11 | Compañía

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Jacobo vivía en un apartamento de la Pradera en Dosquebradas, en uno de los últimos pisos y la vista a la ciudad era increíble desde el pasillo

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Jacobo vivía en un apartamento de la Pradera en Dosquebradas, en uno de los últimos pisos y la vista a la ciudad era increíble desde el pasillo. Abrió la puerta negra, encendió la luz de la sala. El lugar era impecable, tenía un par de muebles negros de corte moderno y un comedor más grande de lo que una sola persona podría necesitar.

―Bienvenida a mi humilde morada ―dijo.

Alicia soltó una pequeña risa.

―Humilde, por supuesto ―Había un enorme ventanal que daba una vista a la ciudad―. Vives mejor que mucha gente que conozco.

Se encogió de hombros.

―¿Gracias? ―Se quitó la chaqueta―. Ya te muestro dónde dormirás, es muy cómodo.

―¿Dormiré contigo? ―preguntó, sin poder evitar el tono coqueto―. Porque si es así, hubiese empacado una pijama de estas...

―Alicia...

―Y no serías capaz de resistirte ―Se cruzó de brazos, sin dejar de examinarlo.

―¿No estabas toda mocosa hace un rato?

Alicia suspiró, había esperado que siguiera un poco de su juego, después de todo mientras bailaban lo había hecho; pero en ese momento parecía que cualquier mención poco pudorosa lo hacía sonrojar. A veces se daba alas muy fácil, en especial cuando quería concentrarse en algo que no fuese el dolor en el pecho.

―Muestrame.

Jacobo le enseñó el apartamento, la cocina era más grande de lo que esperaba para un apartamento aunque el "patio" habría hecho a su padre gritar de frustración. La habitación era enorme, una cama doble bien tendida la ocupaba junto a un par de mesas de noche, la decoración del lugar era sencilla, una lámpara encima de una de las mesitas y un reloj en la otra, con un cuadro a blanco y negro en una de las paredes.

―Tienes buen gusto ―dijo.

―Bueno, mi madre disfruta bastante de decorar casas ―Abrió el armario empotrado a la pared―. Mira, creo que esta camisa te quedará bien.

Alicia recibió la camisa de manga corta, le iba a quedar perfecta.

―Tú duermes aquí, yo dormiré en la sala ―dijo, se giró para irse―. Si necesitas algo me dices.

―Gracias ―susurró.

Estiró el brazo y lo detuvo antes de que se fuera, caminó para acortar la distancia, Jacobo la miró sin decir nada, se empinó para darle un beso en la mejilla.

―¿Seguro que no quieres dormir aquí?

Jacobo la tomó de la cintura, sus manos la acariciaron con algo de fuerza desde un poco más arriba de sus caderas hasta un poco más abajo de sus pechos. Se quedó sin respiración ante las cosquillas que la recorrieron, tenía la mirada fija en su rostro.

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