Naigel... - susurré pero me interrumpió con un gesto.
__¿Por qué me seguiste?
__Lo siento...-suspiré y proseguí- Se que no debí hacerlo pero había en el aire..., no se como explicártelo, da igual, déjalo, me tomaras por loca. ¿En que coño andas metido?
__Ahora no es el momento. Sólo son negocios – sentenció.
__No confías en mi
__No es eso. No te lo diré más Gizhele, no vuelvas a meterte o no podré protegerte.
__¿De qué estas hablando? – enseguida percibí que se arrepentía de haber pronunciado aquellas palabras y vi también que no iba a obtener respuesta alguna.
La discusión había acabado por su parte. Cada vez entendía menos todo aquello y yo cada día me sentía más extraña, sentía algo dentro de mí que no sabría definir.
__Mañana nos vamos a Paris. Tengo asuntos que resolver allí – Dicho eso dio media vuelta y salió de la habitación – Te espero abajo, vístete, por favor.
Obedecí, me arreglé cogiendo el primer vestido que pille y baje. Él ya estaba en la puerta, alargo la mano y me cogió cerrando tras de nosotros la puerta.
Ni siquiera me atreví a preguntar a donde íbamos, pero lo que sí daba vueltas en mi cabeza era que demonios ocurría.
Cuando desperté no sabía donde estaba, los muebles, el olor...el lugar eran distintos, hasta que recordé que la noche anterior nos habíamos trasladado a París por asuntos de Naigel.
Al salir a la calle la noche era absolutamente oscura, nadie hubiera dicho jamás que aquella era la ciudad de las luces, nos habíamos instalado en un viejo piso victoriano cercano al Barrio de Montmartre. Este quedaba algo lejos del centro de la ciudad pero era sencillo llegar ahí a través de los miles de metros que recorrían las entrañas de la ciudad. Bueno… para nosotros no había problema. Empecé a caminar por sus bohemias calles hasta casi las afueras, perdiéndome entremedio de grises y húmedas callejuelas que se retorcían. Quería volver a casa pero lo cierto era que ya estaba allí. Sus calles, su olor...apenas los recordaba pero me decían que pertenecía a ese lugar.
Cuando llegué a la plaza de la iglesia del Sagrado Corazón me asomé al mirador, la vista era increíble, desde ahí podías ver todo París, sus miles y miles de lucecitas parpadeantes se difuminaban a lo largo y ancho de la tierra rodeado por el Sena. Abandoné el lugar, quería perderme, perder de vista el río, la ciudad... ya tendría tiempo para bajar al centro y lo malo era que seguía sintiéndome observada, más que nunca para ser exacta pero allí no había ni un alma.
Anduve sin rumbo durante largo tiempo, no sabía donde iba pero mis pies parecían saberlo muy bien, las calles empedradas se sucedían las unas a las otras, cada vez más estrechas, cada vez más remotas y familiares. Poco a poco vi como iba ascendiendo de los adoquines una espesa bruma que lo iba invadiendo todo como si fuese una enorme serpiente henchida.
Al cabo de poco una figura oscura surgió tras una esquina, corría con algo entre los brazos, le seguí, no sabía porque pero lo hice hasta que se detuvo en seco se giro y me miro desde el fondo de su capucha oscura, no vi quien era, pero si comprendí lo que tenía frente a mi.
Era el mismo lugar, la misma iglesia en ruinas que surgía entre la bruma como un fantasma. Cuando dirigí la mirada a la persona que había seguido se desvaneció, fue como si jamás hubiera existido. ¿Estaría alucinando, soñando tal vez?
Entre lentamente, el latir de mi corazón zumbaba en mis oídos como un martillo, un silencio sepulcral reinaba a mi alrededor, era una copia perfecta de la que había soñado. Un murciélago cruzó las vigas sobresaltándome de tal manera que casi caí al suelo de bruces frente al ennegrecido altar. Los relieves, la piedra... todo era idéntico, frío, me acerque y dudando un instante lo rocé, la piel se me erizó y un hormigueo me recorrió el cuerpo. Un susurro pareció brotar de todas partes, luego los murmullos se tornaron palabras ininteligibles. Cerré los ojos con fuerza y me sentí mareada, sentía vértigo y un frío mortal dominaba mi cuerpo. Era como si en mis oídos se repitiese una y otra vez “esta aquí, ha regresado, ha regresado, la hija de la bruja y el ángel está aquí” Algo me oprimía el pecho así que salí como pude corriendo atropelladamente hasta que conseguí detenerme y recuperar el aliento. La puerta se cerró tras de mi con un fuerte estruendo, me erguí y observé la enorme entrada de madera negra, el latir de mi corazón aún atronaba mis oídos golpeando sin parar, no había ninguna inscripción en la cúspide del arco, empujé la puerta pero algo me empotro contra la pared opuesta, oía murmullos, y mi cabeza parecía un botijo apunto de resquebrajarse por la presión del… ¿aire?
Me levanté, y volví a enfrentarme a la puerta que al empujarla se abrió chirriando sobre sus goznes y que casi sale volando, atravesé el pasillo y me situé en el centro oval, estaba ruinosa, y una viga se había venido abajo sobre la pila dejando ver el cielo estrellado, sin duda el polvo y las ratas eran las dueñas del lugar, pero seguía sintiendo aquella presencia...
