una de las mujeres unas esposas, y me las entregó sin dudar. Amarré sus muñecas con firmeza. Luego, rasgué su pantalón, dándole la falsa impresión de que todo seguía siendo un juego salvaje.

-¡Eso es! Me gusta cuando se ponen atrevidas... -jadeó-. ¿Quién será la primera en jugar con su papi?

Mi estómago se revolvió de asco.

Me acerqué a su oído y susurré:

-¿Qué te parece si jugamos algo diferente? Uno de mis favoritos... Se llama "A ver cuánto aguantas sin que te destripen"...

Su cuerpo se tensó.

-¿Q-qué?

Intentó quitarse la venda, pero su voz se quebró cuando reconoció la mía.

-K-Kira... No... ¡Maldita perra! Te creí muerta... Kuray no hizo bien su trabajo. Tendré que encargarme de ese inútil... ¡Pero no me harás nada! Sé tu secreto... Eres su maldito juguete de laboratorio. Y tengo mis contactos. Sé que llevas un collar... es tu debilidad, ¿verdad?

Sonrió con confianza y sacó un control similar al de Kuray.

-Con esto, te pondré en el suelo de una patada -rió, presionando el botón.

Nada pasó.

Su risa se congeló.

Lo miré con calma y, para darle más dramatismo, fingí que la descarga me afectaba. Hice que mi cuerpo se tensara y luego me desplomé, simulando perder el conocimiento.

Lo escuché reír.

-Ja... Ja, sabía que eras un perro obediente...

Esperé el momento justo.

Cuando bajó la guardia, abrí los ojos.

Y sonreí.

Había llegado la hora de la cacería.

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