Plan a largo plazo

462 53 3
                                        


Konan creía que los únicos momentos en que realmente estaba en paz era en el trabajo por muy irreal que esto sonara era verdad; llegaba a sentirme más cómoda que en su propia casa donde supuestamente descansaba. También se libraba de buena parte de su hijo, incluso por ese motivo no le molestaba para nada que ese mocoso estuviera ahora con Madara.

Ahora que lo pensaba mejor ese chico jamás lo quiso y no tuvo ninguna intención de hacerlo, por eso lo había abandonado sin sentir ningún remordimiento y juraba que si tuviera alguna oportunidad de hacerlo de nuevo lo haría con todo gusto y sin sensación de sentir culpa como fue la primera vez.

Desgraciadamente no podía hacerlo. Tenía que cuidar de aquel chico con problemas mentales que necesitaba constantemente de su ayuda, ayuda que no podía negarse, aunque su alma pedía encarecidamente que lo no hiciera nada. Sus razones tenían y eran más fuertes, no era compasión ni lástima o cualquier sentimiento parecido. No, lo que era realmente era ambición.


Para ella Obito no constituía más que una inversión de largo plazo que dejo enfriar pero era hora de hacerlo marchar de nuevo. Algo parecido a lo que fue Izuna en el pasado, pero sin ser tan precipitado que el anterior y pensó que sería el único- que bueno que no fue así o no llegaría tan lejos. Nunca pensó que fuera así en realidad y le gustaba.

En fin, ahora tenía que ser paciente; la paciencia era fundamental para este tipo de planes que surtían que éxito. Si bien que lo sabía por experiencia propia ya que lo aplicaba de muy joven. Por eso su triunfo era prematuro.

Los recuerdos llegaron a su mente rápido como el impacto de una bala. Le gustaba a la par de que le incomodaba dichos pasajes de su pasado pues en cierta manera no le gustaba los métodos que tuvo para alcanzarlos pero si le reconfortaba los buenos resultados.

Desde que era pequeña había deseado muchas cosas que se familia no podía otorgarles. Eso produjo en le pequeña una gran frustración y rabia que disimulaba con perfección en una máscara de humildad. Por ese motivo decidió no quedarse de brazos cruzados y se esforzó en sus estudios resaltando con una rapidez asombrosa y destacando en todo lo que se proponía obteniendo en ir en buenos colegios a base de becas.

No obstante, eso no era lo que ella quería realmente, no le satisfacía y le inquietaba que no pasara nada. No debía de alterarse, las cosas buenas llegan a su tiempo en recompensas bonitas. Y llego; era un chico.

Su nombre era Izuna Uchiha. Sin duda era un sueño de chico, inteligente, dulce, educado, al cual media población estudiantil femenina le consideraba un excelente partido más esta solo se fijaba en una persona; en ella.


Sinceramente ese chico que no había nada que llamara su atención y podría mandarlo al demonio si no fuera por un detalle: tenía dinero. Provenía de una de las familias más adineradas. Así que nació el amor a primera vista y acepto sin chitar a la proposición del chico si fuera su novia.


El noviazgo duro cerca de un año largo pero deliciosamente placentero. Las salidas a sitios caros, los regalos sorpresas, los detalles cursis y las palabras de amor eran compensadas por simples caricias y largas noches de primeriza lujuria. Todo era perfecto, avena sobre miel...si no se contaba a Madara.

Madara era- si no es que es por los tiempos presentes- una molestia en todo lo que ella planeara. Desde el principio aquel joven se negaba a reconocer esa relación por considerarla inferior. Pues bueno, que se tome su opinión y que la metiera donde pudiera. Ella tenía valor, pero el no. Tan arrogante, ten egocentrista, tan sarcástico que de sentía con el poder de mirar a todos – menos a su querido hermano, eso que quede claro- por encima del hombro como seres sin valor alguno. Cuanto lo odiaba y Madara la odiaba. Ese sentimiento si era mutuo.

El tiempo pasó y sus 16 años recibió una noticia que llego del cielo en forma de un test: estaba embarazada. Para muchas chicas- por no decir todas- esa noticia era igual de aterradora que la venia del Armagedón. Pero para ella no.

Y no eran deseos maternales lo que precisamente le emocionaba, no era tan estúpida para hacer eso. Es que esa criatura le aseguraba la plenitud que ella siempre anhelaba sin esforzarse, solo esperaba que su novio respondiera.


Ella conocía a Izuna, era como un libro abierto que conocía perfectamente y sabía que no podría negarse. Por eso lo había citado en un día lluvioso de Mayo en aquel parque donde siempre se veían.



­

Venganza y justicia -MadaObiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora