No estoy sintiendo nada.

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A pesar de que nunca creí que sería capaz de bajarme de aquel coche, lo hice. Cuando Álvaro paró el motor justamente delante de la puerta de mi casa, supe que ese era el momento de decir adiós.

¿Hasta cuándo?

Esa era la pregunta que más detestaba. Porque, con él, nunca estaba claro nada. Siempre que le decía adiós y le dejaba atrás sentía un miedo terrible en la boca de mi estómago por si acaso ya nunca más volvía a verle.

Miré atrás cuando llegué a la puerta y entrecerré los ojos, tratando de ver la expresión de su rostro en esos instantes. Tratando de entenderle, de que me diese al menos una sola pista acerca de los sentimientos - o deseos - que tenía hacia mí. Pero no pude, no pude distinguir absolutamente nada estando a esa distancia de él.

La siguiente semana transcurrió de forma tranquila. Me pasé la mayor parte del tiempo estudiando y haciendo trabajos para la universidad en la biblioteca con algunas compañeras de clase. Todo fue bien. Todo fue normal.

Hasta que, una noche a final de semana, mi madre me llamó. Estaba recogiendo mis cosas para irme a casa cuando la pantalla de mi móvil se encendió. Fruncí el ceño y salí lo más rápido que pude del edificio. Mi madre nunca llamaba. Era raro, pero de la única forma en la que nos comunicábamos a través del teléfono era mediante mensajes.

Por eso, cuando cogí el teléfono y escuché su respiración acelerada, lo supe. Debía haber pasado algo grave si la persona que nunca se ponía nerviosa parecía haber perdido completamente el control sobre sí misma. No me hicieron falta más de cinco segundos para que mi madre me contase de forma agolpada qué era lo que le pasaba.

Era por mi padre, si es que podía llamarle así. Había sufrido un accidente de tráfico, y estaba tan grave que había tenido que ser llevado de urgencia al Hospital de La Princesa.

En el momento en el que escuché sus palabras, no supe qué hacer. No supe cómo reaccionar. Nunca había pensado cuál sería mi actitud ante una situación similar a aquella. Siempre había tenido miedo de que algo así pudiese sucederle a mi madre, o a alguna de mis amigas cercanas. Pero nunca, nunca, a mi padre. Ni siquiera había pensado en ello.

Comencé a entrar en pánico antes de que pudiese incluso entender qué era lo que estaba pasando. Me quedé parada en la puerta de una biblioteca en mitad de Madrid, tratando de descubrir por mí misma qué demonios era lo que debía hacer.

Entonces corrí, corrí hacia la parada de metro más cercana y comencé a bajar los escalones como si fuese yo quien estaba muriéndose. Esquivé a todas las personas que iban en dirección contraria sin que me importase lo más mínimo que les estuviese golpeando con los hombros, sin que me importase hacerme daño. O hacerle daño a alguien más.

¿Cómo me sentiría si mi padre muriese?

¿Me arrepentiría durante toda mi vida de no haberme despedido de él cuando tuve la ocasión?

Lo que más me dolía era que probablemente la respuesta a eso no era positiva.

Llegar a ese hospital se sintió como cuando estás viendo una película de miedo y sabes perfectamente qué es lo que va a ocurrir a continuación. Ves como la protagonista abre la puerta del sótano e, irremediablemente, comienzas a pensar no bajes ahí, ni se te ocurra bajar ahí. Pero ella lo hace, a pesar de que tú ya se lo has advertido una y otra vez en tu cabeza, porque, después de todo, ella no puede escucharte.

Así me sentí yo cuando las puertas de cristal se abrieron automáticamente ante mi presencia. En ese momento fui ambas: protagonista y espectadora. A medida que andaba por los pasillos del hospital no podía parar de decirme a mí misma una y otra vez que lo único que debía hacer era dar la vuelta y encerrarme dentro de mí misma hasta que toda aquella pesadilla pasase. Pero, al mismo tiempo, no era más que una niña asustada a la que le era imposible escuchar nada más a parte del latido desenfrenado de su corazón y las palabras escuchado a través del teléfono minutos atrás.

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