Prólogo.

1.2K 64 14
                                        

Había oído hablar de la cercanía del otoño, de su delicadeza, de su pureza, pero sobre todas las cosas, de su renacimiento. En el otoño, las hojas caían con más fuerza y destreza que en las demás estaciones; las tonalidades del mundo se mezclaban de colores tenues que no solo podía observar en el exterior, sino también, en las almas que lo admiraban. Comprendí que el otoño era un punto de reflexión y madurez, era el inicio de un cambio y de una evolución, no solo propia, sino una evolución de verdad; el otoño era el punto intermedio de la idea y la inspiración, la compañía imaginativa de cualquier pensamiento y sobre todo, el cariño incierto de cualquier creatividad.

Observé en los paisajes tenues, melancolía y añoranza. Cada hoja de otoño era distinta, diferente, siempre cambiaba; eso me parecía fascinante, porque el otoño había sido el final de un principio y el principio de un final. Había descubierto en el ruido de las hojas caídas, las palabras de mil promesas y en el sonido leve del viento, mil oraciones dichas que junto a él se volvían a ir.

Poco a poco, fui haciendo de dichas palabras poemas, escribiendo lo que el otoño quería expresar. Pasé el resto de mis días plasmando la vida, la añoranza, la duda, el amor, el cariño y la nostalgia; descubriendo así que el sentimiento jamás cambia, evoluciona y cuando el otoño evoluciona, jamás se pierde, aunque se despida, se convierte en un buen amor.

-Joana García.

365 otoños durante ti.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora