Confesiones

695 55 29
                                        


Estaba cansado de caminar. Dos horas había vagado sin tener muy fijo su camino. Solo se basaba en borrosos recuerdos que no sentía que fuera tan lógico que fuera así, es como si no hubiera estado por esa casa por años cuando en realidad solo habían pasado unos cuantos meses. El ambiente había empeorado y media hora la había tenido que recorrer con un frio que colaba hasta los huesos y una finísima lluvia que le molestaba. Podría haberse detenido a esperar a que el tiempo mejorará, pero eso implicaba perder más el tiempo y era lo que menos quería en esos momentos. Quería llegar a la casa de Madara y entre más pronto mejor para él. Y así fue como cuando, ya estaba empezando a ceder al cansancio tanto físico como mental cuando llego a una calle repleta de casas por un lado y bloques departamentales del otro. Reconoció la casa de inmediato. Por un instante le pareció muy familiar y sintió la necesidad de entrar lo más pronto posible pues ahí estaría a salvo. En su hogar.

La lluvia comenzó a causar más furor con su presencia empapándolo más de lo que estaba. Acelero un poco el paso. Noto que el auto de Madara no se encontraba. De seguro tampoco se encontraba el tampoco y eso le entristeció un poco.

Decidió no perder más el tiempo y en lugar de ir a la entrada principal rodeo la casa por donde estaba la entrada de atrás con un pequeño patio. Recordaba que ahí había una ventana bastante grande que daba a la cocina. No tenía llaves y como sabía que no estaba tampoco le podía abrir; tampoco pensaba esperarlo con el mal clima que había. Tendría que buscar un buen método para entrar.

Bajo la mirada encontrándose con el húmedo y calmado suelo que pisaba. El pasto se encontraba cortado de manera muy cuidadosa y había una que otra pequeña piedra que no le serviría para nada en los propósitos que él tenía en mente.

Busco por todo el patio hasta que encontró una. Era del tamaño del puño de su mano y estaba lisa y húmeda. Seria de utilidad. Lo tomo fuerte con su mano y con un impulso fuerte la lanzo contra la gran ventana que se rompió por el fuerte impacto. El sonido del cristal romperse le desagrado mucho que tuvo que taparse los oídos con las manos. No obstante, el resultado que provoco le había grado mucho. Ahora tenía una vía de como entrar.

Se acercó lentamente a la ventana rota. Apoyo sus manos en el borde sintiendo un agudo dolor en las palmas de las menos cuando los pedazos de cristal de encajaban en ellas. No las quito, tomando un impulso e ignorando el dolor que comenzaba a incrementar se impulsó hacia adelante entrando a la casa.

Delante de la mesa se encontraba un mueble de madera en la cual se encontraba los platos sucios que había usado el mayor para la cena y el desayuno, que al entrar ocasiono que se tiraran el suelo, los de plástico no sufrieron daño alguno pero los vasos de vidrio habían llegado a su fin.

Se quedó quieto asegurándose que estaba seguro encima de aquel mueble y quito sus manos que comenzaban a teñirse de rojo. Le dolían aún más, pero eso no importaba ahora, después buscaría algo para curar las heridas.

Miro a su alrededor. La casa se encontraba casi a oscuras. La recordaba muy bien. El dolor se desvaneció por unos momentos. Ya estaba en casa. Pero eso no duro mucho. Faltaba Madara, aquella persona que le había mentido. Su cuerpo se tensó por unos momentos y bajo del mueble, esto no podía quedarse ahí. Solo tenía que esperar a que regresara. Ya sabría después si le perdonaría o le mataría como lo hizo con su madre horas antes. Solo esperaba que no fuera a tardar.

...


¿Cómo podría describir en una palabra como se sentía? Ah sí: se encontraba totalmente como una mierda. Sentía que no había sido una buena idea dormirse únicamente cuatro horas. Ahora solo quería encerrarse en su oficina y dormir una pequeña siesta ahí, solo tendría que asegurar que nadie entraría, pondría un seguro en la puerta y se sentaría en su cómoda y mullida silla a la cual se perdería una hora. Con una hora era más que suficiente.

Pero cuando vio que en la entrada se encontró a su asistente de cabello verde vestido de manera impecable- no, como el- con una Tablet en las manos, sintió que podía despedirse de sus planes. Tenía que hacerlo mientras caminaba pues no creía que podía hacerlo tiempo después.

—Te vez como un muerto viviente, Madara —comentó con esa bruta sinceridad suya. Algo que tendía tanto a querer como a despreciar de aquel sujeto.

—No existen los muertos vivientes, Zetzu —dijo con voz apagada, realmente tenia sueño—. Y si los hubiera no sería uno de ellos, los dominaría- sonrió un poco al pensar en la incoherencia que acababa de decir. No sonaba tan mal.

—¿Sabes que la falta de sueño puede provocar psicosis? —preguntó a manera de pregunta retórica pero sabía que no respondería bajo ningún concepto.

—¿Qué quieres? —inquirió sentándose en su silla. No había nada más que amara en ese lugar de esa silla de tamaño considerable, mullida y cubierta de cuero negro. El deseo de echarse completamente ahí y dormir el sueño de los justos, aunque sea un escaso de tiempo le volvía a tentar. Solo quería que nadie estuviera observándolo. Mucho menos su asistente.

—Solo quería preguntarte que si has visto a Konan —señaló sonando de lo más casual. ¿No estaba? Esa mujer era el típico caso de neurosis causado por la presión de llegar a tiempo, eso era extraño.

—No, no le he visto —negó sin darle mucha importancia—. ¿Por qué?

—Es que nadie la ha visto desde que se fue y estaba muy enojada, por eso.

Suspiro un poco. No le importaba nada de ella en realidad, ni como estaba, ni nada por el estilo. Podría estar muerta y también le daba igual. Pero, estaba Obito con ella, de eso estaba seguro. Ahora ya no le importaba tan poco como antes.

—De seguro tuvo una mala noche y se quedó dormida no creo que importe mucho.

Zetzu negó lentamente la cabeza desaprobando su actitud pero ¿Qué quería que hiciera? Que se pusiera como la angustia en persona por una persona que siempre le había caído mal. No tenía ganas de fingir y menor con el cansancio que caía por sus hombros.

—Como sea ¿solo es por eso? —preguntó, ya sentía que solo era por eso. Podría correrlo y continuar con sus planes como tenía que ser.

—Ah si —asintió—. ¿Quería saber si ya tienes algo en mente?

—¿Crees que mis novelas se hacen rápido?

—Sí, la verdad si —susurró—. Eres muy rápido.

—Mi proceso tiene que ser perfecto —alegó ofendido o queriéndose hacer el ofendido. Debía de entender que lo que llegaba a escribir necesitaba tiempo aunque con él no cumplía con ese tema.

—¿Ya tiene algo, no es así? —preguntó.

—Si —contestó finalmente, puede que así ya se fuera.

—Te dije que no puedes detenerte a escribir —sonrió con altanería. Cuantas ganas tenía de tirarle algo.

—Bueno ese no es el punto, si no que... —se interrumpió cuando comenzó a sonar su celular. Lo saco de su abrigo negro mirándole como sonaba y vibraba suavemente en su mano. No quería contestar, no ahora. Sentía que no debía.

—Contesta. —Le insisto Zetzu mirándole extrañado.

—No me digas que hacer —frunció el ceño contestando a la llamada antes de que cotara—. ¿Bueno?

—Oh Madara, que bueno que te encuentro —comentó una voz femenina que le irrito un poco.

-¿Qué pasa, Mebuki? —preguntó molesto. Aun no entendía como había conseguido el número de su celular, pero esa su vecina. No eso tampoco le daba un motivo para tenerlo, solo era una mujer entrometida.

—No quiero asustarte pero alguien entro a tu casa —comentó alarmada y escandalizada. Si la situación no era lo más agradable, pero ¿Por qué le había llamado? Pudo haber llamado a la policía él se las arreglaría después.

—Ah ya —susurró, si le preocupaba pero no quería hacerlo notar.

—Es que creo que es tu...sobrino. Se parecía mucho a él.

Dejo esa comportamiento tan impasible que siempre tenía y comenzó a sudar frio ¿Obito estaba ahí? ¿Por qué? ¿No estaba con Konan? Un mal presentimiento comenzó a recorrerle por la espina dorsal

—No se ha ido de ahí ¿verdad? —preguntó levantándose de su silla que había dejado de parecerle cómoda.

—No... —Con eso era más que suficiente y le colgó, no necesitaba escuchar más de aquella mujer. Salió rápido de ahí

—¿Dónde vas? —preguntó consternado Zetzu y a pesar que solo estaba a poco metros de distancia lo oía tan lejano.

—A mi casa —contestó de manera rápida sin esperar a que le respondiera.

Seguía lloviendo ahora con mucha violencia. El auto no estaba muy lejos. Se apresuró por el mojándose. No le importaba eso, no le importaba casi nada solo su sobrino. Obito.

...


Entro a la casa encontrándola tal como la dejo en la mañana: oscura y fría o eso pensó hasta que encendió la luz. Se alteró un poco al notar pequeñas manchas de sangre en la pared de la sala. No estaba muy seguro que era sangre pero ero muy probable.

—¿Obito? —preguntaba su nombre avanzando por la sala, el comedor y luego la cocina encontrándose con el desastre ocasionado ¿No recordaba que siempre guardaba una llave bajo el tapete de la puerta trasera? Suponía que no.

Dejo la cocina y subió las escaleras. Un sonido comenzaba a captar sus oídos. Era muy leve, pero podía reconocerlo muy fácilmente. era agua y provenía del baño. De repente se cortó ese sonido.

—Obito. —Le llamo acercándose al baño. Se sentía como en una ridícula película de terror, si una ridícula no como a lo Hitchcock. Estaba enfrente del baño cuando se encontró con el menor. Estaba casi desnudo a salvo por una toalla que le cubría de la cintura a las rodillas. Le miraba de esa manera desconcertada y sincera y unos pequeños mechones negros húmedos se le pegaban a la frente. Sintió unas locas ganas de besarlo pero no lo intento.

