Estábamos a punto de irnos cuando escuché su voz diciendo el nombre de mi madre.
Me paré en seco, viendo de reojo como ella se daba la vuelta rápidamente.
Sus pasos firmes retumbaron de nuevo por toda la estancia. Se estaba acercando a nosotras. A ella, más bien.
Me giré, esperando encontrarme de bruces con la misma indiferencia hacia mí que en las horas anteriores. Pero, fue ahí cuando vi sus ojos clavados firmemente en los míos. Me estaba mirando. A mí. Después de casi dos horas y media estando en la misma habitación que él finalmente se había dado cuenta de que yo existía.
— Vaya, así que ella es Linda.
Mi estómago se encogió cuando escuché mi nombre salir casi como un murmullo de sus labios. Fue sutil. Casi como un secreto. Algo que no podía ser revelado sin más.
Mi madre no dijo nada. Simplemente asintió, dedicándole la misma mirada que había mantenido durante toda la exposición.
Entonces me di cuenta de que tenía que decir algo o si no iba a seguir siendo indiferente para él. Como un fantasma, de nuevo.
— Sí, soy yo. Encantada. La exposición me ha gustado mucho, has estado genial — le elogié mientras que estiraba mi mano para que él la estrechase.
El simple tacto me quemó por dentro. El hecho de estar acariciando algo tan valioso, algo que era capaz de crear cosas tan hermosas, me hacía demasiado feliz.
Él me miró con una sonrisa. Pero no cualquier sonrisa. Estaba casi emocionado ante lo que le había dicho. Como si realmente nunca nadie le hubiese dedicado esas palabras.
— Gracias — dijo mientras que se colocaba sus gafas de vuelta en su sitio.
— Sí que es verdad, Álvaro. Has estado increíble.
La voz de mi madre rompió el hechizo después de haber estado los segundos anteriores en un indudable segundo plano.
Él no respondió. Simplemente le miró. Con una alegría demasiado difícil de ignorar.
— Pues mira, me estaba preguntando que si quizá querríais ir a tomar algo al restaurante de aquí al lado. No sé, como es viernes y mañana no hay que trabajar.
El silencio que vino después se contradecía totalmente con lo que yo estaba sintiendo en esos momentos. No sabía por qué, pero quería que dijese que sí. Quería escuchar más de él. Lo que fuese. Pero algo.
— Oh, claro, por supuesto que queremos. Además, papá hoy no llega a casa hasta tarde, ¿no, Linda?
En ese momento deseé que se abriese un agujero justo debajo de mis pies para desaparecer de allí.
¿Cómo era capaz de mencionarle en aquel momento?
A veces casi que se me olvidaba que seguían juntos. Ya ni siquiera hablaban. Y, si lo hacían, si intercambiaban alguna palabra, lo hacían mediante gritos.
Él se dio cuenta de todo. De absolutamente todo. Lo supe por la forma en la que me estaba mirando. Podía decir que era algo así como pena. Y, Dios mío. En ese momento deseé que sintiese por mí cualquier cosa, lo que fuese, pero no pena.
