Capitulo XIV: Llamas en la piel

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La habitación era oscura, iluminada solo por la tenue luz de la luna filtrándose por la ventana. El aire estaba cargado de algo espeso, eléctrico.

Naomi me empujó contra la pared con una fuerza que no esperaba, su mirada encendida, su respiración pesada.

—Demuéstrame que realmente no tienes miedo —susurró contra mi oído, su aliento caliente erizándome la piel.

Mi instinto rugió dentro de mí.

No respondí con palabras.

En cambio, la sujeté por la cintura y la volteé con brusquedad, atrapándola entre mi cuerpo y la pared. Sentí cómo se tensaba, pero no por miedo. Su sonrisa torcida me lo confirmó.

—Así me gusta… —murmuró, inclinando la cabeza para rozar mis labios con los suyos sin besarme del todo.

El lobo en mí exigía más.

Mis colmillos se clavaron suavemente en su cuello, provocándole un jadeo entrecortado. Sus uñas se hundieron en mi espalda, arrastrándome más hacia ella, exigiéndome con la misma intensidad.

El peligro, la violencia contenida, el deseo…

Todo se mezclaba en un frenesí salvaje.

Cuando finalmente la besé, fue con toda la furia contenida en mi pecho. No había delicadeza, no había ternura. Solo la necesidad abrasadora de devorarla.

Naomi me correspondió con la misma fiereza, sus dedos enredándose en mi cabello, sus labios dejando marcas en mi piel.

Cada roce, cada mordida, cada jadeo sofocado…

No éramos dos personas en esa habitación.

Éramos dos bestias marcando su territorio.

Y esa noche…

Ella se convirtió en mía.

Y yo en suya.

Naomi me empujó hacia la cama con una sonrisa desafiante. Su silueta se recortaba contra la tenue luz de la luna, su respiración agitada, su mirada oscura y llena de algo primitivo.

No me dio tiempo a reaccionar.

Se subió sobre mí, sus manos recorriendo mi cuerpo con una mezcla de urgencia y posesión. Sus labios encontraron mi cuello, dejando mordidas que quemaban sobre mi piel.

Gruñí bajo, mis garras marcando la tela de sus ropas hasta que no quedó nada entre nosotras.

—Kira… —susurró mi nombre entre jadeos, su voz entrecortada por el deseo y la necesidad.

No respondí con palabras.

En su lugar, la hice girar bruscamente, tomando el control, mis labios reclamando cada centímetro de su piel. Ella arqueó la espalda, sus uñas hundiéndose en mi espalda, arrastrándome más hacia ella.

El aire era espeso, caliente.

Las respiraciones entrecortadas y los susurros llenaban el espacio entre nosotras. Cada roce, cada movimiento, cada jadeo nos consumía más.

La noche avanzó en un torbellino de sensaciones.

Fuerza y rendición. Dominio y entrega.

No hubo tregua, no hubo pausa.

Solo fuego.

Solo nosotras.

Hasta que el cansancio nos venció, nuestros cuerpos enredados, el calor aún ardiendo en la piel.

Naomi se acomodó contra mí, su respiración aún agitada, su mano deslizándose por mi abdomen en una caricia perezosa.

—Si esto es estar con una bestia… —susurró con una sonrisa satisfecha—, nunca quiero volver a ser humana.

La miré, sintiendo algo más que solo deseo. Algo más profundo.

Pero no dije nada.

Solo cerré los ojos, dejando que el sueño nos reclamara a ambas.

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