Una vez que la puerta de la habitación se cerró, el silencio se sintió más ligero. Kara y Alex se miraron entre sí, todavía procesando que la Mujer Maravilla estaba allí, en medio de su drama familiar.
—Lamento mucho haber irrumpido de esta manera —dijo Diana, rompiendo el hielo con una suavidad que contrastaba con su imponente presencia—. No tenía idea de que estaban... bajo arresto domiciliario.
—Puedes reírte, Diana —respondió Alex, con las mejillas todavía encendidas—. Nosotras ya lo estaríamos haciendo si fuera al revés.
—No hay de qué reírse, chicas —aseguró Diana con una sonrisa comprensiva—. Creo que mi madre, la Reina Hipólita, habría hecho exactamente lo mismo si hubiera desaparecido sin avisar.
Kara suspiró, aliviada.
—Al menos tu llegada ha servido para que el ambiente se calme. Gracias por eso.
Alex, impulsada por un arrebato de gratitud y la confianza que Diana inspiraba, la rodeó en un breve abrazo.
—En serio, gracias. Nos has salvado la vida.
Cuando las tres bajaron a la sala, Eliza las esperaba con los brazos cruzados, observándolas como un halcón.
—¿Piensan salir? —preguntó la matriarca.
—Iremos a dar un paseo nocturno, mamá —explicó Kara con cautela—. No iremos lejos.
—Sí, señora —añadió Diana con su tono más diplomático—. No nos separaremos mucho.
—Está bien —accedió Eliza, aunque no bajó la guardia—. Pero tengan la decencia de avisar si deciden cambiar de rumbo. Y Kara... ni se te ocurra usar ya sabes qué.
—¿Mis poderes? —soltó Kara sin pensar.
Eliza palideció de inmediato, mirando de reojo a Diana y haciendo señas frenéticas para que guardara silencio.
—Kara... —susurró con advertencia.
—No se preocupe, señora Danvers —intervino Diana, notando el pánico de Eliza—. Yo también poseo habilidades extraordinarias. No es un secreto para mí.
El rostro de Eliza cambió por completo; el alivio barrió la tensión de sus hombros.
—¿De verdad? —preguntó, maravillada.
—Mamá —dijo Alex con una sonrisa orgullosa—, ¿alguna vez escuchaste el nombre Wonder Woman?
—Lo leí una vez, en un periódico de otra Tierra hace años... —recordó Eliza, abriendo mucho los ojos.
—Mucho gusto —Diana hizo una pequeña reverencia—. Soy Diana de Temiscira, Princesa de las Amazonas.
—Qué honor —susurró Eliza, genuinamente impresionada. Por primera vez en la noche, las chicas sintieron que tenían permiso real para irse—. Bueno... supongo que con usted al lado, no correrán ningún peligro.
Una vez fuera de la casa, el aire fresco de la noche las recibió. La libertad sabía a gloria, aunque fuera por unas horas.
—¿Y bien? —preguntó Alex—. ¿A dónde vamos?
—Vayamos a la ciudad —propuso Kara, sus ojos brillando con travesura—. Las llevaré volando.
—Tu madre nos va a regañar —advirtió Diana, aunque había una chispa de desafío en su mirada.
—No lo hará si tú vas con nosotras. Además, puedo con las dos.
Alex suspiró, resignada.
—No sé por qué siento que me va a tocar la peor parte de este viaje.
—Yo puedo volar por mi cuenta, gracias, Kara —dijo Diana con elegancia.
Kara se sonrojó de inmediato, rascándose la nuca con nerviosismo.
—Lo sé, pero... me gustaría llevarte.
Un silencio cargado de electricidad pasó entre ellas. Alex, notando la tensión, soltó una risita.
—Si gustan, me quedo aquí y van solas.
—¡No! —dijeron ambas al unísono, más sonrojadas que nunca—. Vamos las tres.
Eliza, desde la ventana, observó cómo su hija mayor se elevaba en el aire con Alex en sus brazos y Diana sujeta a su espalda. Cruzaron el cielo nocturno como un cometa de tres cabezas, alejándose hacia las luces de la metrópoli.
—¿Cuándo regresan a National City? —preguntó Diana mientras el viento azotaba sus rostros.
—En dos días —respondió Alex.
—¿Dos días? —Kara se sorprendió—. Pensé que nos iríamos mañana.
—Mamá dice que dos, Kara. No discutas —sentenció Alex.
—Bueno, eso es excelente —dijo Diana—. Significa que tenemos tiempo.
—¿Cuánto te quedarás tú? —preguntó Kara con esperanza—. Quiero que nos divirtamos mucho.
—Me quedaré los días que quieras tenerme aquí, Kara.
—Por mí, quédate siempre —soltó Alex con sinceridad—. Sería genial tener a alguien como tú cerca.
—¿De verdad les gustaría que me quedara? —preguntó la Amazona, conmovida.
—Claro que sí —respondieron las hermanas al mismo tiempo, sus voces perdiéndose en la inmensidad del cielo.
Las horas pasaron entre risas y confesiones bajo las estrellas, pero el reloj no perdona. Al regresar al departamento, la luz de la sala estaba encendida. Eliza las esperaba sentada en el sofá, con la misma expresión que tendría un juez antes de dictar sentencia.
—Sabes muy bien, Kara Danvers, que tienes prohibido usar tus poderes fuera del traje —dijo Eliza sin siquiera levantarse.
Las tres se quedaron de piedra.
—¿Poderes? Mamá, yo no... —intentó decir Kara, pero la mirada de su madre la silenció.
—No me quieran ver la cara de estúpida. A ninguna de las tres.
—Señora, con todo respeto —intervino Diana, roja de la vergüenza—, eso es lo último que pretendíamos.
—Mamá, por favor... —suplicó Alex.
—Suban a su habitación. Las tres. Ahora.
Mientras subían las escaleras en fila india, Diana susurró con incredulidad:
—¿Creen que a mí también me ha castigado?
—Tenlo por seguro —afirmó Alex, agachando la cabeza.
Kara, a pesar de la situación, no pudo evitar soltar una risita nerviosa mientras cerraba la puerta de la habitación.
—No puedo creerlo... la Mujer Maravilla y Supergirl, castigadas por mi mamá. El multiverso nunca nos perdonará esto.
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Luthor vs Prince. (TERMINADA)
FanfictionKara está dividida. Una parte de ella insiste en perseguir un amor que nunca ha sido suyo, uno que la mantiene en la incertidumbre y el deseo constante. La otra parte sabe que existe alguien que la ama sin condiciones, que la espera sin exigirle con...