Recorrí el previsterio y todas sus naves contiguas una y otra vez. Subí las escalares y observé desde allí la estructura, seguía sin cuadrarme algo así que subí al piso superior y desde allí pude contemplar toda la construcción, entonces vi lo que era, el cuerpo del templo no conformaba una cruz latina de ningún tipo, me recordaba a algo sí, pero no sabía que hasta que perdida en mi ensimismamiento vi el cambio que había sufrido el lugar. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, las velas iluminaban las paredes oscurecidas, una alfombra de terciopelo rojo oscuro cubría el previsterio de forma circular y parte de los pasillos, de las paredes colgaban grandes cortinas del mismo color combinadas con otras negras, no había ninguna piedra suelta ni nada derruido o destrozado, estaba intacta. Trague saliva y descendí por las escaleras despacio, era como si hubiera vuelto atrás en el tiempo. Los murales se dibujaban perfectos, a lo largo de todas las paredes las imágenes parecían animadas y aquellos ojos parecían seguirme, me acerqué al altar sorteando las velas dispuestas en torno a él, una primera fila formaba un círculo, y el siguiente una estrella de siete puntas, el olor a incienso llenaba mis sentidos. Estire el brazo y alargando los dedos reseguí los relieves tallados, uno de ellos era un enorme dragón de fauces abiertas que en sus garras sostenía un orbe perfectamente labrado que contenía el sol y la luna uniéndose. A su derecha había símbolos e imágenes tanto egipcias como mayas y persas, incluso algunas diría que eran de origen colonial y de Brasil, pero lo que más me llamo la atención fueron unas extrañas figuras que no sabría definir, cada uno sostenía algo sobre sus manos, el que parecía una mujer lucia el símbolo de la eternidad y la cruz de la vida enlazados, el otro, un puñal de hierro y un medallón de cobre que representaban dos serpientes que formaban un circulo mostrándose la una a la otra sus afilados colmillos y una bífida lengua. Era espeluznante la cantidad de relieves y figuras que contenía, era como un infierno perpetuo y el paraíso más afable, al rozar aquella superficie de nuevo una corriente sacudió mis dedos filtrándose hasta mis entrañas. Me retire un poco y observé que en cada frontal había una mascara, la primera era oscura, con tonos rojos, de mirada malévola y sarcástica, mientras que la otra era dulce, tallada en jade, de mirada penetrante y tocado de flores violetas. Me paralizó, sentí un aliento helado en la nuca, no me atrevía a girarme, pero todos los pelos del cuerpo se me erizaron, había algo allí, me alce de repente y miré alrededor, todo estaba como antes, sucio, gris y abandonado. Me tambaleé hasta una de las paredes y quite el polvo que cubría los murales... no se cuanto retrocedí pero caí sobre el altar, sentía como miles de dedos recorrían mi piel sujetándome los brazos, quería gritar pero de mi garganta no surgía el más mínimo sonido, gire sobre mi con todas mis fuerzas y me alce, entonces las vi, aquellas manchas oscuras y resecas... sangre, las voces que surgían de las paredes eran cada vez más ensordecedoras, hice el gesto de taparme los oídos pera era inútil, corrí hacía la puerta, oí correr el agua y un olor ocre impregnó el lugar, era la pila, de la pila brotaba sin cesar agua teñida del rojo más intenso que he visto jamás, estiré con fuerza la maneta de la puerta, grite impotente pero no cedía, recuerdo que salí disparada por los aires y que fui a parar al fondo del previsterio tras otro altar, este más alto y de mármol pardo. Estaba mareada y agotada, todas las fuerzas me habían abandonado y estaba al borde del desmayo, me incorporé con dificultad, temblaba como una hoja, y era como si miles de imágenes como flashes se agolparan en mi cabeza y de nuevo ese escalofrío y esa presencia tras mi nuca, salí volando con violencia contra el techo, oí crujir mis huesos, caí irremediablemente y justo cuando iba a estrellarme contra el suelo otra sacudida me elevo y me tiro sobre el altar y unos grilletes sellaron mis muñecas y tobillos. De mi garganta no surgía el más mínimo sonido, se acercaba, temblaba y lo notaba encima, cerré los ojos con fuerza y deseé estar fuera y así fue. No se como salí de ahí, pero se que llegué en un suspiro al barrio de donde había salido y que cuando regrese al piso Naigel ya había llegado, estaba de pie, frente a la puerta. Parecía furioso y herido pero me arroje de todas formas sobre él abrazándole y rompí a llorar. Naigel intentó calmarme pero estaba fuera de mí hasta que poco a poco me fui quedando como en un trance.
__¿Dónde estabas? ¿Qué te ha sucedido? ¡Estaba muy preocupado!
__Es real, ese sitió es real – murmuré con un hilo de voz una y otra vez.
__¿El que? – me miró preocupado cogiéndome el rostro entre sus manos.
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Gizhele
VampirosLa historia de una vampira cuya sangre codician todos los suyos de la cuál ella desconoce el poder. Para Gizhele ya nada queda, hasta que una noche se cruza con Naiel, un chico de apariencia normal que le llama poderosamente la atención y que parece...