—Hola —susurró como si nada asando a su lado.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, quería resolver esa duda.

—¿Tu porque estar aquí?

—Esta es mi casa.

—También es la mía —alegó.

—Tú vives con Konan, tu madre.

—No, ya no...está muerta.

Sabía que esa noticia debería conmocionarlo pero no lo hizo, solo le sorprendió un poco. No tenía que preguntar cómo es que había muerto, estaba seguro que ese chico era el autor.

—Bien, creo que sería difícil vivir con una cadáver —divago más para su persona que para el joven.

—No solo estoy por eso. —Se fue al cuarto del mayor y se quitó la toalla dejando su desnudez. Trago duro saliva.

—Entonces ¿Por qué?

—Madara. —Le miro a los ojos. Estaba hablando seriamente y eso no le agrada. No sabía porque, pero era incomodo—. ¿Qué soy yo para ti?

¿Qué significaba para él? Esa pregunta lo tomo desprevenido, con la guardia baja. Ahora que lo pensaba no tenía idea clara de que papel tomaba ese chico en su vida. No sabía que responder. Pasaron un par de minutos antes de que el chico suspirar y buscara entre sus ropas algo que vestirse. No le detuvo.

—Konan tenía razón —susurraba el chico agarrando unos bóxer poniéndoselos; le quedaban algo grandes—. Al fin y al cabo me engañe yo solo.

—¿De que estas hablando? —preguntó.

—Izuna, mi padre ¿lo amabas, no? —replicó poniéndole en jaque por segunda vez ese día- responde.

—Sí, lo ame —admitió notando como le miraba con dolor.


—Entonces ¿Yo soy un sustituto, no? —pregunto sintiendo la garganta como si le hubieran pasado lejía—. Sólo estás conmigo porque te recuerdo a quien amaste.— Eso ya no era una pregunta si no afirmación, sus ojos comenzaron a humedecerse.

—No —negó acercándose queriéndole de tomar de los brazos—. No es eso.

—Entonces ¿es por lastima? ¿Porque estás conmigo, Madara? —Una mezcla de rabia y dolor comenzaron hacerse dueño de su razonamiento alejándose poco a poco de él hasta chocar contra una pared.

-Tú no eres el reemplazo de nadie. —Le tomo de los hombros. Noto un leve forcejeo, pero no lo soltó—. Si, amé a Izuna, lo amé como a nadie. Pero él no me amaba a mí. Amaba aquella zorra que siempre desprecie y después naciste tú y también te odie porque me recordabas ese amor frustrado, nunca lo hice notar a mi hermano porque él te adoraba. Después murió y en su testamento dejo que te cuidara, pero solo hui—. Una sonrisa amarga surco levemente sus labios—. No debí hacerlo, lo comprendí muy tarde cuando te conocí —susurró mirando a Obito. Ese estaba congelado, incapaz de moverse y decidió continuar—. Tampoco te quería cuidar, no estaba en mis planes. Pero tuve que hacerlo. Y en ese tiempo que estuvimos juntos las cosas cambiaron mucho que no podía comprender. Ese odio que sintiera por ti cuando no eras más que un crio comenzó a desaparecer. Te empecé a tomar cariño y luego algo más. No porque me recordabas a Izuna, si lo que era, porque comenzaba a conocerte. Me comencé a encariñarme de ti, de tus defectos y de tus pocas virtudes. Pero era difícil. No quería creer que eso sentía era verdad, estaba mal. Eres mi sobrino, pero te quería como un amante. Pero, cuando me correspondiste no hiciste que darle más vuelta a esta confusión —tomó un respiro hondo lo necesitaba—. Y ahora me sales con esto. No me importa lo que te dijo esa bruja, ahora está muerta, pero no puedo creer lo que sea que te haya dicho.

—Ella me mintió durante años, tú también puedes hacerlo —dijo obstinado pese a toda esa declaración.

—Créeme que no me molestaría en malgastar mi tiempo y mi saliva en una mentira y menor para alguien como tú —determinó bajando sus manos a su cintura. Se sentía suave a su contacto.

—Ya no se en quien confiar —susurró mirándole a los ojos. Era su imaginación o estaba más cerca. Su aliento estaba muy cerca y era cálido y le aliviaba tanto como le reconfortaba—. ¿Cómo creer en ti?

—Yo te daré una razón para que creas en eso —aseguró acortando la distancia entre ambos dando un beso en la boca, tan inocente como apasionado. Sus manos se aferraron más a él. Se sintió más tranquilo cuando comenzó a corresponder.

Ahora estaban los dos solos, con la lluvia acallando todo y el chico al que besaba estaba casi desnudo, muy cerca estaba la cama. Sentía las cosas podían salirse de sus manos. No le interesaba.

Continuara.

Venganza y justicia -MadaObiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora