2- Evento Galería de Barcelona

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Valeria empujó la puerta de casa y la maleta golpeó el marco con un sonido seco. El olor a comida recién hecha la recibió antes que las voces. Las fotografías familiares continuaban sobre el mueble del recibidor, la lámpara del salón seguía encendida y todo parecía exactamente igual que cuando se había marchado. Ella, en cambio, sentía que llevaba mucho más tiempo fuera.

—Ya estoy en casa...

—Hombre, la estrella internacional —dijo Marc desde el sofá, levantando apenas la vista de la televisión—. ¿Cuántas semanas de la moda caben en esa maleta?

Valeria dejó caer el asa y sonrió sin demasiadas fuerzas.

—Demasiadas.

Su madre apareció desde la cocina con el delantal puesto.

— ¿Valeria?

Ella no contestó. Cruzó el salón y la abrazó con fuerza. Durante unos segundos se permitió quedarse así, sin cámaras, sin gente esperando algo de ella, sin tener que parecer descansada cuando no lo estaba.

—Estás más delgada —dijo su madre al separarse—. Y tienes una cara...

—He dormido poco, mamá.

—Eso ya lo veo.

El móvil vibró dentro de su bolsillo. Valeria cerró los ojos un instante antes de sacarlo.

Diana.

—No lo cojas —dijo su madre.

Valeria sonrió.

—Ojalá pudiera.

—¿Ya estás aquí? —preguntó Diana en cuanto respondió.

—Sí.

—Perfecto. Hoy no puedes fallarme.

Valeria miró hacia el pasillo. Después hacia la maleta.

—Dame una hora.

—Te doy cincuenta minutos.

—Diana...

—Una hora.

Cuando colgó, Marc soltó una carcajada.

—La estrella internacional no descansa.

—La estrella internacional, como siga así, se va a morir.

Cogió la maleta y empezó a arrastrarla hacia el pasillo.

— ¿Te vas otra vez? —preguntó su madre.

Valeria se detuvo. Lo único que quería era ducharse, meterse en la cama y dormir hasta el día siguiente.

—Se lo prometí.

Su madre negó con la cabeza.

—No sé de dónde sacas las fuerzas.

Valeria tampoco.

***

A varios kilómetros de allí, Carla seguía durmiendo.

Su habitación parecía incapaz de decidir si estaba ordenada o completamente abandonada. La ropa colgaba de una barra blanca sin demasiado criterio: camisas estampadas, chaquetas vaqueras y sudaderas compartían espacio. Sobre una repisa se acumulaban unas gafas de sol, un perfume abierto, varios libros y algunas pulseras que probablemente llevaba meses buscando.

La puerta se abrió sin llamar.

—No entiendo cómo puedes dormir tanto.

Sara entró y se dejó caer sobre la cama como si también fuera suya. Carla abrió un ojo.

A través de nuestra mirada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora