VEINTICINCO

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Valentina escuchó la puerta de la casa abriéndose y dobló la esquina superior de la página antes de cerrar el libro y dejarlo sobre la mesa de centro.

"Esposa mía," Saludó Juliana con una sonrisa.

"Hola, mi esposa hermosa." Respondió levantándose del sillón y caminando hacia ella para darle un beso. "¿Cómo te fue?"

"Muy bien," Contestó sonriente. "La tienda está quedando increíble, estoy muy emocionada por abrirla."

Valentina la jaló hacia ella y la abrazó por la cintura antes de apretarla más fuerte y esconder su rostro en el cuello de la morena. "Yo también estoy muy emocionada, Juls. Te amo y estoy muy orgullosa de ti."

La tienda en Ciudad de México crecía a pasos agigantados y cada vez el nombre de Juliana Valdés era más reconocido. Un año después de casarse decidieron que era momento de abrir una nueva tienda y ahora estaban a pocas semanas de inaugurarla.

Sus vidas después de la boda no habían cambiado en absoluto la rutina que tenían, lo único nuevo es que ahora disfrutaban decirse esposa. Era una palabra que para ambas significaba mucho. Sonreían enormemente al presentarse ante los demás como "mi esposa Juliana", "mi esposa Valentina".

Sabían que en algún momento dejaría de emocionarlas tanto y se volvería algo normal pero por ahora amaban hacerlo.

Fuera de eso, las cosas seguían iguales. Años atrás ya habían experimentado su primera vez viviendo juntas y, al contrario de lo que todo el mundo les hacía creer, para ellas nunca fue complicado acoplarse o tener que compartir su tiempo y su espacio con la otra. La cotidianidad de despertar juntas, desayunar juntas, bañarse juntas, ir a hacer las compras juntas, de simplemente existir juntas. Nunca fue difícil, nunca sintieron que hubieran tenido que sacrificar algo de sus vidas para encajar y eso era lo más bonito.

A los veinte habían amado sus noches de hacer el amor hasta el cansancio, y sus días de universidad, trabajo y fiestas.

Ahora eran más grandes, más maduras y con otras responsabilidades pero, a los treinta, seguían amando sus noches de hacer el amor hasta el cansancio, y sus días de trabajo y trabajo y más trabajo. Sus dates en la playa cuando tenían tiempo libre, sus fines de semana turisteando en los mercados, sus tardes abrazadas frente al televisor viendo alguna serie y comiendo palomitas.

Después de tantos años y tantas cosas vividas, seguían amando la simplicidad de su amor.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que ambas decidieran que querían algo más. Un algo con lo que ambas habían soñado desde hace años y que por mucho tiempo creyeron imposible.

Para Valentina, tener un bebé con Juliana había sido el sueño más grande de su vida. Pensaba y pensaba en una mini Juls corriendo por la playa con su largo cabello castaño y sus enormes ojos cafés. En su barbilla partida y su hermosa sonrisa. La pensaba y la deseaba y la añoraba tanto.

Para Juliana, formar una familia con Valentina también había sido siempre un sueño. Algo que no pensó que se volvería realidad hasta hace poco tiempo pero que la ilusionaba muchísimo. Nunca se había planteado el estar embarazada, porque simplemente sentía que no era algo que quisiera experimentar, pero sabía que tendría una familia con Val de una u otra forma. Cuando tuvieron la primer conversación y escuchó a su esposa hablar emocionada sobre un bebé igualito a ella casi tuvo un mini infarto. No solo tenía muchísimo trabajo y viajaba a la Ciudad de México una vez al mes, sino que además no se sentía tan cómoda con ese plan. Poco duró el pánico cuando escuchó a Valentina mencionar el término de: Reciprocal IVF.

Te cieloDonde viven las historias. Descúbrelo ahora